viernes, 8 de abril de 2016

SALUDO A NAUM POLISZUK

Ayer despedimos a Naum Poliszuk en el cementerio de Boulogne con una ceremonia austera y poblada de afectos dignos como corresponde a su personalidad. A lo largo de una vida que transcurrió durante 86 años hizo, como una gran parte de las personas de las ciudades del mundo moderno, muchas cosas. Pero fue fundamentalmente obrero textil (más allá de que también entre otros trabajos se desempeñara como obrero ferroviario), porque allí incorporó a su mochila cultural elementos que marcarían fuertemente su mirada sobre el mundo. Siempre estuvo implicado en la lucha política, pero no la desarrolló como una carrera en una estructura de partido, sino desde la sensibilidad que suponía adherir a miradas que luchaban, ni más ni menos, que por la emancipación humana. Alrededor de los 14 años, el pibe que vivía en un conventillo de Villa Crespo, hijo de un judío ucraniano, pintor de paredes en los años treinta, descubrió, más que la acción sindical y política, los ideales trascendentes encarnados en ellas. Serían esos ideales los que contribuirían a conformar una energía inconmensurable para enfrentar las adversidades del mundo al que no se lo aceptaba tal como venía hecho. En ese camino se incorpora como obrero en una de las grandes fábricas textiles que a mediados de los años cuarenta se levantaban bajo la forma de grandes galpones en villa Lynch. Las calles del barrio por ese entonces se poblaban, casi antes de que salga el sol, de miles de obreros. Mujeres y varones duros y sufridos, portadores, no obstante, de una alegría iluminada por las expectativas puestas en escapar de las carencias y de la subordinación campesina de sus orígenes paternos. Sobre ese humus predicaban los profetas que anunciaban la posibilidad de un mundo nuevo, igualitario, justo, en el que se destruirían las jerarquías opresivas y humillantes. Esos profetas obreros conmovieron al pibe que pudo ver en esas experiencias destellos del mundo nuevo: y más que en las palabras, vio esos destellos, en la pura práctica. Y de esos trabajadores desinteresados del bienestar personal, autodidactas, decididos y honorables, tomó banderas fuertes, realmente poderosas, capaces de informar la totalidad de las acciones de un individuo. Y es necesario remarcarlo, las tomó de su práctica, de una práctica que atravesaba los distintos aspectos de la vida. El delegado sindical, el miembro del partido, es sobre todo un trabajador y no cualquier trabajador, sino aquel que debe mostrar aspectos concretos de la moral que se realizará colectivamente en la nueva sociedad buscada. Debe actualizar esa moral en todos los aspectos de la vida cotidiana, con su grupo familiar, con sus vecinos, con sus compañeros de trabajo y con cualquiera con el que se relacione. Y eso fue lo que incorporó Naum Poliszuk de manera extraordinariamente vital y naturalmente consecuente.
Porque se podría hablar de sus credenciales como hombre del mundo sindical y político, pero ocurre que diría muy poco de Naum, señalar que fue miembro del Partido Comunista Argentino, y que en otro momento de su vida se implicó con el peronismo. En todos los momentos la implicación se hizo con esa moral consecuente en la que se entremezclaban, de manera desordenada- como ocurre en la vida real-, la voluntad obrera iluminista y la sensibilidad romántica que le posibilitaba entender, aun en los momentos más conflictivos de enfrentamiento con el peronismo, las complejidades del mundo popular en el que había nacido y cuya identidad portaba orgullosamente.
La cultura universal, entendiendo por esto el estado de las ciencias y las artes en un momento del desarrollo histórico, o, si se quiere, los aspectos más relevantes de lo acumulado por la humanidad hasta ese momento, eran herramientas fundamentales , para decirlo con un lenguaje de las viejas izquierdas, en la lucha por la emancipación humana. Y así lo entendía Naum de manera estricta. Y es por eso que con un poco más de setenta años habiendo participado como asistente a un curso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, terminó siendo el promotor y organizador principal de una experiencia de extensión universitaria durante varios años que luego se replicó en la Facultad de Ciencias Sociales. El militante obrero experimentado estaba convencido que la universidad era un lugar extremadamente valioso en la sociedad, y su capital cultural amplio de persistente autodidacta le posibilitó relacionarse con gran familiaridad con profesores del mundo de las humanísticas y las sociales. Profesores de distintas especialidades de ambas facultades y del Instituto Gino Germani, recorrimos dictando cursos, asociaciones vecinales, centros culturales barriales y decenas y decenas de distintas delegaciones sindicales por capital, el Gran Buenos Aires y la ciudad de La Plata. Naum discutía con los miembros del grupo sindical o barrial y a partir de allí surgían inquietudes de formación y debate sobre aspectos culturales, sociales políticos y económicos de la propia sociedad. Se puede sostener sin vueltas que en los últimos veinte años estas acciones constituyeron un caso relevante de concreta política de extensión en la medida que contaba con una fuerza cultural singular. El arrollador entusiasmo de Naum hacía que estas experiencias, en momentos en que las propuestas sin fines inmediatistas terrestres valían poco, se convirtieran en vitales, productivas, portadoras de alta potencialidad política
En verdad, quizás dar cuenta de algunos aspectos de este recorrido vital, hacerlos un poco públicos, posibilita afrontar con tranquilidad la tristeza que provoca la muerte de un amigo. Reafirmar las valiosas marcas de esta experiencia de vida, hasta permite que también se entremezclen junto a esa tristeza, retazos de una calma alegría. En la ceremonia austera de despedida en el cementerio de Boulogne, habíamos un grupo de personas además de su compañera, sus hijos, su hermano, amigos, también participantes de la última experiencia creada por Naum: la escuela de formación política “mordisquito”. La escuela funcionó principalmente en la cooperativa El Colmenar en el cuartel V de Moreno. Uno de los muchachos de poco más de veinte años que había participado de esa experiencia, relató, sosteniendo sus palabras en una emoción sincera, cómo la voluntad, y seguramente el afecto de Naum, le permitió ni más ni menos que conocer de otra manera su entorno inmediato y la relación de éste con el mundo. El muchacho nos decía de alguno modo, con palabras, y con su manera de pararse frente a la vida, no solo que ahora era profesor de lenguas y trabajaba de ello, sino fundamentalmente, que como muchos otros compañeros, se había apropiado de algo que parece menos mostrable: la transformación de la inconformidad frente al mundo, en algo productivo, en conocimiento que posibilite entender algo acerca de las maneras en que se vive e imaginar quizás que esas maneras no son justas y tampoco irremediables.
Se dice frecuentemente que experiencias de vida como la de Naum dejan algo así como una herencia. Y, a veces, aun creyéndolo, no dejamos de colocar la palabra en su justo lugar convencional sin desacomodar su condición de pertinente pieza de sentido común. La actitud de ese muchacho hacía visible que no se está hablando de un legado abstracto, sino que el capital que dejaba para ser apropiado era similar en sus núcleos vitales al que aquel rusito de Villa Crespo había descubierto a sus 14 o 15 años tomándolo como una experiencia iluminadora, de obreros que habían conformado su visión en los años treinta. Este capital más que una ideología, es un poderoso sentido práctico que no se conforma simplemente con acceder a parte de la biblioteca universal o con la relación con los aspectos superficiales de la política. Lo interesante, lo vitalmente productivo, es que se trata de una práctica cotidiana coherente que se extiende a las distintas dimensiones de la vida, y que expresa de la manera más potente, una moral. Esa es la herencia real que deja Naum y tiene la particularidad de trascender a su núcleo inmediato ya que la fue desparramando generosamente por distintos lugares en diferentes grupos a lo largo de una apasionada vida.
LR
La imágen es una obra del artista Abraham Vigo, miembro del grupo Artistas del pueblo, se llama El orador y es de 1933

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