domingo, 28 de marzo de 2010

Fernanda Laguna, Villa Fiorito y el secundario de artes





Estéticas desacomodadoras para pequeñas épicas

El jueves 25 de marzo a las 11 de la mañana llegamos, luego de haber cruzado el Puente de La Noria y empezado a andar un poco por el camino Negro y la calle Ejército de los Andes, a una escuela de Villa Fiorito. Edificios de alguna de las ultimas cuatro décadas: malos materiales, agrietamientos. Sin embargo, un espacio limpio que en el día soleado, con chicos corriendo de un lado para otro, adolescentes risueños y maestros preparados para un acto, permite la construcción de una postal costumbrista ingenua. Es verdad eso que está pasando, y es verdad que ocurre en el último de los espacios estatales que luego de una catástrofe social, logra con esfuerzos singulares en cada caso conservar el respeto de los vecinos. Detrás de eso hay estadísticas de desempleo que generaron destrucción de grupos familiares y en el ámbito comunitario más amplio rupturas literales del lazo social. El deterioro del valor de la vida humana se enmarca en ese proceso general, y se refuerza por acciones ilegales de obtención de recursos en asociación con sectores de la agencia policial. Distintos sectores de la sociedad argentina se vieron afectados por esta verdadera catástrofe de crecimiento exponencial del desempleo, deterioros dramáticos de los sistemas de salud y también del sistema educativo público, pero a las zonas más subalternas de la estructura social, que hasta los setentas había generados formas de integración, las afectó de manera trágica.

Estábamos en ese lugar con esa historia asistiendo a lo que puede ser un evento con alguna particularidad, pero que en principio se manifestaba bajo la forma de rituales más o menos rutinarios. Lo extraordinario de este hecho es observar como se produce una experiencia de ruptura de barreras culturales, de poderosos obstáculos de sentido común cristalizado que operan como verdaderas murallas de concreto en las miradas y acciones extendidas a diversas zonas del mundo social. Pero, insisto, este experimento de ruptura se da de una manera que parece no interrumpir para nada la lógica del fluir cotidiano del lugar en el que se está realizando. Ocurre como si nada se estuviera alterando las actividades corrientes del barrio y la escuela Un aviso en papel y correo electrónico contaba que la Escuela secundaria N 49 y Belleza y Felicidad invitaban a la inauguración del Secundario orientado en Artes Visuales. Agregaba además que con motivo de ese evento se inaugurará una muestra de Heliografías del artista León Ferrari.

En el pasillo, luego de traspuesta la entrada, los chicos andan un poco alborotados por el acto y las visitas, y un perro del barrio se encariña con el primero que le hace un gesto. Allí se pueden ver los originales de León Ferrari que en algún momento estuvieron colgados en las paredes de prestigiosos museos del mundo. Fernanda Laguna movilizadora de la experiencia de “Belleza y felicidad”- que fue mucho más que una galería-, artista con reconocimiento en las zonas más prestigiosas y dinámicas del arte contemporáneo nacional e internacional, es quien ha promovido la creación de este secundario superior orientado en artes visuales. Ha invitado a artistas que participarán como profesores y ha convocado también a arquitectos con gran reconocimiento y sensibilidad artística y social, como Gustavo Dieguez y Lucas Gilardi, para construir un espacio en la escuela que se convierta en taller para las actividades de artes.

En el acto, el director de la escuela le da la palabra a Fernanda Laguna quien cuenta porque es buena esta experiencia, y produce toda una definición del arte que en la situación generada resulta mucho más que simples palabras. Fernanda con una estética de presentación de su persona que no altera el ambiente, le cuenta a los estudiantes de manera calma y como si no estuviera ocurriendo nada, que el arte puede estar en todos lados, en el acto de elección de la ropa cuando nos vestimos, en qué formas y colores tiene una zapatilla, en la forma que adquirió ese parlante, en las frases que repetimos con cariño porque la escuchamos en una cumbia. Y eso dicho por la artista prestigiosa que además tiene una inserción real en Fiorito, es un verdadero hecho estético político. Sobre todo, en momentos de sobreactuaciones discursivas radicalizadas, sin el complemento efectivo de movimientos sociales politizados y con una extraordinaria crisis de las izquierdas. Y aunque no pueda ser respondida acá, lo hecho por Fernanda habilita la pregunta acerca de si ¿son efectivamente productivas las acciones que juntan arte y política con la reproducción indignada y de modo sensacionalista de discursos de sentido común radicalizado? Quizás puedan serlo. Sin embargo, se me ocurre que esta manera de hacer y narrar una experiencia puntualmente transformadora, bajo formas lo menos parecida a la estética de La Pasionaria que se nos pueda ocurrir, es portadora de una potencialidad política extraordinaria. Y allí es donde Fernanda Laguna se inscribe en una gran tradición de relación entre arte y política de algún modo creada y seguramente revivificada permanentemente por Roberto Jacoby: la que quiebra obstáculos simbólicos casi impercetibles que resultan en opresiones cotidianas cualquiera sea el espacio en el que se presenten y, por supuesto, que rompe sentidos comunes estéticos como se hace en este caso. Se elige para narrar esta verdadera épica que rompe sentidos comunes sobre la circulación producción y apropiación de bienes artísticos, una forma en la que no hay banderas imponentes flameando al viento, no está la figura arriba de una mesa con el grito ronco y el brazo en alto. Es una chica que le habla a los otros con la misma forma que puede narrar cualquiera otra acción cotidiana, como si estuviera explicando como se hace mejor una ensalada de lechuga y tomate. En esa figura oximorónica para la expectativa convencional, está el poder desacomodador y entonces su potencialidad política.

LR

viernes, 26 de marzo de 2010

Ernesto Meccia contra todos los sectarismos

En el suplemento Soy, de este viernes 26 de marzo, se ha publicado este artículo de nuestro amigo Ernesto Meccia el que, con criterios universalistas, da cuenta de la situación compleja en la que activistas militantes por la causa de grupos oprimidos reproducen formas de dominación.
La canasta familiar
Una mirada crítica a ese sector del activismo que para destacar la “excelencia de las familias homoparentales” rescata argumentos reaccionarios, sectarios, precarios.
Por Ernesto Meccia
Sinceramente nunca imaginé que algún día iba a escribir este artículo. Mientras lo hago, me domina un estupor que aún no logro saber si proviene del contenido de una nota que leí esta mañana o de haber descubierto mi miopía ante algunas torsiones macabras de una parte importante de la política gay y lesbiana.
Resulta que a través de Facebook una entidad promotora de los derechos Glttbi publica una nota de la Agencia EFE con el título “Las parejas homosexuales ofrecen un ambiente ‘excelente’ para criar niños”, que es, en rigor, la comunicación de los resultados de una investigación realizada en España por la Universidad del País Vasco y la Universidad de Sevilla, asesoradas por Cambridge. Las conclusiones son contundentes: “En la comparación de la calidad del entorno familiar, han destacado la ‘excelente’ evaluación que lograron las parejas de homosexuales, las cuales mayoritariamente son de mujeres, con buena solvencia económica, grandes deseos de ser madres y que dedican mucho tiempo a su hijo, que suele ser único”.
Ultimamente son varias las entidades gays y lesbianas que, con tal de avanzar en el terreno de la igualdad jurídica, se respaldan en informes de cualquier tipo y en representantes políticos de la más diversa calaña. En fin, serán cuestiones relativas al juego de las tácticas y estrategias propio de la política. Con todo, creo que las cosas están llegando a un punto patético. Dejar entrever que la solvencia económica es condición para lograr una excelente “evaluación” como padres y madres no heterosexuales —que, si no lo dice la investigación, es lo que la nota que difundió la entidad quiere significar— y agarrarnos de eso para que se nos crea que somos capaces de serlo, representa la antítesis del respaldo ético que debe tener una lucha política, porque tiene la reminiscencia del peor racismo económico, cultural y social.
Tal vez ningún activista crea en esa barbaridad, pero piensan (peor que peor) que en estos momentos puede producir resultados y llenar la agenda de legisladores y jueces. Si esto fuera así, seguiríamos en problemas porque en el medio de la lucha, además de pragmáticos, tendríamos que ser cínicos.
La verdad es que tendría que cruzar la vereda, pero... ¿a dónde voy, si enfrente hay más progresismo de papel? Qué terrible descubrir que entre ambas veredas se yerguen dos espejos que reflejan exponencialmente esa misma figura que es todo un símbolo: la familia decente y de buena posición económica, ideal para que sea visitada por algún inspector de almas que le entregue un niño en adopción.
¿Qué hago? ¿Cómo sigo? Por el momento, por default, me quedo en esta vereda, pero no sin antes gritar que gran parte de la política gay y lesbiana está confundiendo torpemente la lucha por la igualdad jurídica con la lucha por la igualdad simbólica.
Link a la nota:http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/suplementos/soy/1-1302-2010-03-26.html

martes, 16 de febrero de 2010

La sociología en el tocador. Apuntes sobre una intervención estético-política


texto publicado en Ciencias Sociales,

Revista de la Facultad de Cs Sociales N 74 UBA


Autores: Paula Aguilar, Claudia Bacci, Laura Fernández Cordero, Joaquín Insausti, Mariela Peller, Alejandra Oberti*

A fines de Abril de este año se realizó en la Facultad de Ciencias Sociales una performance artística llamada “Baño Revolution” que consistió en la intervención sobre la clásica señalética de los baños. En esa ocasión, el conocido cartel con los íconos binarios que indican la identidad femenino-masculina, fue remplazado por una multiplicidad de coloridas siluetas que descolocaba a la “parejita” auto-excluyente que conocemos tan bien. Esta acción se proponía borrar los efectos de la binariedad impuesta, al tiempo que la visibilizaba provocativamente, transformando los baños en espacios de una universalidad que pretendía incluir todos los cuerpos y todos los géneros. El proyecto contó con el apoyo de la Dirección de la Carrera de Sociología que, en un artículo publicado en Página 12, explicó que creía fundamental fomentar estas prácticas en la Facultad porque son gestos que habilitan preguntas desnaturalizadoras sobre las instituciones y las prácticas sociales sostenidas sobre formas cristalizadas de clasificación social.2

A este artículo le siguió otro, firmado por integrantes de La Gironda –una agrupación de graduados y docentes de Sociología–, que criticó fuertemente tanto la performance como el hecho de que la misma haya tenido lugar en la Facultad. El texto califica a la intervención de “posmoderna” y “endogámica” y a los baños como un “detalle trivial de la esfera de la intimidad” que estaría en contraposición a los grandes problemas públicos que debieran ocupar a la sociología “científica”. Resulta extraña esta respuesta a una intervención estético-política realizada sobre lo que constituye el espacio institucional (en este caso, apenas unos baños). En lo que parece una defensa del honor injuriado de la institución, los autores afirman: “¡Justo en nuestra facultad, que ha sido vanguardia en reivindicar libertades y elecciones sexuales y que acompañó con aportes sociológicos las insistentes luchas y reivindicaciones de los movimientos sociales!”.3

Más allá de la efectiva receptividad de esta institución a tales reivindicaciones, nunca está de más recordar la naturalización de las relaciones sociales, incluso en estos espacios del saber que suponen un alto grado de cuestionamiento a las mismas. Desde que el movimiento feminista afirmara que “lo personal es político”, diferentes movimientos sociales han asumido como suya la idea de que en la capilaridad de las relaciones de poder, aún en los espacios más íntimos o “privados”, se juegan disputas políticas fundamentales para la vida y los cuerpos de los sujetos.

Cuando nos propusieron escribir sobre el tema “Diversidad sexual” para la revista de la Facultad, nos pareció importante recuperar este debate, no tanto por la cuestión en sí misma o por lo relevante o no de tener baños marcados genéricamente, sino porque pensamos que la impugnación a lo apropiado o conveniente, o incluso lo relevante de esa intervención abre algunas cuestiones a la reflexión y el debate que queremos recuperar aquí.

En primer lugar, esta intervención generaba preguntas sobre las articulaciones y delimitaciones de los espacios público y privado al interior de la propia institución. Cabría indagar más, por ejemplo, sobre las consecuencias políticas y sociales que pueden tener las transformaciones en los espacios comúnmente catalogados como privados (aquellos más ligados a la vida cotidiana de los sujetos), y sobre los entrecruzamientos entre los discursos que circulan en y sobre estos espacios y la constitución de subjetividades e identidades colectivas. El debate generado por la performance en los baños de la Facultad, evidencia que frente al intento de transformación de una de esas instituciones existen algunos

sectores dispuestos a negar el carácter político de toda intervención en ese espacio. Quizás se puede pensar que ese señalamiento, esa puesta en su lugar de lo que debe ser un baño es una prueba de que algo ligado al poder se está jugando allí, de que algo del orden de lo que mantiene la actual conformación de las relaciones sociales puede seguir en pie si la división dicotómica de los baños continúa sin alterarse. ¿Qué es lo que se afirma cuando se dice que los baños deben seguir como están? Esa afirmación parece sostenerse sobre la idea de que no existe ningún vínculo entre la imperante división dicotómica de la sexualidad y el orden social, cultural, político y económico de las sociedades.

Al ingresar a un baño, una es de inmediato objeto de una multiplicidad de miradas que evalúan la correspondencia de su cuerpo con los estándares asociados a las normas de su género. El baño se constituye así en un espacio donde colectivamente, las participantes auto-vigilan su aptitud de género, estableciendo los límites de quien puede y quien no puede acceder a ser nombrada hombre/mujer. Las personas que fallan el peculiar examen, deben soportar desde la violencia verbal, sexual o física, hasta la intervención de la fuerza pública. Quizás alguien piense que esto último no podría ocurrir en nuestra Facultad, y eso puede ser cierto, pero una intervención como la que se intentó allí ya ha generado más de una confusión, perplejidades y reordenamientos del uso de los espacios públicos y privados de la institución.

En este punto es que surge la segunda cuestión por la que nos pareció importante reflotar esta controversia. ¿Qué tipo de docente y de investigador se construye en la Carrera de Sociología? Que sea posible hoy, en 2009, que un colectivo de docentes y graduados de la Carrera de Sociología sostenga que intervenir sobre los baños, espacios fuertemente vinculados con las divisiones identitarias dicotómicas dominantes, “es la mejor manifestación de un proyecto de sociología reducido y pensado para los pequeños ámbitos”, da cuenta de un conocimiento limitado sobre lo que implican las relaciones de género en la conformación de los sujetos y del mundo en que vivimos. Ese desconocimiento (¿ese olvido?) es el síntoma de que aún hoy sigue siendo necesario instalar la problemática de género en la Universidad y principalmente en nuestra Facultad, si es que ésta intenta pensar sobre las sociedades y los sujetos que la (con) forman.

En el intento de apostar por la generación de conocimiento sobre las relaciones sociales de género y su entrecruzamiento con otras formas de inscripción de las relaciones sociales, como la cultura y la política, así como su articulación con otras categorías de diferenciación y clasificación social (como clase, etnia, religión, edad, sexualidad, entre otras), es que se ha constituido con mucho esfuerzo la Orientación en Estudios de Género y Derechos Humanos de la Carrera de Sociología. Creemos y esperamos que la existencia de esta orientación y la integración de sus contenidos permitan que los alumnos (futuros profesionales, docentes e investigadores) adquieran herramientas teórico-metodológicas para analizar las implicancias de las relaciones sociales de género en todos los ámbitos del orden social.

Ahora bien, si el “desafío” es salir del baño, tomémoslo en serio y repensemos todos los espacios de la facultad que restringen nuestras formas de habitar lo público. Pensemos en los espacios que aun no existen. ¿Es esto colaborar con el “declinamiento de las instituciones”? ¿En qué sentido nos impediría lograr una mejor “intervención colectiva”? Pensar las restricciones que la señalética de un baño ejerce sobre algunos cuerpos ¿no nos permitiría acaso pensar otras restricciones que Sociales (sus edificios, sus cuerpos de autoridades, sus aulas, sus formas de producir conocimiento, los alcances y límites de los conocimientos que produce) ejerce sobre quienes la habitamos y sobre quienes quedan “afuera”?

Finalmente, cabría preguntarse también sobre el futuro de la crítica al binarismo sexual imperante que implica esta performance. Cuando desde "la diversidad" se intenta superar la norma binaria del género suele pensarse en términos de suma. Así, aparece como válido lo variado y lo múltiple y con ello el discurso de la aceptación y la tolerancia sobre lo diferente a la norma. Sin embargo, el desafío sería superar la simple suma y empezar a pensar cómo articula lo diverso con las lógicas y discursos sociales construidos desde aquella matriz binaria. ¿Qué otras operaciones hay que pensar y construir? ¿Cómo dialoga lo diverso con la norma establecida? ¿Sólo por descalificación? ¿Sólo denunciando que es inadecuada? ¿Cómo entra en el discurso si no es agregándose con incomodidad? Es decir, luego de la suma ¿cómo se sigue operando en un espacio social binarizado? De hecho, uno de los aportes más importantes del feminismo (tanto en su práctica política como teórica) fueron aquellos momentos en los que la presencia activa de las mujeres en el espacio público posibilitó la transformación de la intimidad, del derecho, de la política y de las definiciones del sujeto, de lo humano, del ciudadano.

Hace ya más de 30 años que las explicaciones bio-esencialistas sobre el género y la sexualidad están siendo sido desterradas de las academias. La intervención de la señalética comentada aquí llama la atención sobre dispositivos que se encuentran tan naturalizados dentro de nuestra misma Facultad que hacen invisibles procesos de normalización excluyentes. Estos dispositivos son los mismos que, por caso, mantienen a las personas trans prostituyéndose casi desnudas en invierno a centímetros de las puertas de esta casa de estudios, mientras con sorpresa advertimos que ni una de ellas es parte de esta comunidad académica.

*Equipo docente de la asignatura Teoría Sociológica "Identidades, discursos sociales y tecnologías de género" y del Seminario de Investigación "Subjetividades, violencia y política en la cultura argentina contemporánea" de la carrera de Sociología de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires.

viernes, 5 de febrero de 2010


Domingo, 31 de enero de 2010, Suplemento Radar, Página 12

PLASTICA > LOS RETRATOS DE TOMAS ESPINA EN EL PUEBLO DE UNQUILLO

Surfeando por el Facebook de carbonilla

A fin de año, Tomás Espina volvió al pueblo cordobés en el que pasó su adolescencia y del que se fue con la ilusión de convertirse en artista. Reconocido y premiado, volvió con un propósito: retratar durante una semana a todos los habitantes que pudiera. El resultado, expuesto en el Museo Spilimbergo de Unquillo hasta fines de febrero, y que incluyó una inauguración bajo la proverbial tormenta que terminó con la sequía, es un cruce lúcido, festivo e inesperado del clásico arte del retrato con el fenómeno cultural de las redes sociales, el arte contemporáneo y las fiestas populares, de la tradición con lo nuevo.


Por Syd Krochmalny

Retrato y retratado en la inauguración

El 18 de diciembre del 2009 será recordado en Unquillo por la furibunda tormenta que interrumpió la larga sequía que azotó a Córdoba y también por la inauguración de Retratos sociales de Tomás Espina, en el Museo Spilimbergo, muestra anunciada por la propaladora del pueblo, que apareció tapado con afiches de invitación y estruendosos pasacalles.

Unquillo nació a principios del siglo XX como refugio veraniego para familias acaudaladas de la capital provincial. Pero Unquillo también goza de una cualidad mítica que atrajo a una bohemia intelectual y artística de izquierda que incluyó a artistas como Carlos Alonso y Lino Spilimbergo, cuya casa se convirtió hace algunos años en un pequeño museo con algunas litografías y fotocopias.

Espina, que nació en Buenos Aires, también vivió en México, Mozambique y Chile. Se sumó a esta tradición artística serrana cuando tenía sólo 15 años, y se quedó en Unquillo hasta los 22, cuando viajó a Buenos Aires para estudiar en la escuela de arte Prilidiano Pueyrredón. Desde entonces, ésta se convirtió en la ciudad donde vive y trabaja como artista, y donde es reconocido por sus dibujos, pinturas, instalaciones y performances marcadas por explosiones y cicatrices de pólvora así como por ciertas imágenes de fuerte carga simbólica: un acto de represión callejera, una bandada de palomas tomando vuelo, una escena extraída de Brueghel o la inserción de su cuerpo desnudo en Sin pan y sin trabajo, de Ernesto de la Cárcova. La obra de Espina explora las relaciones entre la tradición, lo social, lo poético y lo político. En los últimos años se ha destacado como uno de los artistas sobresalientes de su generación, tras obtener el premio de la Fundación Banco Ciudad, el Petrobras a las Artes Visuales 2009, y por integrar con el video Van a Volar la colección de la Fundación Costantini, en el Malba.

El pueblo en las paredes: despuEs de una semana de retratar a todo el que quisiera, las hojas fueron al museo Spilimbergo, y de ahI, a internet.

Sin embargo, poco se sabe del Espina adolescente, que Retratos sociales restituye. El artista que fue gestor y fundador de la “Paradise Murga” realizó su primer ensayo explosivo, que quedó en la memoria de los habitantes de Unquillo, con la quema del Rey Momo desde 1996 hasta el 2000. La murga que cumplirá en febrero 14 años de vida –aunque ya sin el impulso de Espina– se constituyó en un acontecimiento de relieve masivo para los alrededores de Córdoba.

Espina, en su retorno al pueblo, convocado por el Museo Spilimbergo, decidió recorrer durante una semana las calles, los bares, los parques y los restaurantes de Unquillo. En esas andanzas se encontró con antiguos amigos, conocidos y personajes emblemáticos del pueblo. Como un retratista serial munido de carbonilla y un block de hojas A4, descerrajaba retratos al paso. Retratos en el acto, podría decirse, si no tuviera una connotación casi obscena.

Por las mañanas, Espina conversaba, bebía cerveza en los bares mientras capturaba la imagen de sus convidados de la avenida principal o visitaba viejos amigos con idéntico propósito. Allí aparecían los egresados del secundario, los funcionarios, los pintores, los pequeños comerciantes y vendedores ambulantes, las madres solteras y los changarines, camareras, bancarios, ex amantes y ex intendentes.

Durante las tardes inmortalizaba a quienes se acercaban al museo y por las noches, a los comensales del Papaíto, el restaurante más oneroso del pueblo; a los timberos del bar Plaza o a los campeones de las bochas del “Tiky Tiky”. Ahí, por ejemplo, se entusiasmaron con ser modelos de artistas (con tal de seguir ingiriendo salame, queso y chancho frío) los tacheros, algunos laburantes a punto de jubilarse y otros ya rentistas, los kiosqueros y demás miembros de un tácito club de apostadores y sommeliers de damajuana.

A cierta hora, todo desembocaba en mutuas pullas y extrema admiración cuando Espina “los sacaba tal cual”, “un calco”: las risas, no exentas de emoción entre los representados, que se reconocían y reconocían, por primera vez, la posibilidad del reconocimiento en la mirada de los otros.

Instalacion de la casa taller en el museo Spilimbergo, donde espina sumo cien retratos mas a los que habia hecho durante la semana.

El acto de dibujar fue así una técnica y un instrumento de investigación y acción que tejió una red de relaciones sociales, escenarios de interacción y formas de estar juntos. Los dibujos, de pronto performativos, motorizaron relaciones que en la secuencia normal de sus vidas eran inusuales para los retratados. Con el material quizá más primitivo del dibujo, la carbonilla, y ejerciendo el género burgués por excelencia, la rapidísima mano alzada de Espina hizo fluir ese convite desde el momento de la ejecución hasta la inauguración más húmeda que pueda esperar un artista incendiario.

En medio de la inundación y los truenos, 118 modelos llegaron para ver sus rostros colgados como piezas en un museo mientras algunos rezagados temían haber llegado tarde para ser eternos. Pero el proyecto de Espina contemplaba, sin embargo, una coda con cien modelos más. Entonces, el museo se confundía con el taller. Las paredes de la segunda sala aguardaban vacías el arribo de futuras fisonomías. Allí también estaba la cama, la mesa y los materiales de trabajo utilizados por Espina, exhibición que, al tiempo de fungir de falso Spilimbergo, borroneaba el carácter museístico de la escena y le contagiaba vida común.

A la vez, una proyección de video denunciaba el juego de cajas chinas: se trataba, sin confusión posible, de un espacio de arte contemporáneo, casi un destello de bienal. Desde la pantalla, el artista relataba largamente la historia oral de Unquillo y del propio museo. También el proceso de la obra estaba incluido allí, de manera que las derivas dipsómanas de retratista y retratados, las epifanías de la semejanza y el dibujo, se encadenaban con la fiesta misma que constituía el momento de la recepción. Cada uno y cada una esperaban con ansiedad el instante en que serían estrellas absolutas del rating de Unquillo.

En la sala los dibujos estaban dispuestos aleatoriamente, de manera irregular, colgados con cinta papel a la vista. Las paredes estaban cubiertas casi en su totalidad. En estas imágenes el público se miraba mirándose mirar las situaciones en las que había sido retratado: el propio montaje de la muestra resultaba una multiplicación superpuesta de las coordenadas espacio-temporales. El público que había sido gestado se transformó en participante y en coautor de la red social. La muestra de micro-situaciones y retratos hacía de la escena una “etnografía observada” por el público que surfeaba por su Facebook de carbonilla.

El párrafo que Claudio Ongaro Haelterman le escribió a Espina en un mensaje de correo electrónico es revelador: “El ‘retrato’ es fundamentalmente un ‘volver al trazo’ de lo propio en la mirada de un otro y de allí fundamentalmente su efecto, que tan bellamente y sensiblemente se descubre en la última parte (del video), y que es el acto del ‘reconocimiento’, el re-conocimiento de sí en la imagen del otro. Esto es el fundamento ético de lo estético, el lazo entre subjetividad y comunidad”.

Es así que la mirada no estaba puesta en el retrato, ni en el retratado, sino en el entramado de miradas que generaba el diagrama y el público participante. El interés no fue el retrato como objeto sino los conceptos y los procesos que se desatan a partir de situaciones creadas por él.

Esto es lo que hace de Retratos sociales una rama del arte contemporáneo, que al menos desde los últimos veinte años se caracteriza por operar sobre la materia social, tejiendo relaciones sociales. Pero lo que lo hace singular es la utilización del retrato como su envés histórico.

Sabemos que el retrato pone en juego la totalidad de la filosofía del sujeto desde Descartes a Heidegger. Podemos pensar que la definición clásica del retrato es la representación de una persona, un sujeto absoluto despegado de toda exterioridad. Es así como el retrato es un cuadro que se organiza alrededor de una figura que es ella misma el fin de la representación, con exclusión de cualquier otra relación o escena, valor o evocación. Jean-Luc Nancy argumenta que el retrato se organiza alrededor de su mirada y que incluso en los retratos plurales siempre hay un elusión de las miradas, no se cruzan ni se buscan: los personajes no se relacionan. Por eso mismo, este proyecto, al trabajar sobre el acto de retratar y el acto de mirar el retrato, provocó un descentramiento del retrato y del retratado. El público, como si cerrara este loop filosófico, fotografiaba los retratos y enviaba las imágenes que tomaba con la cámara de sus teléfonos celulares a las casillas de e-mails de sus contactos o las posteaban en las bitácoras de redes sociales. Ingresaban por la arcaica vía de la carbonilla a lo que John Thompson definió como la society of self-disclosure, es decir una “sociedad de la revelación de sí”.

Así la inauguración fue una pieza fundamental del proyecto, un laboratorio donde se combinaban los elementos de la tradición y lo contemporáneo, del arte y la fiesta popular: empanadas y vino eran los agentes químicos detonados por el cuarteto. Los asistentes achispados reían, bailaban, se miraban y cada minuto que avanzaba se guardaba en la memoria del pueblo.

El autor de la nota, artista y sociólogo, es también el realizador del video sobre Retratos sociales que puede verse en cinco partes en YouTube.

lunes, 11 de enero de 2010

Un instrumento de acción comunitaria



por Cladio Iglesias*
publicado en el Diario Perfil
domingo 10 de enero 2010

foto de la instalación en el museo Spilimbergo, Unquillo, Córdoba

Desde mediados de diciembre, una pequeña conmoción cultural sacude las tardes tranquilas de Unquillo, da que hablar a los muchachos que se encuentran por el centro, invade sus cuentas de mail y sus perfiles de Facebook. Tomás Espina se instaló en el pueblo ubicado al norte de la ciudad de Córdoba, en el que vivió durante su adolescencia, con la consigna ambiciosa y simple de retratar a sus habitantes. En la semana del 14 al 18 del mes pasado, el artista hizo base en el Museo Spilimbergo; allí esperó a quienes iban a retratarse en dibujos a la carbonilla realizados a mano alzada, y también incursionó en la escena local de bares, fondas, canchas de bochas y distintos despachos de bebidas, acompañado por el artista e investigador Syd Krochmalny, que documentó la experiencia en un video presentado en la muestra junto a los dibujos.


retrato y retratado

Luego de ganar el premio arteBA – Petrobras 2009, realizar una exposición individual en Santiago de Chile y participar de muestras como la Bienal del Mercosur y la feria PINTA (Nueva York), Espina recibió la invitación, de parte de sus conocidos en el Museo Spilimbergo, de hacer una muestra en su “ciudad nativa de adopción”: Espina vivió en Unquillo entre los 15 y los 22 años, tras una infancia muy viajada que lo llevó por México, Mozambique y Chile antes de instalarse definitivamente en Buenos Aires a estudiar arte en 1997. La decisión de hacer un trabajo específico con la gente del lugar, en lugar de transportar obras realizadas para otros contextos, respondió no sólo a los vínculos afectivos con los unquillenses, sino también a una necesidad de tender lazos con los contextos locales, y a un sentido casi populista de la militancia artística: la idea de que la cultura contemporánea comienza a ser interesante cuando los artistas asumen la tarea de ir a buscar (y, eventualmente, crear) su propio público. Ningún medio de difusión estuvo de más, ni siquiera una publicidad en altoparlante leída por un locutor de la zona que puso a todo el pueblo sobre aviso de la muestra. Es por eso que lo que hubiera podido ser un museo vacío en una localidad de quince mil habitantes con una típica muestra de verano se transformó en un centro de confluencia y participación pública: el círculo de interesados en los retratos comenzó a ensancharse a medida que unos y otros pasaban por el bloc de dibujos de Espina: las parejas, los grupos de amigos y los parroquianos de los bares vieron que el proyecto se trataba de ellos mismos. El mismo día que abrió la muestra (el 18 de diciembre, recordado por una torrentosa lluvia que puso fin a la crítica situación de falta de agua en la zona), Espina siguió haciendo dibujos de los personajes más emblemáticos del pueblo, y en los días siguientes vio cómo la gente comenzaba a mandarse los retratos por celular.

instalación en el bar de Tiki, Unquillo, Córdoba

Como una red social, el proyecto tomó vida propia, y los retratos se convirtieron en un instrumento de acción comunitaria cuando la gente del lugar se apropió de ellos. La posibilidad de reconocerse, compararse y (virtud inevitable de los retratos) burlarse de uno mismo y los demás fue uno de los puntos fuertes del éxito local de la muestra, reforzado por el video de Krochmalny (que a su manera también retrata al pueblo, además de documentar toda experiencia). De ahí que Retratos sociales pueda ser una prueba fehaciente del modo en que las problemáticas globales del arte contemporáneo se anudan con coordenadas particulares, coyunturas sociales y tradiciones populares capaces de ampliar el círculo posible de espectadores, poniendo en práctica un método para que todo un pueblo se involucre en una obra y logrando que las imágenes que cuelgan de las paredes de un museo puedan ser, también, las que aparecen en el celular.

*Claudio Iglesias es escritor, crítico, traductor, investigador, editor y curador. Escribe sobre arte contemporáneo (PLANTA, radar, perfil, otra parte, ramona, a-desk). Tradujo y editó "Antología del decadentismo, perversión, neurastenia y anarquía en francia 1880-1900" por caja negra editora.

martes, 5 de enero de 2010

Retratos Sociales en Unquillo fotos y video





Videos hacer click aquí



imagen parcial de la sala 1 "retratos" y de la sala 2 "video"

ex casa taller de Spilimbergo actual museo

´instalación

retratos

retrato y retratado

retrato

retratos