lunes, 23 de enero de 2017

Profesor Félix Schuster


Murió un profesor de la Universidad de Buenos Aires. Quizás sea ese el título más honorable con que le hubiese gustado lo mencionaran a Félix Schuster. Para un hombre que hizo de su práctica en distintas aulas y fuera de ellas un ritual de relación productiva con distintas zonas del conocimiento universal, para quien como heredero de la gran tradición de la universidad pública argentina se implicó ocupando altos cargos en su gobierno, para quien- tal como lo recuerdan varias generaciones de estudiantes- ponía en el mismo lugar de interlocutor válido tanto a un principiante de introducción a la filosofía como a un posgraduado, es bastante probable que las otras legítimas distinciones que portaba puedan quedar a un costado a la hora de las caracterizaciones fuertes.


Como otros argentinos de su generación es una de las posibles expresiones del complejo país aluvional. Apenas dos generaciones atrás está el inmigrante que llegó a la colonia judía del oeste de la provincia de Buenos Aires. Las duras tareas del campo para quienes no habían sido antes campesinos no eran obstáculo para frenar una voluntad de integración en donde la educación cumplía un papel fundamental. La colonia Mauricio Hirsch, seguramente como parte del relato familiar, algunos mínimos recuerdos de infancia de una farmacia de su padre en el pueblo de Pehuajó, formaron parte de la memoria intergeneracional que recordaba la relativa movilidad social ascendente facilitada por la existencia de la educación pública. Y quizás no es muy arriesgado suponer que la pasión de Felix Schuster por la enseñanza o, mejor, por la democratización del conocimiento, tenga que ver con una particular apropiación sensible de esa historia de migrantes que está ahí nomás en el árbol genealógico.


En verdad, mi autoridad para sostener estas afirmaciones no se diseña a partir de una larga amistad, ni de mi potencial condición de estudiante de Félix, que lo podría haber sido como varios compañeros generacionales, sino de pequeños encuentros, que no obstante creo tienen una especial significación. Porque quizás hay situaciones, por efímeras que sean, que permiten conocer sin vueltas la sensibilidad del otro. El origen de estos encuentros tiene que ver con una simple y pequeña historia. A fines de los años veinte del siglo XX en la escuela N 1 de Carlos Casares mi madre tuvo como maestra de aquellas que se recuerdan toda la vida, a una tía de Félix. Cuando a través de su hijo Federico le hice saber de estos hilos que nos conectaban- aunque mínimamente- con ese otro tiempo, no hubo ocasión en que nos encontrásemos en la que no tuviésemos una charla sobre ese mundo que tanto él como yo conocíamos solo través de relatos orales del mundo familiar. En cada una de las despedidas de estos encuentros que podían ser en el intermedio de una reunión, en un congreso, o en las aulas de Filosofía y letras o de Ciencias Sociales, Félix me repetía con un afecto que no podía ser más sincero: un saludo afectuoso a tu mamá. El no conocía a mi madre, pero eso no importaba. El afecto era real y tenía que ver con un mundo más imaginado que vivido, pero que irremediablemente forma parte de la historia personal. Y sobre todo creo que había algo de reconstrucción de un pasado que posibilitaba un recuerdo amable y quizás la imaginación de un mismo camino en el recuerdo de la joven hija del colono convertida en maestra que había dejada su marca de educadora transcurridos más de setenta años. De alguna manera nos conectaba una historia casi fundacional de desposeídos inmigrantes de las zonas rurales tradicionales de argentina, de países limítrofes, de la europa pobre y con esperanzas de progreso que llegaban de distintas maneras a la pampa argentina y algunos de ellos ( quizás los de origen más integrado)pudieron hacer coincidir la voluntad de mejoramiento de las condiciones de vida con estructuras educativas extendidas que posibilitaron la realización de esa voluntad. Con toda la complejidad que una mirada aguda del presente encuentra en ellas, esas estructuras educativas tuvieron una arrolladora fuerza democrática.


Yo imagino que en muchos que hicieron ese recorrido intergeneracional hay elementos de una sensibilidad que comprende que no hay esfuerzos individuales que valgan, si no hay deseos colectivos y estructuras que posibiliten su cumplimiento. Y digo una sensibilidad, porque es precisamente eso: una experiencia sensible que puede incorporarse y de hecho lo hace a distintas miradas políticas e ideológicas. Y cuando esa sensibilidad impregna de manera fuerte la biografía personal se transforma en experiencia práctica. De esa manera se manifestaba en Felix Schuster, otorgándole a su práctica de formador un sentido trascendente. Impidiendo que el prestigio se transforme en un obstáculo para el diálogo mano a mano, en la preocupación porque se leyese tal o cual libro; en el acompañamiento minucioso, entonces, de las trayectorias de sus estudiantes.


En momentos en que la educación se intenta convertir en un bien transable, en que la academia oscila entre la burocratización y la pérdida de autonomía transformando la carrera en un fin en sí mismo, es bueno apropiarse de estas sensibilidades, como las que informaron la experiencia práctica de este viejo profesor. Y por supuesto no como un recuerdo nostálgico, sino para imbricarlo con nuestras propias experiencias. En la lucha por la reinvención de la universidad pública habrá que descartar y transformar prácticas, pero sin lugar a dudas que en la construcción de una perspectiva radicalmente democrática en que el alto nivel académico esté guiado por una mirada política que piensa en la propia sociedad, deben incorporarse sensibilidades que confronten con la concepción de cultura como cultura cosa, como instrumento de distinción. Sensibilidades, que propongan una relación vital con el conocimiento, y que conciban entonces la cultura como modus operandi, como instrumento de libertad. Una sensibilidad, en fin, como la que consecuentemente supo actualizar en cada momento de su práctica cotidiana el profesor Felix Schuster.

L.R.