viernes, 18 de mayo de 2012

"Ni víctimas ni verdugos" desde LA MULTISECTORIAL INVISIBLE en ARTEBA, hacia el mundo.

El jueves a la noche pancho, Pomarlola Talk y Lucas R II entrevistamos a la artista conceptual, performer y feminista queer EFFY. El viernes a la mañana Lucas y Pomarola hablaron sobre la revitalización de la política y de allí surgió una alianza entre dos movimientos El movimiento hacia el erotismo y los Anarkomimosos de La Plata y se propuso una gran marcha el 26 de mayo desde La Boca hasta la fuente de la Lola Mora por el placer  y el erotismo






lunes, 14 de mayo de 2012

"Ni víctimas ni verdugos" el clásico programa de realaradio.com.ar en ARTEBA el jueves a las 19,20hs.


"Ni víctimas ni verdugos" en ARTEBA el jueves 17 de mayo en la obra-radio MULTISECTORIAL INVISIBLE, de 19,20 a 20,10hs. Pilotos a cargo, sin plan de navegación, sin carnet de timonel e iniciados en nudos marineros: Pomarola Talk, Pancho Langieri y Lucas Rubinich II.
Este jueves en ARTEBA entrevista a effymia, artista conceptual,performer y feminista queer

domingo, 6 de mayo de 2012

¿De qué oligarquía me hablás?.

Desacomodando sentidos comunes circulantes sobre consumos de elites, nuestro amigo Claudio Benzecry habla con sensibilidad agudeza y afecto de un público de sectores medios, consecuente y apasionado amante de la ópera.



La ópera no es aristocrática

Mitos y verdades del público del Colón

Una investigación revela que el perfil real de sus asistentes no responde a los estereotipos
Por Hernán Iglesias Illa  | Para LA NACION
N
UEVA YORK.- Una tarde de 2002, Claudio Benzecry subió en un ómnibus frente al Teatro
Colón y viajó más de 50 kilómetros con un grupo de fanáticos de la ópera hasta el Teatro
Argentino, de La Plata, para ver el estreno de una puesta de La Bohème . Durante el
trayecto, una mujer se le acercó y le preguntó quién era: "Acá nos conocemos todos y
nunca te había visto". Cuando el sociólogo Benzecry le explicó que estaba en aquel ómnibus porque
quería estudiar al público de la ópera en la Argentina, especialmente el público del Teatro Colón, la
mujer le respondió: "Muy inteligente de tu parte. Hiciste muy bien en venir acá".

Y después le dio una recomendación que terminaría siendo clave: "También deberías ir a la parte del
teatro donde la gente asiste de pie. Ahí aprenderás unas cuantas cosas. Los que van al gallinero son
los que realmente aman la ópera y saben todo sobre ella". Benzecry, que estaba preparando su tesis
de doctorado en sociología para la Universidad de Nueva York (NYU), aceptó el consejo de la mujer y
dedicó los años siguientes de su vida a estudiar al público del Colón en general, pero en particular al
muy peculiar e inclasificable grupo de gente que llena los tres pisos más altos del teatro. La
investigación y el esfuerzo de Benzecry se vieron recompensados el año pasado con la publicación de
un libro en inglés, editado por la editorial de la Universidad de Chicago, y su publicación, este mes, de
la versión en castellano, El fanático de la ópera: etnografía de una obsesión , editada por Siglo XXI
Editores.
A mitad de camino entre el libro académico y la crónica periodística, Benzecry, de 40 años, narra su
propio descubrimiento del submundo que habita en los techos del Colón (en la tertulia, a donde sólo
pueden ir hombres; la cazuela, sólo habitada por mujeres, y el paraíso, donde pueden ir parejas) y
descubre que la pregunta más interesante es: ¿qué quiere decir "enamorarse" de algo como la
ópera? Hijo del director de orquesta Mario Benzecry, el autor incorpora también sus recuerdos como
niño y adolescente entre las bambalinas del Colón -donde su padre dirigió varias veces a la
Filarmónica de Buenos Aires y, durante dos años, a la orquesta del ballet- para poner en duda
algunos de los preceptos de la sociología. Leyendo a Pierre Bourdieu y otros autores clásicos,
Benzecry había aprendido que el público de alta cultura quiere "distinguirse" socialmente y
moralmente de otros grupos. Pero Benzecry, recordando a las personas que se acercaban a su padre
en los años 80 y las personas que conoció en los primeros tramos de su investigación, como aquella
mujer en el ómnibus a La Plata, sintió que en el público del Colón había algo más que pretensiones
sociales. Eso es lo que quiere probar en el libro: que el público de los pisos altos del Teatro Colón -
normalmente de clase media, formado por personas solitarias y algo tristonas que saben muchísimo
de ópera- no sólo va al teatro para ganar estatus social, sino también para expresar una variante
extraña del amor: el amor por la ópera.
-¿En qué momento empezaron a chocar sus recuerdos de infancia con sus lecturas
académicas?
-Mi recuerdo de cuando era chico era que la gente que se acercaba a mi viejo o a los músicos
después de la función era gente con la ropa gastada, pitucones en los hombros y que hablaba como
los viejos hinchas de fútbol: «Yo lo vi debutar a usted con el violín en 1954». Cosas así. Después,

cuando empecé a leer a Bourdieu y otros autores sobre los gustos de las elites, vi que aparecía todo
el tiempo la asociación entre música clásica, ópera, alta cultura y capital cultural. Y sentí que había un
desajuste entre lo que la sociología dice sobre cómo funcionan esos mundos y mi experiencia y mi
recuerdo. El registro de estatus y clase social también existe, por supuesto, pero no es el único.
-O sea que hay algo más. La gente no va al Colón para aparentar.
-Exacto. Hay una relación con el estatus, pero funciona muy distinto. La versión de la sociología más
clásica es: yo cambio esto por otra cosa. Yo acepto ir al Colón y cambio eso por figuración social o
conocer gente para conseguir un trabajo o un negocio. Yo me encontré con algo que era incambiable,
porque si vos decís que vas al Colón cuatro veces por semana, es probable que lo vean como medio
raro.
-¿Cómo definiría a estas personas? En el libro dice que la mayoría es de clase media, desde
abogados hasta empleados estatales.
-Socioeconómicamente no me terminó de quedar claro. Con la que hablé, me decían que habían
nacido o tenían familia en Arrecifes, Salto, Colonia Pringles, las afueras de Bahía Blanca. Se repetían
los mismos nombres, donde probablemente paraban compañías itinerantes que hacían fragmentos de
óperas. En la Capital, aparecían muy mencionados barrios clásicos de clase media, como Flores,
Floresta y Devoto; además de Avellaneda y Lanús. Y también está la cuestión italiana, cuyos
inmigrantes tenían una fuerte tradición de afición por la ópera. Algunos te cuentan que ingresaron en
la ópera yendo al viejo teatro Marconi, que estaba en Once.
-¿Los de arriba son más fanáticos que los que tienen abono?
-No, no. Es algo que se dice, pero yo, de hecho, conocí arriba a personas que tienen abono, pero que
cuando quieren ver una ópera por segunda vez, van arriba. Porque es imposible sacar cinco abonos.
Quiero decir: a diferencia del público tradicional y de los fundadores del Teatro Colón, que eran las
viejas familias tradicionales, la gente de arriba no tiene la fantasía de ver a una Argentina potencia,
moderna, integrada al mundo y a la alta cultura. Además, en los últimos 20 o 30 años el Colón dejó de
ser un lugar importante de circulación social, en términos políticos y socioeconómicos. Los
presidentes y los jefes de gobierno ya no van a la ópera. La red de las familias tradicionales todavía
existe -Amalita donaba plata todos los años-, pero eso financiaba el 10%, como mucho, del
presupuesto del Colón.
-¿Hubo algún afecto de la crisis de 2001-2002 en el público del Colón?
-Los fanáticos de la ópera durante mucho tiempo sintieron que el Colón era una especie de isla, o de
refugio, de la decadencia del país. Ni el peronismo ni la dictadura, por ejemplo, se metieron
demasiado en el Colón. Ya no lo es más. O por lo menos no lo era cuando yo hice las entrevistas, en
2005 y 2006. Me decían que los músicos ahora «tocaban en mangas de camisa». O me marcaban la
suciedad, la decadencia del edificio, los vagabundos durmiendo en la puerta, los volantes de «cambio
cartucho de impresora» pegados en las paredes. Sentían que había una degradación de afuera hacia
adentro del Colón. Y aparecían muchos de los reclamos de la clase media de esa época: «Esto es el
Colón piquetero». O: «Esto es una oficina pública con escenario».
-En el libro dice que el público del Colón valora mucho "saber" de ópera. ¿Saben de verdad
o fanfarronean?
-En general, saben de verdad. Tienen ese ethos de la clase media de ganarse el mérito, de «hago
esto y lo hago bien porque me esfuerzo». Pero, además, algo que ocurrió específicamente en el
Colón es que el público de arriba se desarrolló casi al margen del público de abono, en buena parte
porque el Colón tiene puertas de entrada distintas para cada uno de estos grupos. La gente de los
palcos entra por Libertad y los de arriba entran por Viamonte o Tucumán, según el sector. Y nunca se
cruzan. Nunca dicen: «Vamos a toa tomar un café» y están mezclados los de los palcos con los de
cazuela y tertulia. Y eso significa que se armaron normas de reclutamiento y etiqueta propias, sin
necesidad de copiar las de la elite.
-Da la impresión de que les gusta hablar de sí mismos.
-Mucho. Cuando me veían con el bloc o se enteraban de que estaba estudiando al público, venían y
me decían: «Anotá esto», o «Acá lo importante es...». Para mí fue superdisfrutable, en parte porque el
público del Colón es gente que no tiene a quién contarle esto. Hay mucha gente sola, o que va al
Colón empujada porque no tiene otros espacios dónde compartir su pasión por la ópera y eso a su
vez refuerza el ir al Colón, que es el único lugar donde puede hablar del tema. Algo que me decían
mucho era: «Acá me entienden y me respetan».
-¿Charlan mucho entre ellos, se hacen amigos?
-Sí, pero los momentos de sociabilidad son cortos. La gente va un rato antes a sacar la entrada.

Conversan ahí y durante los intervalos, pero no durante la música, porque está supermal visto. A mí lo
que me llamó la atención es que a la salida no se habla. Hay un desagote fuertísimo de hablar en la
escalera, yendo hacia la salida, pero después cada cual se va por su lado. Yo tenía la fantasía de que
iba a tener unas cenas buenísimas, pero no había nada de eso.
-¿A ellos les gustaría que la ópera fuera más popular, o les gusta sentirse exclusivos?
-Es raro, porque, por un lado, creen que la ópera es lo máximo, y por eso debería gustarle a mucha
más gente. Pero la ópera no es una marca de clase, es una marca de espiritualidad. Les gusta que
vayan chicos de las escuelas al Colón, y al mismo tiempo, se ven a sí mismos como parte de una elite.
¿Qué pasaría si se abrieran las compuertas del Colón y el Gobierno declarara un «Opera para
todos»? No sé si les gustaría.
-¿Se sienten como una especie de refugiados culturales?
-Yo digo que hay un «efecto Asterix». Ellos hablan mucho de la decadencia cultural argentina y, en
esta narrativa, se ponen a sí mismos como la última aldea que resiste al invasor. Muchos son
antifutboleros, pero mucho más que eso critican la cultura basura, a Marcelo Tinelli. A Tinelli le pegan
con todo lo que hay. .







viernes, 20 de abril de 2012

Artículo de Effy Save sobre la performance

Effy Save, amiga, artista, no anda con medias tintas.Ni en sus obras, ni, como en este caso, en las reflexiones que produce sobre una forma de construcción de objetos artísticos. La gran lucha por la emancipación humana se fortalece con miles de pequeñas acciones que desacomodan lo dado, lo aprendido, lo que es así. De múltiples formas Effy genera ese tipo de acciones. Básicamente en su vida, en su obra artística y también en su papel como intelectual.
http://effymia.blogspot.com.ar/


La performance, hija desaparecida de las artes visuales

de Effy Save, el Viernes, 20 de abril de 2012 a la(s) 12:19 ·
Un artista se hace un tajo en la piel, sangra y contiene el grito. Otro artista simula que se hace un tajo en la piel, usa pintura y grita. Ya han pasado casi tres décadas desde que Argentina recuperó la democracia y con ello empezó un lento proceso de sanación de una herida que no cierra. Aún se ven las secuelas de una nación atravesada por una dictadura, el exilio, el silencio, la tortura, la censura de una generación de pensadores, entre los cuales estaban los artistas. Una de esas secuelas, al parecer poco importantes en un escenario tan dramático, es la identidad robada de la performance.
La actual universidad de artes visuales con mayor prestigio del país tiene diversas orientaciones: Pintura, Escultura, Grabado… todas relacionadas a las artes tradicionales excepto una que incluye las nuevas tecnologías. La mayoría de los estudiantes desconoce lo que es la performance, o da por sentado que es hija de las artes dramáticas. Tampoco hay un desarrollo claro sobre el arte conceptual. Los circuitos artísticos parecen detenidos en el tiempo, donde el descubrimiento más reciente es la fotografía y el video.
De vez en vez uno puede encontrar una instalación, y lo más cercano a la performance son las manifestaciones artísticas en las marchas. A los estudiantes de artes visuales se los seduce con el Picasso que reinterpreta la realidad con pocas líneas, y nada se habla del Picasso que pegó un fragmento de diario en un cuadro y dio ese casi invisible paso donde el arte visual deja de representar un objeto y directamente lo presenta. Duchamp es un loco lindo que se lo nombra en algunas materias teóricas, pero sólo para problematizar lo que es el arte y no para repensar nuestras propias prácticas artísticas.
No es casual que prácticamente nadie esté familiarizado con los trabajos de Marina Abramóvic, Joseph Beuys, Ana Mendieta o Vito Acconci. Mientras en otras partes del mundo el arte visual se desprendía completamente del lienzo, acá había que tener cuidado de qué hacías con el pincel. Y cuando el silencio fue finalmente interrumpido, tal vez el primer trabajo de los artistas visuales con fuerte presencia del cuerpo fue el famoso “Siluetazo” donde justamente se denunciaba la ausencia del mismo.
Ahora, las camadas emergentes de artistas jóvenes nacieron tras 1983. La performance empieza a resurgir con más fuerza, y más bajo el interés de los artistas dramáticos que buscan alejarse del personaje, o de artistas visuales que aún tímidos utilizan elementos del teatro para poner aún una distancia entre su cuerpo y el arte, una suerte de escudo a ser vistos completamente símil al lienzo. Entonces simulan hacer en vez de hacer, y no son enteros, son parciales porque también simulan sus estados en base a un sentimiento que no fue simulado.
Pocas galerías apuestan por la performance, aún el país no entiende muy bien qué es ni cómo se administra. Los artistas nacionales interesados en profundizar su producción no encuentran muchos espacios, ni colegas, ni réditos económicos para despedirse completamente de las artes tradicionales.
En todo este tiempo, la performance, que fue parida por las artes visuales, ha sido apropiada por las artes dramáticas, tal vez porque simulando es la única manera que tenemos de ser tras haber pasado por un periodo donde "ser" es algo que resulta amenazante y peligroso.
Un artista simula herir su cuerpo y grita, otro artista lo hiere honestamente y trata de no gritar. Los ojos argentinos aún desconcertados se dividen entre los que necesitan ver y los que necesitan seguir mirando para otro lado.
Algunos artistas visuales quieren recuperar a su hija perdida. Algunos artistas dramáticos se han encariñado sintiéndola propia. Al parece una custodia compartida es lo menos traumático. Mientras tanto, el arte, que tiene una función primordial para que la sociedad se repiense, plantea que hay mucho trabajo por delante con esta herida que no cierra, y que posiblemente no cierre jamás.

sábado, 14 de abril de 2012

Los intelectuales y "el efecto Don Quijote"



Los intelectuales y “el efecto Don Quijote”.

Lucas Rubinich

Cuando surge el interrogante acerca de si la voz de los intelectuales conserva prestigio y autoridad en la sociedad contemporánea es difícil no atribuirle un velo de la nostalgia a esa formulación. Ocurre que el papel sigue estando habilitado como expresión de esa tradición, pero se encuentra ante un escenario en el que sus grupos, instituciones y estilos de acción se han visto afectados por un proceso de reacomodamientos estructurales y simbólicos y han perdido posiciones en un sistema de jerarquías habilitados para hablar con autoridad de la virtud pública. Esta situación de desajuste entre lo incorporado como parte de una experiencia histórica que aparece desvalorizada, y resignificaciones de sensibilidades y formas de organización del mundo social y cultural que no se corresponden con esa experiencia, es denominada por la sociología cuando se imagina más científica clásica, histéresis, y cuando es seducida por la literatura, “efecto don quijote.”

En todo el mundo occidental ocurre algo parecido. No obstante, en argentina de los últimos años parecen haber resurgido los debates entre intelectuales. Centralmente y planteado de manera condensada, entre tres posiciones: 1)grupos que apoyan al gobierno del que saludan su salida de los noventas y su pelea con la hegemonía neoliberal; 2)otros que observan solo modificaciones superficiales de las instituciones construidas por esa hegemonía neoliberal, y 3)los que reeditan los temas del antiperonismo cultural tradicional denunciando lo que ven como el desprecio a la cultura e instituciones republicanas. Todos ellos son portadores de discursos débiles, todos ellos también, en tanto iniciativa, resultan a la vez un tanto extemporáneos, y familiares.

Es que este tipo de intervenciones forman parte de la historia occidental del último siglo y medio: referentes del mundo de la cultura y la ciencia emiten opinión, con autoridad, sobre cuestiones públicas. Claro que hay algunas diferencias sobre todo en lo que hace a la cuestión de la autoridad, al grado de reconocimiento social entre estas manifestaciones y los espacios concretos que las avalan, y las existentes en momentos anteriores La ciencia y el arte, de algún modo en el siglo XIX avanzado, parecían desplazar del podio utilizado para proclamar valores universales a la religión, y se convertían así en un espacio prestigiado no solo para hablar de sus especificidades, sino para intervenir sobre cuestiones morales: por ejemplo, Zola fundacionalmente, Lugones en argentina, y Sartre como el ultimo gran faro.

La diferencia con el presente es que hay un campo cultural dramáticamente inficionado en su autonomía, entonces sin la autoridad de esos otros momentos frente a la sociedad, y además hay nuevos espacios con significativa capacidad de imposición de visiones del mundo. Básicamente tres: a)el de los nuevos medios de comunicación que entre otras cosas resultan en una democratización de la opinión, b)el de los clásicos medios de comunicación de masas con sus periodistas de opinión e intelectuales habitués revalorizados por el deterioro de la autonomía cultural y académica, y además c)el de organizaciones fuertes que conforman un mercado de la virtud pública internacional, que algunos han denominado la nueva filantropía hegemónica. Este último es quizás el más poderoso simbólicamente y con una gran capacidad económica. Estas organizaciones que acolchonan su heteronomía de los poderes políticos y económicos a través de las grandes fundaciones internacionales ligadas a políticas de estados poderosos y de corporaciones, se mueven con rapidez en el mundo a la manera de una transnacional de servicios simbólicos. Así, entre otras muchas, Médicos sin fronteras, Greenpeace o Human Rights, por ejemplo, reclutan sus cuadros entre jóvenes profesionales con vocación por lo público, desconfiados de los estados nacionales y enemigos de la política tradicional que, con proclamada independencia de las instituciones del viejo orden como el estado nación, actúan llevando la antorcha de algunas cuestiones que remedan de un modo pragmático la vocación universalista de los espacios clásicos y parecen más compatibles, en sus legitima acciones, con las nuevas prácticas y el clima de época.

La vieja trascendencia de la alta cultura se encuentra frente a este potente mundo heterónomo, cuyo discurso es inmediatista y corrector. Es, efectivamente, una voz que apunta a corregir errores Se asienta en un presente en el que no hay una alborada soñada sino un día más o menos luminoso que ya llegó y se actúa sobre algunos nubarrones. Es que las ilusiones de trascendencia son expresiones de proyectos, o más ambiguamente, de climas colectivos encarnados socialmente. Y lo predominante en el mundo occidental del presente, producto de las políticas de la revolución neoconservadora, es la fragmentación estructural y un individualismo pragmático, que se relacionan muy débilmente con las instituciones del viejo orden incluido el ideal de república liberal burguesa.

En ese clima predominante es que las intervenciones del intelectual clásico resultan en un desfase: los conceptos usados con voluntad de trascendencia se asientan sobre experiencias históricas anteriores o sobre ilusiones de esas experiencias (nacional-populares, republicano-liberales, socialistas) y se rearman ahora confusamente para dar cuenta de un mundo que tiene características que no se terminan de aprehender.

Hay al fin, un efecto Don Quijote, pero debilitado, porque quienes llevamos adelante estas acciones estamos estructuralmente habitando una zona desde donde los molinos no dejan de verse como tales, pero a veces los imaginamos subsumidos en una niebla en la que nos esforzamos por adivinar viejos fantasmas, gigantes de algún modo añorados, que no terminan de conformarse y terminan diluyéndose.

Y si, pese a todo, continuamos con la ilusión de su presencia, avanzamos con dudas, con voluntad sobreactuada, con desconciertos, por supuesto con errores, y, lo que es peor, como consecuencia de la creencia débil, con la ausencia clara de pasión.

"Revista Ñ" 14.4.2012/ página 21

martes, 6 de marzo de 2012

BABEL ICÓNICA: muestra en El Once, a un año ¿la misma muestra?


Babel icónica Muestra en el Once

Curador: Pomarola Talk Patricio Dean

Concepto Lucas

…”¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?”

Graciela Borges

Nuestro amigo de la Todd University, Patricio Dean, colaborador de la revista Apuntes y frecuente caminador de los pasillos de sociología cuando está en el país, trabajó intensamente junto a Pomarola Talk en esta muestra cuyo concepto es de Lucas y que se realiza en el fantástico barrio del Once. Hay que decir que Lucas está- en el sentido más literal posible- inmerso en (y poseído por) la cultura del once. De resultas de esta alianza surgió esta muestra en plena calle Corrientes.

Los santos de la cultura afrobrasileña están junto a San Jorge y San Expédito. Un mediano buda dorado, en un estante arriba de una máscara china, un Gauchito Gil a un costado, libros de santos y oraciones. Collares multicolores colgados del techo, mates tornasolados rojos y azules y dorados. Velas perfumadas rojas, velas verdes, velas amarillas, doradas y azules, Sahumerios de todos los colores, plumas violetas, amarillas. Vírgen de Luján de yeso con manto dorado. Otra vírgen con escote seductor. San Roque con perro y todo. Todos de yeso y las capas de las vírgenes con rojos y dorados. Carteles fileteados ( toilette, damas, princesa, etc.), vasos rojos, posavelas. Elefantes dorados. Muñequitos bailando el tango. Cartel que anuncia Carreras de sortija. Productos Corona da Bahia. Libros del tarot egipcio. Cristos chicos, cristos más grandes. Una bandera de Italia con San Jorge en la lista blanca. Móviles azules, vioiletas, rojos, colgando del techo. ……”el problema central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial de un conjunto infinito.”…

Todos los días hábiles en Corrientes 2228, de 10 a 20hs.

viernes, 24 de febrero de 2012

Patricio Dean se anima a criticar la muestra Filtraciones de Pomarola Talk y Lucas Rubinich


Videoarte de Ophélie Dorgans, construído con elementos de las obras

http://vimeo.com/37674861

Galería de Fotos de la muestra


Filtraciones

Patricio Dean

La remisión a las filtraciones me había generado cierto prejuzgamiento sobre la muestra de Pomarola Talk y Lucas. En la tarjeta de presentación ambos sostienen que lo predominante “no es un cascote homogéneo y que aún en los momentos de mayor fortaleza en las formas de la dominación, siempre hay algunos intersticios por los que se producen filtraciones”.Mi impresión es que estas iniciativas que hablan de resistencias cuando no hay movimientos que avalen esas resistencias, tanto en el mundo del arte como en la política, se convierten en meros gestos voluntaristas, en retóricas con voluntad rebelde que terminan reproduciendo estéticas convencionales con un sesgo superficialmente diferente. Escaparse de las cárceles de un clima predominante no es un mero juego retórico. En un reportaje público que le hice hace un mes en la Tod University al sociólogo francés Loïc Wacquant, él sostiene hablando de su maestro Bourdieu, que “la sociedad moldea las disposiciones, las formas de ser, sentir y pensar característica de una clase de personas; las disposiciones guían las acciones por medio de las cuales las personas moldean la sociedad”.

Sin embargo con mis prejuicios sustentados teóricamente a cuestas, fui a la muestra uno de los días posteriores a la inauguración para poder mirar con tranquilidad. Y en verdad, me tranquilicé cuando pude observar que más que cantos extemporáneos de rebeldía, la obra conjunta intentaba decir algo sobre el peso de la cultura. Si se quiere sobre la ”tradición de todas las generaciones muertas que oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos”. Y sobre cómo se hace arte relacionándose imaginativamente con la vida en mundos que pueden resultar cosificadores. Cómo se hace para salir de la alienación y específicamente de la alienación erudita.

En el pequeño espacio del Gabinete de Arte y Política de la Galería Arcimboldo las dos paredes más largas albergaban las obras de Pomarola Talk y Lucas, cada uno en su pared. Y a un costado un plasma proyecta una obra construida sobre los trabajos de la muestra, de la artista audiovisual Ophelie Dorgans. Las obras de Lucas son tres láminas tamaño afiche con inscripciones en tipografía de vieja máquina de escribir mecánica e intervenciones en lapicera azul. En uno hay una frase sobre la mirada escolástica de JL Austin, en otro una mención de Bourdieu sobre la acumulación fetichizada de bienes culturales, y en el tercero, una serie de frases cortas que, tanto como las intervenciones en lapicera azul, también insisten sobre la cosificación de la cultura. Esos tres afiches austeros puestos simétricamente en el estilo conceptual art de galería, remitiendo al concepto de fetichización de la cultura, contrastan con la pared enfrentada en la que están las obras de Pomarola Talk. Los soportes son rollos de papel higiénico abiertos, cajitas de fósforos, hojas de diarios, sobres de cartas, tickets de laverrap, cartoncitos… Las imágenes construidas sobre ellos abundan en colores cercanos a la alegría de un mundo barrial con formas que remiten a tradiciones artísticas y a esos mismos objetos cotidianos que operan como parte de la obra. Y es verdad que ya hace más de medio siglo que nadie se asombra de ver estos materiales en una galería. Sin embargo, todavía tienen una potencia importante y en el caso de Pomarola, algunos son además muy pequeños y para decir una palabra arcaica, bellos. Una belleza extraña con colores y formas que caminan sobre convenciones, pero sin embargo dicen otra cosa, o parecen querer decir otra cosa. Una mención especial para su obra en sobre de carta clásico que en el medio soporta una muy pequeña obra-mapa donde se lee plaza constitución, rodeado de letras en lapicera azul que arman la poesía Vaivén, de Fernando No y que son cuatro versos distribuidos en cada pared del rectángulo del sobre: Tengo miedo/de caer del tiempo/ porque es el único/dios que nos queda”.

La obra de Ophelie se construye sobre los trabajos de Pomarola y Lucas y se convierte en una obra fuertemente autónoma y reflexiva. El sonido no es un Noise futurista a lo Luigi Russolo donde atronan los sonidos nuevos de la revolución industrial que debían ser celebrados. Es una obra que encuentra imágenes y sonidos tranquilos, en el sentido más literal, problematizadores, pero no por un sacudimiento que apela sin mediaciones a la emoción, sino, reflexivos. En el recorrido por los distintos materiales casi se detiene por un momento en el concepto que más remite a filtraciones de la obra filtraciones, preocupada por dar cuenta de los poderosos condicionamientos simbólicos marcados por la historia: es la palabra final del manifiesto hacia el erotismo de Pomarola, donde en escalones sucesivos aparecen como elementos con potencial revolucionario, el sexo, el arte, la política, y por fin, la ternura.