viernes, 8 de abril de 2016

SALUDO A NAUM POLISZUK

Ayer despedimos a Naum Poliszuk en el cementerio de Boulogne con una ceremonia austera y poblada de afectos dignos como corresponde a su personalidad. A lo largo de una vida que transcurrió durante 86 años hizo, como una gran parte de las personas de las ciudades del mundo moderno, muchas cosas. Pero fue fundamentalmente obrero textil (más allá de que también entre otros trabajos se desempeñara como obrero ferroviario), porque allí incorporó a su mochila cultural elementos que marcarían fuertemente su mirada sobre el mundo. Siempre estuvo implicado en la lucha política, pero no la desarrolló como una carrera en una estructura de partido, sino desde la sensibilidad que suponía adherir a miradas que luchaban, ni más ni menos, que por la emancipación humana. Alrededor de los 14 años, el pibe que vivía en un conventillo de Villa Crespo, hijo de un judío ucraniano, pintor de paredes en los años treinta, descubrió, más que la acción sindical y política, los ideales trascendentes encarnados en ellas. Serían esos ideales los que contribuirían a conformar una energía inconmensurable para enfrentar las adversidades del mundo al que no se lo aceptaba tal como venía hecho. En ese camino se incorpora como obrero en una de las grandes fábricas textiles que a mediados de los años cuarenta se levantaban bajo la forma de grandes galpones en villa Lynch. Las calles del barrio por ese entonces se poblaban, casi antes de que salga el sol, de miles de obreros. Mujeres y varones duros y sufridos, portadores, no obstante, de una alegría iluminada por las expectativas puestas en escapar de las carencias y de la subordinación campesina de sus orígenes paternos. Sobre ese humus predicaban los profetas que anunciaban la posibilidad de un mundo nuevo, igualitario, justo, en el que se destruirían las jerarquías opresivas y humillantes. Esos profetas obreros conmovieron al pibe que pudo ver en esas experiencias destellos del mundo nuevo: y más que en las palabras, vio esos destellos, en la pura práctica. Y de esos trabajadores desinteresados del bienestar personal, autodidactas, decididos y honorables, tomó banderas fuertes, realmente poderosas, capaces de informar la totalidad de las acciones de un individuo. Y es necesario remarcarlo, las tomó de su práctica, de una práctica que atravesaba los distintos aspectos de la vida. El delegado sindical, el miembro del partido, es sobre todo un trabajador y no cualquier trabajador, sino aquel que debe mostrar aspectos concretos de la moral que se realizará colectivamente en la nueva sociedad buscada. Debe actualizar esa moral en todos los aspectos de la vida cotidiana, con su grupo familiar, con sus vecinos, con sus compañeros de trabajo y con cualquiera con el que se relacione. Y eso fue lo que incorporó Naum Poliszuk de manera extraordinariamente vital y naturalmente consecuente.
Porque se podría hablar de sus credenciales como hombre del mundo sindical y político, pero ocurre que diría muy poco de Naum, señalar que fue miembro del Partido Comunista Argentino, y que en otro momento de su vida se implicó con el peronismo. En todos los momentos la implicación se hizo con esa moral consecuente en la que se entremezclaban, de manera desordenada- como ocurre en la vida real-, la voluntad obrera iluminista y la sensibilidad romántica que le posibilitaba entender, aun en los momentos más conflictivos de enfrentamiento con el peronismo, las complejidades del mundo popular en el que había nacido y cuya identidad portaba orgullosamente.
La cultura universal, entendiendo por esto el estado de las ciencias y las artes en un momento del desarrollo histórico, o, si se quiere, los aspectos más relevantes de lo acumulado por la humanidad hasta ese momento, eran herramientas fundamentales , para decirlo con un lenguaje de las viejas izquierdas, en la lucha por la emancipación humana. Y así lo entendía Naum de manera estricta. Y es por eso que con un poco más de setenta años habiendo participado como asistente a un curso de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, terminó siendo el promotor y organizador principal de una experiencia de extensión universitaria durante varios años que luego se replicó en la Facultad de Ciencias Sociales. El militante obrero experimentado estaba convencido que la universidad era un lugar extremadamente valioso en la sociedad, y su capital cultural amplio de persistente autodidacta le posibilitó relacionarse con gran familiaridad con profesores del mundo de las humanísticas y las sociales. Profesores de distintas especialidades de ambas facultades y del Instituto Gino Germani, recorrimos dictando cursos, asociaciones vecinales, centros culturales barriales y decenas y decenas de distintas delegaciones sindicales por capital, el Gran Buenos Aires y la ciudad de La Plata. Naum discutía con los miembros del grupo sindical o barrial y a partir de allí surgían inquietudes de formación y debate sobre aspectos culturales, sociales políticos y económicos de la propia sociedad. Se puede sostener sin vueltas que en los últimos veinte años estas acciones constituyeron un caso relevante de concreta política de extensión en la medida que contaba con una fuerza cultural singular. El arrollador entusiasmo de Naum hacía que estas experiencias, en momentos en que las propuestas sin fines inmediatistas terrestres valían poco, se convirtieran en vitales, productivas, portadoras de alta potencialidad política
En verdad, quizás dar cuenta de algunos aspectos de este recorrido vital, hacerlos un poco públicos, posibilita afrontar con tranquilidad la tristeza que provoca la muerte de un amigo. Reafirmar las valiosas marcas de esta experiencia de vida, hasta permite que también se entremezclen junto a esa tristeza, retazos de una calma alegría. En la ceremonia austera de despedida en el cementerio de Boulogne, habíamos un grupo de personas además de su compañera, sus hijos, su hermano, amigos, también participantes de la última experiencia creada por Naum: la escuela de formación política “mordisquito”. La escuela funcionó principalmente en la cooperativa El Colmenar en el cuartel V de Moreno. Uno de los muchachos de poco más de veinte años que había participado de esa experiencia, relató, sosteniendo sus palabras en una emoción sincera, cómo la voluntad, y seguramente el afecto de Naum, le permitió ni más ni menos que conocer de otra manera su entorno inmediato y la relación de éste con el mundo. El muchacho nos decía de alguno modo, con palabras, y con su manera de pararse frente a la vida, no solo que ahora era profesor de lenguas y trabajaba de ello, sino fundamentalmente, que como muchos otros compañeros, se había apropiado de algo que parece menos mostrable: la transformación de la inconformidad frente al mundo, en algo productivo, en conocimiento que posibilite entender algo acerca de las maneras en que se vive e imaginar quizás que esas maneras no son justas y tampoco irremediables.
Se dice frecuentemente que experiencias de vida como la de Naum dejan algo así como una herencia. Y, a veces, aun creyéndolo, no dejamos de colocar la palabra en su justo lugar convencional sin desacomodar su condición de pertinente pieza de sentido común. La actitud de ese muchacho hacía visible que no se está hablando de un legado abstracto, sino que el capital que dejaba para ser apropiado era similar en sus núcleos vitales al que aquel rusito de Villa Crespo había descubierto a sus 14 o 15 años tomándolo como una experiencia iluminadora, de obreros que habían conformado su visión en los años treinta. Este capital más que una ideología, es un poderoso sentido práctico que no se conforma simplemente con acceder a parte de la biblioteca universal o con la relación con los aspectos superficiales de la política. Lo interesante, lo vitalmente productivo, es que se trata de una práctica cotidiana coherente que se extiende a las distintas dimensiones de la vida, y que expresa de la manera más potente, una moral. Esa es la herencia real que deja Naum y tiene la particularidad de trascender a su núcleo inmediato ya que la fue desparramando generosamente por distintos lugares en diferentes grupos a lo largo de una apasionada vida.
LR
La imágen es una obra del artista Abraham Vigo, miembro del grupo Artistas del pueblo, se llama El orador y es de 1933

domingo, 6 de marzo de 2016

"La rebeldía no nace de un repollo"


Imágen: "Florcitas" Pomarola Talk 2016
La producción de nociones de rebeldía juvenil en los sesenta[1]
Lucas Rubinich



I

Durante la llamada década de los años sesenta (que flexiblemente puede incluir los ultimos años de los cincuentas y los primeros de los setentas) se manifiesta un complejo proceso que se fue incubando en momentos anteriores y que puso en la escena al actor juvenil como un sujeto portador y promotor de un espíritu de cambios. Aunque este fenómeno se extendió a distintas zonas de la sociedad, en términos simbólicos, los referentes fundamentales de esta asociación entre cambio y juventud fueron franjas de las generaciones jóvenes de distintas zonas del campo cultural que en el caso de América Latina, también participaron y de algún modo se convirtieron en constructores o dinamizadores de zonas heterodoxas dentro del campo político. Estas diversas experiencias le dieron una fuerza muy particular a una noción de juventud ligada al inconformismo y la contestación con elementos de extrema radicalidad, que se convirtió en predominante, sin lugar a dudas, en tanto relato y en tanto formas icónicas incorporadas a un nuevo momento de la cultura occidental,

La pregunta a contestar es porqué esas nociones de juventud que cuestionaban el orden adquirieron tanta legitimidad en la lógica de ese mismo orden, no solo en el momento en que se desprendieron de los movimientos sociales concretos que podían amenazar ese orden, sino también en esos mismo momentos en los que desplegaban su capacidad de contestación? Se ha escrito mucho sobre la capacidad de algunas formas dinámicas del capitalismo moderno para apropiarse y resignificar experiencias que nacieron como alternativas y  transformarlas en formas dinámicas de la cultura dominante. La sospecha de que pueda resultar, sino vano, redundante, insistir en esa dimensión en términos generales, habilita el intento de dar cuenta de algunos aspectos de los muchos que permitieron darle tanta visibilidad y reconocimiento a esa noción de juventud contestataria, antes de que se transforme en íconos expresión de un momento cultural pasado. A la vez quizás también resulte pertinente intentar un par de hipótesis sobre la particular complejidad de esa fetichización en la Argentina.

II

Dos elementos significativos aunque seguramente existen muchos otros, para intentar dar cuenta de este fenómeno, son la revolución cubana y en, paralelo, un complejo proceso de modernización de costumbres del mundo urbano occidental en el marco de transformaciones económicas y científico-tecnológicas. Por un lado los jóvenes empuñando un arma en el tipo de experiencia más radical de la contestación a un orden que en este caso adquiere, bajo la amplia bandera de la lucha por la libertad, una gran legitimación a nivel internacional. Por otro lado,  los jóvenes como actor principal de ese proceso complejo que incluyen cambios estéticos significativos en las formas de lo que el sociólogo Goffman llama la presentación de la persona; movimientos artísticos que emulan en su radicalidad a las vanguardias de los años veintes; y,  en el marco de una extensión extraordinaria de los medios de comunicación de masas, un movimiento de mundialización de nuevas formas de la música popular que reafirman y también son productores de estas transformaciones estéticas,

 La revolución cubana porque supuso la participación de jóvenes audaces en una acción de cambio que llamaba a tomar el toro por las astas. Esta experiencia exitosa que implicó el mayor grado de contestación que es el de alzarse en armas contra el orden establecido, logró una amplísima aceptación de los medios de comunicación de masas del mundo occidental en tanto se trataba de una lucha por la libertad. La lucha por la libertad  y la implicación directa de distintos países, con el consenso de los sectores dinámicos de grandes capitales del mundo occidental que se podría llamar opinión pública, tenía el antecedente inmediato de la lucha contra el facismo. Se había justificado la guerra, que se hacía más legítima conocida la experiencia del holocausto, aunque haya tenido costos extraordinarios, como los millones de muertos del pueblo soviético, o la adopción de procedimientos criminales como el uso de armas nucleares contra la población civil. La experiencia inmediata demostraba que la lucha por la libertad podía incluir la violencia, y por eso no es extraño que en las revistas prestigiosas de las grandes capitales pudiesen aparecer los jóvenes barbados de la Sierra Maestra, como en enero de 1959 ocurre con la revista Life  en cuya tapa aparece la foto de su comandante Fidel Castro en su momento de triunfo en La habana. Los diarios liberales de América Latina poblaron sus páginas con imágenes y crónicas de la experiencia de esos jóvenes. Relatos heroicos que se parecían más a las narraciones románticas  que alguna literatura y periodismo aliado habían construido sobre los maquis franceses, que a los inconmensurables sufrimientos del pueblo cuyo ejército liberó Berlín.

En este caso se trataba de jóvenes cultos que podían contar con la destreza de organizar y conducir un ejército rebelde y que poseían ideas y planes acerca de cómo gobernar un país. Un reportaje realizado por el New York Times a Castro en 1957, cuando ya había iniciado sus acciones guerrilleras, creaba condiciones de simpatías por lo jóvenes rebeldes que habilitaba unos años después, la vuelta al mundo de esa imagen del joven comandante, con una paloma blanca posada en su hombro durante todo el tiempo que llevó pronunciar su discurso inmediatamente de haber entrado en La Habana. El éxito legitimado de esa revolución creaba condiciones para divulgar el sentimiento humanístico muy cristiano del comandante triunfante en Santa Clara, el joven médico argentino apodado El Che. También permitía la relectura, como triunfo de las ideas previo al triunfo militar, del alegato de la autodefensa del joven licenciado en derecho Fidel Castro, cuando fue juzgado en 1953 por la toma el cuartel Moncada y pronunció la frase final “la historia me absolverá” confirmadora de la asociación juventud-ideales superiores.

Jóvenes audaces, informales, con sensibilidad humanística, cultos, e imaginativos, y, sobre todo, capaces de gobernar, conmueven y pasan a formar parte del sentido común de época. No solo no asustan a las jóvenes esposas de clases medias modernas y dinámicas de N York, Chicago, San Pablo, o Buenos Aires, sino que, por el contrario pueden convertirlos en sus héroes románticos, cual el de algún folletín oriental, aunque con un exotismo atenuado por el presente, por alguna vecindad geográfica y cultural y por la piel blanca. Quizás esta capacidad de seducción sea solo circunstancial producto del dinamismo de los medios de comunicación y su inclusión en las luchas políticas. No obstante, en ese momento, estos jóvenes emprendedores pueden, sin lugar a dudas, ser percibidos como más cercanos al modelo de aventurero inteligente americano, audaz y propositivo, que  el héroe trágico de la película de Elia kazán On the waterfront , interpretada por Marlon Brando y; por supuesto, es un modelo  superador de la decadencia moral del “Rebelde sin causa” , la pelicula de 1955  que hizo de James Dean un símbolo de la época. Hollywood se reafirmaba en la posguerra como un  poderoso productor de visiones del mundo y sus ideas de juventud se manifestaban, o bien en los jóvenes integrados  exitosos de un mundo que se modernizaba, o bien, en el caso de los rebeldes,  en los héroes trágicos citados que lograban fuertes empatías con sectores dinámicos del mundo cultural, quizás porque renegaban de, o simplemente no se plegaban a, la nueva fiebre del consumo. Los rebeldes en fin, no podían no ser héroes trágicos. Ellos solos emprenderían una lucha individual, conciente o inconciente, que culminaría en derrota contra un estilo de vida que los excluía, o, desesperados,  se largarían a los caminos como Jack Kerouac tratando de encontrar un sentido a la vida que no era posible de ser hallado en el mundo convencional de una sociedad que se transformaba arrolladoramente y que colocaba al ciudadano consumidor en el centro de la escena.

La imagen de los jóvenes rebeldes cubanos, por el contrario, a la par que podían encontrar alguna empatía en esas zona de rebeldías nihilistas por su aventurerismo y audacia, seguramente también la provocaba en mundos más convencionales en los que esa épica, con el antecedente inmediato de la lucha contra el facismo, posibilitaba sin demasiado esfuerzo la asociación entre la Sierra Maestra e Iwo Jima.

 Claro que esta situación de afinidades electivas entre esas zonas convencionales del mundo urbano moderno y los jóvenes cubanos, llegará a su fin cuando aparezca la alianza con el comunismo soviético, pero la experiencia de ese ideal de juventud marcará a las generaciones más jóvenes que habían podido acceder a esa experiencia como se accede a una película famosa de Hollywood. Y quedará entonces como un potente elemento de la cultura de época ligado a la noción de juventud rebelde que se incorporará de distintas maneras a franjas de las generaciones inmediatamente posteriores y con una fuerza particular en la juventud del campo cultural latinoamericano.

Estados Unidos consolidando su liderazgo de postguerra, en el marco de la competencia de la guerra fría, se transformará en una potencia dinamizadora  de un complejo proceso político, socioeconómico y cultural, en el que producirán cambios arrolladores producto de la implementación de recursos científico tecnológicos que influenciarán los estilos de vida de modernas franjas de población urbana del mundo occidental. Con las variantes de cada caso, tanto en Europa como en América Latina, las universidades duplican o triplican su población de estudiantes, los niveles secundarios se masifican, la información llega casi inmediatamente a las salas de los hogares urbanos de las nuevas clases medias, cuyos miembros acceden a recursos de confort inimaginables para sus padres.En los EEUU, en los estados sureños se producen los últimos linchamientos de personas negras y, de a poco y no sin conflictos y bajas de líderes significativos, se abandona jurídicamente  la segregación Una alta tasa de empleo y una estrategia económica en la que el ciudadano común en tanto consumidor se convierte en un recurso fundamental para su reproducción y crecimiento, hacen que una idea de bienestar asociado un par de décadas atrás a sectores medios altos de la sociedad, pueda realizarse en poblaciones urbanas hijos de campesinos, de obreros no calificados y también en obreros de las industrias modernas de la época.

Y  es esta misma situación la que despierta legítimas ambiciones empresariales creando multiplicidad de objetos de consumo desarrollados en base a nuevas tecnologías que serán masivos y afectarán, por ejemplo, el modo de vestir, el diseño de los automóviles y de los hogares. La masividad de este mercado de recién llegados con afán de consumo de elementos a bajo costo como parte de una épica de la integración, incentivará la imaginación de ingenieros, publicistas y diseñadores, habilitándolos sin inhibiciones, y con la aspiración de conquistar otras franjas de ese mercado, a experimentar tanto con formas y colores como con la misma invención o mejoramiento técnico. La innovación científica transformada en objeto de consumo de grandes masas de población moderna producirá la píldora anticonceptiva, que provocará una verdadera revolución en las costumbres, en principio de sectores dinámicos de las grandes ciudades, posibilitando hacer explícita y práctica la separación entre el placer sexual y la reproducción.

La disputa de la guerra fría hará de EE UU un activo implementador de políticas culturales modernizadoras en su propio territorio y también en Europa y América Latina. Se incentivará un estilo de arte que confronte con el llamado realismo socialista, entonces experiencias como las de Pollock y las de Kaprow en artes visuales, las de John Cage y las formas experimentales del freejazz, se incorporarán como parte de una nueva identidad norteamericana ligada al arte experimental. Becas y subsidios de las grandes fundaciones norteamericanos para distintos agentes culturales del mundo no soviético, cubrirán distintas zonas del arte y la cultura, y también, muy particularmente, estas zonas dinámicas valorizadas por la confrontación que necesita asociar este modelo a libertad artística y científica.

La gran habilitación, que se hace experiencia en las nuevas generaciones, en relación a la libertad de elección en un mercado poblado de objetos de consumo, a la mayor libertad sexual que promueve el uso de la píldora, y a la reivindicación de la experimentación artística, todo esto asociado a su realización en un sistema democrático republicano como espacio de concreción del ideal de libertad, encontrará límites, por supuesto culturales, pero también políticos La habilitación de este ideal democrático para las nuevas generaciones que apuestan por cumplirlo y profundizarlo, confrontará con límites que reforzarán la rebeldía: en EEUU los del racismo y la violencia estatal y paraestatal y la decisión  del estado por la implicación en Vietnam; en Europa, las formas institucionales y culturales arcaicas; y en América Latina, la imposibilidad de implementar un modelo modernizador desarrollista en el marco de un sistema democrático.

Si como afirma Pierre Bourdieu, “Muchos de los conflictos entre generaciones son conflictos entre sistemas de aspiraciones construidos en edades diferentes”, la disonancia entre sistemas de aspiraciones que produce un cambio de estas dimensiones es abismal en términos culturales. Si esta distancia abismal ya permite imaginar situaciones de fuerte conflictividad, no solo por una necesidad de diferenciación, la necesidad de ser otro, común en las luchas generacionales, sino porque la reafirmación de la identidad rebelde supone la realización de ideales de libertad recibidos, a ella deben agregarsele los límites estructurales de la visiones políticas predominantes. Estas visiones en tanto formas concretas de realización política y económica de distintos sectores dominantes con influencia fuerte y  a veces directa del  estado norteamericano, no  permiten procesar los intentos estrictos de realizar esas aspiraciones, que suponen crecientes grados de participación de grandes masas de población educada y con expectativas crecientes, paradojicamente ellas mismas promovidas por ese clima modernizador democrático ligado a las visiones predominantes. Los jóvenes como sujetos de cambios en las relaciones sexuales, en el cuestionamiento de las jerarquías de instituciones tradicionales valiéndose de otros comportamientos, portadores de otras maneras de vestir, de nombrar, de organizar su propia vida; como agentes de la experimentación artística, encontrando, no sin conflictos, alguna que otra forma de reconocimiento. Y también, los jóvenes como sujetos de acción política en América Latina, como parte de un enfrentamiento más radicalizado  que adquirirá, a través de la respuesta de los terrorismos de estado, formas dramáticas.

La necesidad de confrontación con un orden anterior, de actualización de la rebeldía, que se armaba desde el alto piso de radicalización en el que confluían la violencia legitimada como herramienta de cambio y la modernización cultural desarrollista, al encontrarse frente a ordenes políticos negadores de libertades mínimas, tomaría la forma contundente de asociación entre juventud y contestación radical. Ese alto grado de habilitación previo hacia los cambios, había posibilitado que, en algunos casos-claramente en América Latina-, franjas dinámicas con potencialidad dirigencial de las generaciones jóvenes, conformaran verdaderas antielites con capacidad de organizar fuerzas realmente desestabilizadoras del orden político predominante

III

Claro, en los momentos de efervescencia social, como muy pertinentemente llama Durkheim a estas situaciones de intensidad social y cultural “esa vida más elevada es vivida con tal intensidad y de una manera tan exclusiva que casi ocupa todo el lugar de las conciencias, que desplaza más o menos completamente las preocupaciones egoístas y vulgares. Las ideas tienden entonces a no formar más que una sola cosa con lo real; por eso los hombres tienen la impresión de que están muy próximos los tiempos en que el ideal llegará a ser la realidad misma y en que el reino de Dios se realizará en esta tierra”. Pero el mismo Durkheim atiende en abstracto al fin de esos momentos afirmando que “la ilusión nunca es durable porque esta misma exaltación no puede durar: es demasiado agotadora. Una vez pasado el momento crítico, la trama social se relaja, el intercambio intelectual y sentimental disminuye, los individuos retornan a su nivel ordinario. Entonces, todo lo que se ha dicho, hecho, pensado y sentido durante el período de tormenta fecunda no sobrevive ya sino en forma de recuerdo, de recuerdo prestigioso, sin duda, lo mismo que la realidad que evoca, pero con la cual ha dejado de confundirse.” Algo así ocurrió con las rebeldías de los años sesenta en América latina. Claro que sería pertinente definir cuales fueron las condiciones que dieron como resultado que se haya extinguido el momento crítico. En toda América Latina, dadas las características de algunas de las formas políticas que encarnaban ese momento crítico, la respuesta de los sectores de poder económico y la potencia predominante en la región, se valieron de los ejércitos nacionales coordinados para entablar una guerra de exterminio contra las fuerzas llamadas insurgentes. La manera en que se desató esa guerra comandada por oficiales de los países periféricos formados en la Escuela de las Américas y en algunos casos con asesoramientos de expertos franceses en la guerra de Argelia, suponía la caracterización como combatientes enemigos a los distintos niveles de lo que consideraban esa fuerza enemiga y que trascendía en mucho a los combatientes armados. En verdad, como los ejércitos invasores actúan en la actualidad: un dirigente estudiantil de escuela media, un maestro, un delegado sindical, sus familiuas, en fin, todas las formas de expresión política y cultural ligados a la fuerza política considerada insiurgente serían tratados como combatientes enemigos y los procedimientos de una guerra en la que la inteligencia es central, se valdría de la tortura a los militantes y eventualmente a miembros de su familia para la obtención de información.

El resultado de esto, es que el momento crítico no se extingue naturalmente por la burocratización de un proceso triunfante, sino que es violentamente reprimido porque algunas de las fuerzas que lo encarnaban habían logrado una relativa capacidad política y militar.

La gran paradoja es que en argentina se produce una condena con gran legitimidad a la represión estatal de la dictadura que tuvo repercusión internacional. Y esa condena hace que los movimientos culturales que formaban parte del proceso general derrotado sean reivindicados con mucha fuerza en la fundación democrática Hay un clima promovido por el establishment internacional que se transfiere a la llamada opinión pública, que implícitamente y bajo distintas formas ambiguas, avala la necesdidad de derrotar a las fuerzasd insurgentes. La revalorización del sistema democrático republicano liberal se funda, en realidad, sobre esa derrota. Sin embargo, los procedimientos utilizados en esa lucha por las fuerzas estatales serán condenados por distintos sectores culturales relavantes y quizás eso no influya en políticas concretas, salvo en el caso de Argentina. Este país con un amplísima franja de sectores medios educados por un sistema educativo público que en los setenta ya llevaba casi ochenta años de extensión por todo el territorio nacional y con una economía inestable, pero que había posibilitado con vaivenes, transformar a esa sociedad en una sociedad integrada de movilidad social ascendente, con bajas tasas de desempleo y consumos modernos, necesitaba para fundar la democracia liberal un resarcimiento, luego de que los organismos de DDHH habían logrado imponer en el mundo que las acciones del estado contra los revolucionarios civiles merecía la caracterización de Terrorismo de Estado.

La lucha de las madres de Plaza de Mayo, de las Abuelas de Plaza de Mayo y el premio Nobel al luchador cristiano Adolfo Pérez Esquivel, fueron fundamentales en imponer esa carcaterización en el mundo europeo y a partir de eso en la propia sociedad nacional. Las madres, las abuelas, Pérez Esquivel, eran en su gran mayoría personas de clase media educadas por ese sistema educativo extendido y además etnicamente europeos blancos. Las distintas tribunas de europeos cultos contemplaban conmovidos los relatos de esas personas demasiado iguales que les contaban el sufrimiento de sus jóvenes y que además les recordaban que entre esas víctimas de sufrimiento había, aunque mínimamente- pero relevantes en términos simbólido políticos- ciudadanos europeos. La legitimidad obtenida por estos luchadores argentinos de DDHH fue extraordinaria. Y es probable que exista una relación entre esa extraordinaria legitimidad y el acto jurídico excepcional de la naciente democracia argentina que fue el Juicio a las juntas militares. Que los líderes de la victoria contra las fuerzas revolucionarias civiles derrotadas sean llevados al banquillo de los acusados y condenados es sin lugar a dudas una excepcionalidad. Cómo dijo, con voz de discurso a la tropa, uno de los jefes militares condenados en ocasión del juicio: “Hemos obtenido la victoria militar y fuimos derrotado en la guerra psicológica”.

Las rebeldías juveniles de los años sesenta y setenta en América Latina tuvieron una extreordinaria productividad en el campo cultural en distintas zonas del arte, en el pensamiento social, en formas experimentales de pensar la salud, la educación, etc. Y esa productividad estaba estrechamente relacionada a la habilitación fuerte a desafiar todos los ordenes que se amparaba a su vez en que distintas antielites surgidas de ese clima de época estaban dispuestas a desafiar el orden político de la manera más radical que es con las armas en la mano.

Debido a la manera en que se produce el “apaciguamiento” del momento crítico, hay un desligamiento de las experiencias rebeldes del campo cultural, de las experiencias más radicalizadas de la política que de modo más o menos indirecto las alentaron, no porque hiubiera alientos concretos de parte de un grupo, sino porque las acciones de los revolucionarios civiles contra el orden, habilitaban a pensar y actuar más radicalmente contra ese orden en sus distintas dimensiones. La democracia no puede fundarse si no es sobre una doble demonización, de las juntas militares y las cúpulas guerrilleras. Por esto es que se produce la separación de los objetos producidos en ese proceso de radicalización, del proceso de radicalización que los produjo.

Y es así entonces, que el mundo cultural en general y la indusria cultural en particular, pueden incorporar diversos elementos de esos procesos de rebeldía derrotados, y rerivindicarlos como experiencias culturales dignas de ser prestigiadas construyendo la idea que esa derrota es solo de unas cúpulas guerrilleras y que los objetos culturales producidos en ese momento son parte de una rebeldía juvenil víctima de la situación. Así hay una manera de reinventar los aspectos visibles, si se quiere más superficiales de ese momento. Para revivificar aspectos de ese momento crítico, están, como sostiene Durkheim,(imaginando un proceso que no supone la derrota del momento crítico), “las fiestas, las ceremonias públicas, religiosas y laicas, las predicaciones de toda clase, las de la Iglesia o las de las escuelas, las representaciones dramáticas, las manifestaciones artísticas, en una palabra, todo lo que puede aproximar a los hombres y hacerlos comulgar en una misma vida intelectual y  moral. Son como renacimientos parciales y debilitados de la efervescencia de las épocas creadoras. Pero todos estos medios no tienen más que  una acción fugaz o limitada. Durante un tiempo, el ideal recobra la frescura y la vida de la actualidad se acerca de nuevo a lo real, pero no tarda en diferenciarse de él nuevamente”

Los renacimientos parciales ocurrida esa derrota se distancian de lo real con mayor contundencia. Hoy, como se ha dicho,  no se puede mirar a estas formas culturales, desprendidas de los movimientos sociales y culturales de los que formaron parte, sino como fetiches nostálgicos, como discursos residuales sin carnadura social, como retórica superficial que acompañan prácticas disonantes con el espíritu que las construyó. Porque es así: solos, desprendidos del proceso social que los produjo son apenas fetiches. Pero es verdad también que hay algunas prácticas sociales, algunas maneras de relacionarse, si se quiere también, algunas maneras de combinar palabras, formas y colores que formaban parte de las banderas rebeldes y eran estigmatizadas por el estatus quo, que pasaron a formar parte del piso naturalizado de sociedades contemporáneas. Los gestos que fueron más contestatarios y hoy son meros íconos como ocurre en las sociedades, acaso sigan siendo eso hasta desaparecer del horizonte cultural y convertirse en una mera página en la historia de tal o cual zona de la cultura, o quizás, otros procesos de rebeldía puedan, en algún momento incierto, reinventarlos vitalmente





[1] Una versión más corta de este artículo se publicó en Informe Escaleno N 4 Buenos Aires diciembre de 2012

sábado, 9 de enero de 2016

Los sentidos comunes ante la metamorfosis de los políticos y la política

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Revista Ciencias Sociales, facultad de Ciencias Sociales UBA Buenos Aires N 85 Marzo 2014

Los sentidos comunes ante la metamorfosis de los políticos y la política
Lucas Rubinich*
I
Quizás la desestructuración de los partidos políticos y el debilitamiento de las tradiciones hace que las miradas comunes sobre los cambios de lo que queda de los partidos en relación a su tradición y de los agentes políticos en relación a sus partidos, sea de alguna indiferencia mezclada con cierta percepción de un nuevo estado de cosas. No obstante, se podría aventurar que los sentidos comunes circulantes en el presente miran con tranquila desconfianza, aunque también descalifican,  por lo menos en el murmullo retórico, a aquellos agentes políticos que dan un salto de una a otra institución partidaria, de uno a otro agrupamiento político. También existe el mismo gesto de desconfianza hacia aquellos que dentro de un mismo espacio son los encargados de producir maniobras que llevan a lugares que parecen diferentes a los que marcaba una tradición proporcionadora de identidad. Sin embargo, el que se esos cambios se hayan vuelto más corrientes con la crisis del sistema de partidos, no inhibe las evaluaciones críticas, pero quizás las hace menos dramáticas y casi ausente de consecuencias prácticas.
II
¿Cuales son los elementos que conforman los sentidos comunes frente a estos cambios y cómo se estructuran? ¿Hay alguna regularidad en cuanto a las maneras de pararse frente a estas situaciones influenciados por creencias, sector social, genero, nivel educativo, etc? Claro que seguramente hay diferencias si se contemplan esas distintas variables. No obstante, lo que se quiere plantear aquí, es que la crisis de las identidades políticas probablemente habiliten formas de pararse frente a esas situaciones que coinciden, aún en las diferencias, en no asombrase frente a los cambios. Y también que es posible pensar estas transformaciones de una manera  conceptual apelando a dos tipos ideales antagónicos en las maneras de explicar la salida del individuo de un grupo. A partir de allí se podrían considerar las situaciones que harían más o menos intensas cada una de las posibilidades.
Simplemente porque son parte del capital moderno para explicar la acción humana, es posible imaginar, que en los elementos desplegados por esos sentidos comunes para dar cuenta de estos recorridos dinámicos, de estos cambios, pueden encontrarse dos formas que flexiblemente y en un ejercicio de condensación pueden describirse de la siguiente manera: las que se detienen en la singularidad del agente concreto que los ha llevado adelante, y las que le otorgan un valor determinante en relación a esa conducta individual a  alguna característica de identidad del agrupamiento.
De alguna manera pueden pensarse como los tipos ideales opuestos, como las concepciones puras ubicadas en cada punto extremo en relación a la indeterminación-determinación social de la acción humana  que han construido tradiciones diferentes en la teoría social. En un caso la acción social fuertemente influenciada por el individuo y en el otro la cultura marcando casi a fuego a ese individuo. Y es verdad que estas miradas opuestas en la teoría social pueden convivir en un mismo grupo cultural e inclusive en un mismo individuo en las evaluaciones cotidianas, porque forman parte de ese capital explicativo moderno de la acción humana, porque las miradas cotidianas sobre el mundo no se organizan necesariamente de manera orgánica en función de una ideología y menos de una teoría y, sobre todo, porque en momentos deshilachamiento de  instituciones y tradiciones que fueron productivas en un momento anterior y de ausencia o falta de legitimidad de las nuevas, las acciones y las miradas tienen menos contención y se entremezclan con retazos de distintas morales fragmentadas. De todos modos, elementos de estas dos formas  de explicar acciones de cambio presentadas como un tipo ideal, pueden encontrarse en la cultura de nuestras sociedades.
III
Por supuesto que hubieron sentidos comunes fuertemente legitimados en la modernidad occidental que pensaron al individuo como una determinación social. Sobre todo cuando algunas miradas modernas se preocupaban por consecuencias alienantes de los cambios que se producían. Ellos, los cambios, y entonces la entera sociedad, caían con un peso abrumador sobre ese sujeto de la época que era el individuo
Hay imágenes contundentes que refieren al individuo alienado que ha ingresado  en la soledad de la sociedad de masas y pierde su humanidad. Una pérdida que está en la soledad de la sociedad de masas que preanuncia una literatura de segunda mitad del siglo XIX y primeras décadas del XX. Los hombres solos en la multitud de las nuevas grandes ciudades, en los sistemas que son vistos con nostalgia de comunidad como “individualistas”, y que deterioran su humanidad hasta transformarlo en un mero insecto. La metamorfosis que la sociedad produce en los individuos, no el individuo que cambia, que se metamorfosea a sí mismo. Es, si se quiere una mirada con sensibilidad sociológica, la idea de la metamorfosis afectando al individuo, si se quiere a la humanidad del individuo como el resultado quizás irremediable de los cambios de época cuando se caen viejas instituciones y con ellas modelos de autoridad  que no son reemplazados inmediatamente. Desacomodamientos productores de seres desmembrados que potencialmente pueden conformar la tasa de suicidio anómico
Esta miradas junto a las grandes tradiciones de la teoría social contemporánea podrían acercarse sin esfuerzo a aquella máxima platónica que dice “nadie es malvado voluntariamente” . Efectivamente Marx puede sostener que “los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con las que se encuentran directamente, que existen y les  han sido legadas por el pasado” . Y una cita libre de Durkheim podría construirse de la siguiente manera: cuando se quiebran las instituciones los seres humanos que a ellas pertenecían, son más individuos
Pero es cierto que si se atiende a la variedad, seguramente no infinita, de sentidos comunes que evalúan a los individuos en relación a sus cambios de identidad grupal o institucional en la mayoría de los casos prima el sesgo que fuertemente  atribuye poder explicativo a la voluntad individual. Ya sea para saludar ese cambio, ya para condenarlo. La glorificación de la voluntad individual es un gesto de las miradas herederas de la tradición moderna, cuando el individuo abandona instituciones tradicionales: iglesias, estructuras familiares, identidades de género. Son menos complacientes y aun condenatorios, los sentidos comunes, también los provenientes de esa misma tradición, que se actualizan para juzgar a aquellos que abandonan una identidad política. El sentido común que refiere a los cambios de los políticos se asocia, fundadamente, a una voluntad individual violadora de un pacto de delegación de autoridad colectiva, y en tanto ese cambio es evaluado como respondiendo al interés personal hay una descalificación. Y son distintas las intensidades de la evaluación generalmente descalificadora, de acuerdo sea la fortaleza de la tradición y el espacio institucional abandonado. Entre los tipos ideales extremos de alta y baja  productividad cultural de un espacio portador de una tradición, los gradientes  de la actitud descalificadora van desde el uso pasional del calificativo traición, hasta la mirada tranquilamente crítica de los que miran algo sobre lo que todavía puede pesar el calificativo de incorrecto, pero de algún modo perciben como irremediable.
IV
Los sentidos comunes se construyen de manera compleja siempre, y más todavía en épocas de cambio donde hay deterioro de viejas miradas. Lo viejo no termina de morir y simbólicamente persiste, porque dicho quizás de manera un tanto exagerada, en este mundo contemporáneo, lo nuevo ya llegó, pero sin ninguna bandera trascendente. Es el predominio del individuo, pero no del individuo trascendente equilibrado por las consignas de la revolución francesa, es el individuo crudo, pragmático, moviéndose sobre la escenografía de un republicanismo liberal sin fuerza. Entonces hay que recurrir a las hilachas de alguna tradición para darle por lo menos la ilusión retórica de algo parecido a la trascendencia hasta que quizás se apague esa necesidad construida socialmente o probablemente resurja resignificada alguna tradición castigada por los nuevos aires de época.
En la política argentina elementos de estas dos formas mencionadas de explicar los cambios parecen actualizarse simultáneamente. En la que recurre a variables culturales atribuibles al colectivo (actuó así, porque los peronistas son así), el desfasaje en relación al deterioro de las instituciones políticas que informarían ese “ser así”, debería ser pensado como evidente. Porque, en verdad, ¿es posible actuar como peronista o como radical en el sentido fuerte cuando hay una importante fragmentación institucional y una poderosa debilidad simbólica? Para hacer esa evaluación se presume la existencia de ese colectivo con sostenes institucionales y culturales. Dadas las condiciones del presente, sería saludable, por lo menos dudar, sino sobre su existencia, sobre su efectividad, sobre su capacidad de ejercer fuerza simbólica. Del mismo modo ocurre cuando el cambio se atribuye al individuo y ese gesto es calificado como traición (traicionó o, quizás, decepcionó, al radicalismo) lo que presupone, del mismo modo que en el caso anterior, la existencia de un colectivo realmente existente o una tradición fuerte que se abandonan. Cuando lo que existen son instituciones y tradiciones que sobreviven como fantasmas agujereados hasta tanto se las suplante o eventualmente revivan bajo otras formas, el abandono de esas instituciones y de esas tradiciones, es apenas caminar hacia otro lado, y está bastante alejado del tipo de la relación que presupone el gesto fuerte y dramático de la traición.
Desde ya que no se trata de pensar en la existencia anterior de instituciones o tradiciones impermeables a los cambios, cristalizadas y poderosas. Si hay algo que no pueden pensarse así son los partidos políticos en Argentina que como corresponde han sufrido modificaciones en el tiempo y además han carecido de continuidad de funcionamiento en el marco de tranquilidades republicanas. No obstante hubo momentos que, con la ambigüedad de los grandes partidos y en el marco de esa inestabilidad republicana, tuvieron mayor organicidad y sus tradiciones flexibles pesaron sobre quienes estrictamente conformaban sus filas y también sobre sus adherentes. Lo cierto es que en el corto tiempo de los últimos veinte años estos gestos dinámicos (cambios de un grupo a otro, movimientos contrarios a núcleos de la tradición) han sobreabundado y en algunos casos han resultado significativos para el conjunto del sistema político.
”Peor que la traición es el llano” es la frase que según algunos viejos políticos habría pronunciado en un espacio de coloquialidad, un también veterano operador político de uno de los dos grandes partidos. Seguramente refería  en tono de broma, en una mesa nocturna y luego de alguna batalla electoral, a los reacomodamientos resultado de una interna partidaria. Elementos de la picaresca política que podía manifestarse de ese modo en el reconocimiento de seguir habitando un espacio más o menos común, con algunos elementos conformadores de la tradición que no era fácil ignorar y que seguramente no se encontraban en la letra escrita. Había solidaridades tejidas entre sectores heterogéneos en base a lazos armados en la experiencia que podían evitar, por ejemplo, el abandono total del derrotado en una interna o algún otro gesto que con tribuía a la reproducción del espacio. No se trataba de partidos ideológicos, pero si con algunas marcas culturales compartidas que podían atravesar heterogeneidades sociales, religiosas y hasta estilos de hacer política, contenidos en el amplio mundo de una historia y de flexibles banderas que sin embargo podían pensarse como aglutinantes de algo en común que se actualizaba en la confrontación con el otro.
Por supuesto no hay historia armónica, y hay momentos de quiebres y de confrontaciones dramáticas. Así y todo, hay prácticas relevantes en términos simbólicos y cuantitativamente extendidas, con capacidad de cohesión y reproducción de esos heterogéneos mundos. Por eso la frase que usa una palabra como traición, más corriente en el mundo peronista que en el radical, solo es posible de ser pronunciada, en un grupo de pares que forman parte tanto como él de ese algo flexible pero real que es su partido, de manera irónica. Y la ironía no inhibe que exista una referencia real. Los abandonos de unos y reacomodamientos con otros se hacen bajo la protección de esa difusa cultura común.
V
Claro que los cambios operados en los gobiernos de Carlos Menem, iban a resultar en transformaciones significativas en la economía, la política y la cultura. Cambios fortísimos que eran parte de una verdadera revolución neoconservadora a nivel internacional y que en términos político culturales construía una extraordinaria hegemonía que lograba inficionar a los partidos convencionales, por supuesto  al estado, al mundo de los negocios, y al campo cultural y científico. Y en términos de transformación simbólica quizás eran tanto o más relevante que los cambios impulsados por los nuevos aliados del peronismo en el ministerio de economía, los que pensaban e implementaban funcionarios técnicos y funcionarios intelectuales que se habían formado en los procesos de radicalización del mundo universitario de los años sesentas y setentas, y que formaban parte de las zonas más dinámicas del mundo académico y cultural. Uno de esos grupos llevaría a cabo en el ámbito de la educación la reforma  más regresiva que afectó a la educación pública argentina y que se armaba como parte de un proceso latinoamericano de reformas (que habían contribuido a diseñar ) implementado por un organismo financiero como el Banco Mundial La habilitación y continuidad de estas experiencias, primero con uno y luego con el otro gran partido, se asentaban, entre otras cosas en la percepción generalizada, construida desde la fortaleza política, cultural y económica, de estar ante un cambio de época irremediable.
A partir de esos momentos, no es que masivamente desertan las tropas y caen estrepitosamente banderas y otros símbolos. Hay situaciones inerciales que producen una paulatina dilución. Se continua marchando pero quienes lo hacen, a medida que las prácticas concretas van reafirmando esa nueva visión del mundo que ahora unifica a ambos partidos y a la centro izquierda, son cada vez menos peronistas o radicales, o ( lo que es más fácil) frepasistas,  y se convierten en individuos que hacen carrera política. Retóricas que refieren a la sensibilidad nacional popular o la ética republicana se pronuncian, no necesariamente de forma cínica, acompañando prácticas que son más deudoras del clima de época que coloca al individuo pragmático en el centro de la escena, que a las tradiciones que aquellas refieren.
VI
Y a medida que pasa el tiempo hay cada vez mayor habilitación para reafirmar esas prácticas y transformar esa retórica en meras guirnaldas de una escenografía de ritual cristalizado. Un hecho relevante para pensar en los quiebres de tradiciones ocurre un día de fines de setiembre de 1999 en el estadio Monumental de Nuñez donde se cerraba la campaña de los candidatos Eduardo Duhalde y Ramón Palito Ortega. Habló primero el cantante Ortega y luego Duhalde en medio de una lluvia primaveral que caía sobre 50.000 personas provenientes en su mayoría del conurbano bonaerense.El candidato habló centralmente a los empresarios. Carteles que referían a las intendencias del conurbano y a distintos gremios se levantaban en medio de la multitud. El final del acto, cuando ya amainaba la lluvia subió al escenario la actriz y cantante Nacha Guevara que había protagonizado una de las versiones del musical Evita y caracterizada domo Eva Perón cantó No llores por mi Argentina.
Ese ritual protagonizado por Nacha Guevara es en verdad fundacional en relación al la conformación de nuevos elementos de la cultura política que producirán un desfasaje entre la tradición hecha cosa pintoresca por un lado y la vida política práctica ( lo que verdaderamente hay que hacer más allá de las identidades) por el otro. Cuando los cambios operados en la política impiden la recuperación de aspectos de una tradición y sobre todo los aspectos  más rebeldes de esa tradición, ocurre que a la vez se hace necesario no desprenderse de indicadores de la pertenencia a esa tradición porque, al fin y al cabo, es sobre esas banderas descoloridas sobre los que se mantienen las formas organizacionales concretas que, aunque deterioradas, permiten seguir andando. Entonces se produce ese hecho de incorporación del ícono de la manera más despolitizada posible negando cualquier aspecto  de relaciones con el presente, de la lucha política, en tanto lucha.
El ritual del acto político es un ritual en que lo escenográfico y performático cumplen un papel relevante. Tiene algo de instituyente ya que se reafirma una diferencia entre el o los líderes y los seguidores, se confirma el papel del líder, de algún modo es un escenario de revalidación y fortalecimiento de la autoridad. Y las tradiciones están allí en la forma de interpelar en la misma escenografía, en las imágenes en las banderas. Pero el centro vital del ritual está en la performance del líder que cita nombres y frases familiares a la tradición  nombrando al presente, y así la actualiza, reafirma su autoridad y vivifica la identidad del espacio.  El cierre con una performance hecha por una actriz que es la actualización de un producto de la industria cultural internacional pone al ícono en una situación de extremo desfasaje con el núcleo conceptual de un ritual político, sobe todo porque es una performance en un escenario donde la performance ocupa un lugar central en la revivificación de la tradición. La performance allí, aun la menos eficiente simbólicamente, es siempre vital o se propone serlo. En este caso se desvitaliza de manera radical porque se trata de algún modo de un producto seriado, cosificado, producto de la industria (legítimo en un  teatro, pero no allí) que además , a diferencia de unas remera con imágen o un afiche, se propone generar emoción, ilusión de vitalidad. Y además en tradiciones sensibles a los liderazgos carismáticos, ocupa el escenario donde debe estar el líder 
Se podría abundar en situaciones de ambos partidos y en gestos sociales que con mayor o menor intensidad puedan pensarse como indicadores de la debilidad extrema de tradiciones que tuvieron potencia en la historia argentina en distintos momentos del siglo XX.  Y entonces vendría a cuenta citar lo que algunos veteranos del radicalismo comentaban con incomodidad en relación a uno de los jóvenes viceministros del presidente De La Rua, ex militante de la juventud universitaria,que al renunciar el ministro se negaba a abandonar su cargo de vice alegando que significaría un deterioro de su posición económica. Y aunque esto fuera solamente un murmullo el hecho de que resonara fuerte, lo convertía en un dato. Quizás tampoco sería irrelevante atender como un restaurante de la zona de Palermo en Buenos Aires se habilitó a jugar con los símbolos de la tradición peronista, desde el nombre del lugar, hasta las denominaciones del menú en donde se puede encontrar cerveza roja montonera y, traspasando los límites cualquier parámetro del buen gusto, una tabla de fiambres que se llama Pedro Eugenio.
VII
Sin apelar a un esfuerzo desmedido, es posible inferir que algo debe pasar en las organizaciones, en los grupos, en sus identidades, para que ocurran estas cosas que se parecen bastante a un fin de época que encima no promete alboradas gloriosas en reemplazo. Y quizás no sea demasiado difícil de ver. No obstante decretar la transparencia del mundo, aun ante los indicadores de la evidencia, suele convertirse en un movimiento arriesgado. Sobre todo porque hay una porción no desdeñable de voces diferentes, social y culturalmente hablando, que con sus respectivas estéticas,  parecen creer, o quizás hacen un esfuerzo por creer para no quedar al descubierto, que existen activamente algunas tradiciones que se encarnan en algunos individuos, en los restos de uno u otro partido, e inclusive en algún grupo social, y que las acciones, los movimientos de la política concreta, pueden ser explicadas en relación con ellos. Además es verdad que en el mundo dinámico de la política más allá de situaciones de verdadera hegemonía cultural, hay momentos de significativos desacomodamientos y siempre, filtraciones. Allí están las poderosas experiencias disruptivas de algunos países latinoamericanos. Y, específicamente en el caso argentino, los gobiernos de los Kirchner restituyendo gran parte de la autonomía perdida a la política e intentando con fuerza y consecuencias reales, la resignificación de aspectos de una tradición, aunque sin poder modificar la situación de extrema  fragmentación del propio espacio. Pero aun con estos movimientos que parecen negar lo anteriormente mencionado, algunas de las condiciones estructurales que generan los debilitamientos continúan teniendo presencia. Quizás en algún momento  se manifestarán con escasa fuerza y en otros con clara potencia, pero en verdad continúan actualizándose bajo formas diversas en la vida cotidiana  y no deberían subestimarse.
 VIII
Los sentidos comunes arman su mochila con los residuos de las tradiciones incorporadas, pero también producen procesos de adaptación creativa a los cambios, también a los no declarados y percibidos como tales. Somos moneda, dirá Norbert Elías, pero también acuñamos.
Porque es cierto, que en todo momento hay formas del sentido común que, de algún modo u otro, y en el medio de dinámicos idas y vueltas, dan cuenta de los cambios menos explícitos. Aunque sea de manera confusa y mezclando elementos de la receta aprendida junto con el sentido práctico que descubre  la legitimidad potencial de algunas nuevas prácticas. Que, en fin, resultan más compatibles con el clima de época o, si se quiere, con las nuevas formas de dominación. La explicación del que atiende a los movimientos del individuo saltando de unos a otros de los restos del sistema político y que retóricamente hace un gesto de descalificación frente al abandono de una identidad, también percibe que, aunque de ese lugar cuelguen guirnaldas que hacen referencia a una tradición, ya no tiene el poder culturalmente coercitivo de los espacios simbólicamente fuertes.

Porque tanto el agente concreto que produce ese cambio mayor o menor, como el que lo descalifica desde algún espacio social y cultural determinado, están participando en instituciones débiles y de algún modo u otro pueden percibir y vivir esa debilidad. Es lo que potencialmente harían otros que juegan el mismo juego de darse circunstancias similares y aun los ciudadanos que no participan directamente de ese juego y que inclusive pueden actuar alguna individualista retórica condenatoria. Más allá de los aires revitalizadores de la ultima década,  dadas las condiciones institucionales del sistema político en el presente, de un clima cultural asentado en prácticas cotidianas y en transformaciones estructurales profundas, no hay que forzar demasiado el análisis para dar cuenta, entonces, de que el cambio de bandera política no es algo que los distintos sentidos comunes circulantes puedan percibir como extraordinario.  Por el contrario, la relativa indiferencia parece volverlos gestos de algún modo consabidos, quizás dotados de alguna racionalidad y, acaso, cada vez más justificables socialmente.

jueves, 31 de diciembre de 2015


“Resumen Latinoamericano y del tercer mundo” Nº 139, agosto de 2015
La actualización de viejas preguntas a la democracia liberal
Lucas Rubinich
Sociólogo, profesor de la carrera de sociología UBA, investigador del Instituto de investigaciones GinoGermani UBA

Cómo se impide que pequeños grupos, conformados por ciudadanos miembros de
corporaciones con poder económico,  hagan sentir su peso con mucha más efectividad y
contundencia en las decisiones que afectan al conjunto de la sociedad que una masa de
desagregada de la mayoría de ciudadanos comunes que ha delegado el gobierno en
agentes sociales que actúan como sus representantes. Esta es una vieja pregunta que
muchas veces adquiere formas de sentido común antipolítico cuando se acompaña de
rápidas respuestas pesimistas, pero también tiene dimensiones problemáticas de simple
formulación que pueden ser reactualizadas en el presente habilitadas por los profundos
cambios que vienen ocurriendo desde hace más de tres décadas y que afectan el sistema
socioeconómico en su conjunto y en ese marco también al sistema político democrático
realmente existente.
Esa dimensión problemática tuvo poca densidad en los debates de las últimas décadas
en Argentina, porque la experiencia inaugurada en 1983, se construye de manera
compleja sobre una situación en la que, por lo menos dos elementos significativos,
actúan prácticamente inhibiéndola  o deslegitimando algún intento extemporáneo de
recolocarla en la mesa de discusión. El primer elemento, es la derrota de las
experiencias revolucionarias, que sí habían mirado críticamente las formas que
llamaban democracias burguesas realizadas concretamente de manera imperfecta, y
custodiadas por el partido militar. El segundo, es el desprestigio y, de hecho, la
desaparición de ese partido militar. Sin partido militar, y desvalorizadas políticamente
las experiencias revolucionarias que habían elaborado complejas visiones críticas sobre
el orden imperante y sobre el conjunto de instituciones que lo conformaban, los partidos
políticos tradicionales de la Argentina, se encontraban con la posibilidad de desplegar
sus acciones en un escenario relativamente ideal de libro de instrucción cívica. Ya no
eran obstáculos, ni la crítica desde las miradas radicalizadas, ni la posibilidad del censor
militar de anular el juego frente a  los intentos de modificar relaciones de fuerza
valiéndose de las herramientas de esa imperfecta democracia representativa.
Pero esta situación ideal fue apenas una ilusión socialdemócrata pasajera, que sería
azotada por nuevos vientos cuestionadores que adquirían una fuerza y una extensión
extraordinaria luego de la caída del muro de Berlín. Los nuevos aires la emprendían
contra todas las instituciones del viejo orden que  apareciesen como restrictivas a la
libertad individual. En ellas se incluían también las estructuras de los sindicatos y los
partidos políticos, aunque por supuesto, no había esa animadversión hacia otras
asociaciones intermedias como las corporaciones que resultaban del ejercicio de las
formas nombradas como libertad económica. Las críticas a los partidos ideológicos, a
los partidos llamados populistas, el cuestionamiento a las listas sábanas, la institución
de las internas abiertas, estaban dirigidas a destruir las viejas estructuras partidarias que
resultaban opresivas para el actor central al que se le construía un nuevo escenario para
que pudiera desplegar sus potencialidades: el individuo
La pregunta del inicio entonces no es nueva, pero es pertinente porque en su momento
se la utilizó para hacer evidente la ficcionalidad del modelo ideal de la doctrina
democrática sostenida en la hipótesis del individuo soberano que pacta con otros
individuos soberanos y donde no hay asociaciones intermedias entre el ciudadano y sus
representantes. En la práctica concreta, las democracias realmente existentes, dijo
Norberto Bobbio, son un modelo totalmente opuesto, ya que distinto tipo de
asociaciones desde corporaciones económicas, hasta sindicatos y partidos se convierten
en sujetos cada vez más políticamente relevantes, mientras que los individuos lo son
menos. Y, en verdad, la cuestión pasa a ser entonces, que posibilidades de expresión
hay de los distintos sectores sociales a través de estas asociaciones políticamente
relevantes.
Porque, desde ya que hay diferencias entre esas asociaciones que son políticamente
relevantes. Y las diferencias se hacen muy significativas si se considera  una cuestión
central de la lucha política, como lo son las condiciones de producción de la opinión de
los grupos dominados. Dice el sociólogo Pierre Bourdieu “El modo de producción
atomístico y agregativo querido por la visión liberal es favorable a los dominantes  que
tienen  interés  en  el  laisser-faire  y pueden  contentarse  con  estrategias individuales
(de reproducción) porque el orden social, la estructura, juega en su favor. Por el
contrario, para los dominados, las estrategias individuales, protesta, derrame, frenado,
etc., y todas  las  formas  de  la  lucha  de  clases  cotidiana  son  poco  eficaces.  Ellos
no  pueden  tener estrategias eficaces más que colectivas, y que suponen pues
estrategias de construcción de la opinión colectiva y de su expresión.”
Las formas que potencialmente contribuían a desarrollar estrategias de construcción de
la opinión colectiva sobreviven con distintos grados de debilidad en las diversas
sociedades nacionales. Por distintos motivos, en los que deben incluirse centralmente,
los cambios económicos que resultan en transformaciones del trabajo y la producción y
el deterioro de tradiciones que reivindicaban la construcción de colectivos sociales
como herramienta para luchar por mejores condiciones de vida de la humanidad, las
instituciones relevantes de la lucha política  que posibilitaba la participación popular se
han deteriorado fuertemente. Y el deterioro ha sido estructural y político cultural.
En el caso argentino las transformaciones de los partidos sostenidos en los residuos de
sus tradiciones, que apenas pueden producir alguna mínima ilusión de pertenencia a un
colectivo tras banderas deshilachadas; fragmentados, y con el objetivo real de
conquistar una porción del estado, posibilitan el surgimiento de individuos que
eventualmente se transforman en profesionales de la política y cuya experiencia puede
ser ofrecida a los distintos espacios en función, entre otras cosas, de su capacidad para
interpelar y seducir a un electorado de individuos adicionados por algunas opiniones
que no expresan una opinión construida colectivamente. Son individuos de la clase
política que no portan una bandera, sino que atienden a una suma de individuos y en
todo caso a fracciones de individuos agrupados circunstancialmente en torno a un
reclamo.
Es verdad que aun en estas circunstancias puede darse alguna relativa autonomía de ese
mundo político a través del manejo de algunos recursos estatales y también mediante
algún liderazgo que, aun sin partido, pueda generar ciertos religamientos en una masa
de individuos. Pero lo que es cierto, es que esa masa de individuos, en tanto no
encuentre la posibilidad de crear espacios que permitan la construcción de opinión
colectiva, no poseen la capacidad de presionar a ese líder, de transformarlo, si se quiere
en términos ideales, en portavoz de esa opinión colectiva. Simplemente porque no hay
opinión construida colectivamente, sino reclamos circunstanciales de una masa de
individuos que puede eventualmente producir empatía con algún liderazgo que atienda
esos reclamos y expectativas diversas
En esa situación, los sectores dominados de la sociedad están en un estado de
extraordinaria desventaja frente a las diversas categorías dominantes actuantes en las
sociedades contemporáneas, que bajo distintas formas, no solo influyen en el
administrador circunstancial del estado, sino que como nunca y sin mediaciones a través
de diferentes corporaciones de medios de comunicación de masas, participan en la lucha
política directa con más efectividad que a través de las instituciones formalmente
representativas vacías de contenidos colectivos.
A partir de la experiencia argentina de estos treinta años es posible imaginar que estén
apareciendo condiciones que habiliten a preguntarse por las formas de la participación
de los ciudadanos en las decisiones que atañen al conjunto de la sociedad. Es más,
resulta indispensable que el sistema democrático realmente existente sea interpelado
críticamente si es que piensa en la posibilidad de intervención real de la mayoría de la
población en las luchas políticas densas. Y esto último no supone la competencia por la
administración de un estado de cosas dado, sino en el sentido más fuerte, luchas por
imponer principios de visión y división del mundo.

Bourdieu, Pierre, 2000: Formas de acción política y modos de existencia de grupos. En
“Sobre el campo político”, Presses universitaires de Lyon, Lyon

lunes, 20 de abril de 2015



“El conocimiento de las ciencias sociales y la vida pública”
Debates del CECYP en el Germani
Primera reunión. Lunes 20 de abril, 18,30 hs aula 1
Mariana Heredia, "Más allá de la oligarquía agropecuaria: las clases altas hoy"
Este ciclo de charlas se propone abordar, desde la especificidad del conocimiento de las ciencias sociales, elementos de algunas cuestiones que tienen presencia fuerte en la vida pública contemporánea.
Esta especificidad que le da sentido al debate se construye, por supuesto, con condicionamientos diversos, entre los que las particularidades del momento histórico no son menores. El hecho de estar atravesando un fin de época en que lo viejo no termina de morir pero lo nuevo se vislumbra más por el desfasajes de las prácticas en relación a instituciones del viejo orden, que por los reflejos de alguna alborada futura, produce distintos desacomodamientos en la sociedad en general y en el campo académico y cultural en particular. Los debates, no escapan a estos desacomodamientos, que se manifiestan, produciendo desconcierto y bajo interés, cuando los agentes culturales llegan a la arena pública sin otro pertrecho que una parcial voluntad ciudadana y una autoridad cultural( la del intelectual) a la que no es difícil encontrarle marcas que den cuenta de su deterioro.
Esta propuesta, realizada por un grupo con clara identidad académica, tiene como intención distanciarse, tanto de la legítima y exhaustiva exposición de la clase magistral o el seminario intensivo, como del discurso mimetizado con algunas de las formas sesgadamente crudas del debate político cultural. La apuesta, por el contrario, supone poner sobre una mesa de pares, algunos elementos presentes en la vida pública problematizados desde herramientas de la teoría social, que permitan, entonces, confrontar con sentidos comunes portadores de cierta legitimidad política y cultural
Las exposiciones serán de media hora y un comentarista introducirá al debate posterior
Abril
Lunes 20 de abril
Mariana Heredia, "Más allá de la oligarquía agropecuaria: las clases altas hoy"
(Afiche: Pomaroila Talk 2015)
mayo
Gabriel Vommaro
“¿Qué hay de nuevo en las nuevas derechas”. Algunas cosas que puede ayudarnos a pensar la sociología.
Lucas Rubinich
“Cambios en el desempeño del papel intelectual: de Sartre a Human Rights”
Junio
Nicolás Viotti
“Sociología, mirada ilustrada y relativismo cultural: una falsa dicotomía”
Florencia Arancibia
“Glisfosato: Tensiones entre campo académico, las políticas públicas y los movimientos sociales”
Julio
Claudio Benzecry
“Pasiones igualitarias: analogías entre el mundo del fútbol y los fanáticos de la ópera”
Agosto
Pablo Semán
“El concepto de hegemonía en las ciencias sociales. Una interrogación crítica”
Setiembre
José Casco
“Opinión pública, medios y ciencias sociales”

domingo, 29 de marzo de 2015

LUNES 30 de MARZO de 2015 de 18 A 20 HS.
Instituto de Investigaciones Gino Germani (IIGG/UBA), Uriburu 950, 6º piso, AULA 1
"Oscar Terán en sus años sesenta: marxismo, socialismo y peronismo"
Omar Acha
Coordinan: Lucas Rubinich (IIGG, UBA), José María Casco (UNLAM-UNSAM), Jimena
Montaña (CHI-UNQ/CONICET) y Mariano Zarowsky (UBA/CONICET).
Los invitamos a participar del primer encuentro del Seminario “Intelectuales, política y cultura de izquierda en Argentina y América Latina” a realizarse a partir de este año en el marco del CECYP (Grupo de Estudios en Cultura, Economía y Política) perteneciente al Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA.
En esta oportunidad, Omar Acha (UBA/CONICET) presentará un texto que constituye un fragmento del primer y más extenso ensayo de un libro aún en preparación titulado Cambiar de ideas. Cuatro tentativas sobre Oscar Terán.
Les pedimos a aquellos que quieran participar del encuentro que nos escriban confirmando asistencia a: jmontana@gmail.com, pepe_casco@yahoo.com.ar o marianozarowsky@yahoo.com.ar para que les mandemos el artículo.
Grupo de Estudios en Cultura, Economía y Política
Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA
J. E. Uriburu 950 6° - C1114AAD - CABA - ARG
cecypiigg.sociales.uba.ar cecyp@sociales.uba.ar

viernes, 26 de septiembre de 2014

BRIGADA ARGENTINA POR DILMA




Latinoamérica. La que se construyó en ésta década. La que soñaron 
San Martín y Bolívar. Latinoamérica está en peligro. Brasil puede ser 
retomado por el neoliberalismo y las nefastas alianzas que nos 
dominaron durante dos siglos. 
Son muchas las conquistas que podemos perder.

Fuerza por Dilma, fuerza por Latinoamérica, fuerza por el Sur


El sábado 27 de setiembre a las 17 hs. 


en la esquina de Brasil y Defensa,

San Telmo, Buenos Aires.

Haremos una pegatinha colectiva y habrá caipirinha.
Todos invitados. Mejor con remera roja.

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de Facebook,Twitter y otras redes sociales.
 Avisar a periodistas y corresponsales.

Invita la Brigada Argentina por Dilma