lunes, 16 de enero de 2017

La justicia social en la era de las “políticas de identidad”: redistribución, reconocimiento y participación”


Imágen Sin título Pomarola Talk 2013

Publicado en Apuntes de Investigación Nº 2/3, mayo 1998 Buenos Aires
La justicia social en la era de las “políticas de identidad”[1]: redistribución, reconocimiento y participación”

Nancy Fraser*
Traducción: Ernesto Funes

En el mundo de hoy, los reclamos de justicia social parecen agruparse crecientemente en dos tipos. Los primeros y más familiares son los reclamos redistributivos, que buscan un reparto más justo de recursos y bienes. Los ejemplos incluyen reclamos por redistribución del Norte hacia el Sur, de los ricos hacia los pobres, o de los propietarios hacia los trabajadores. A decir verdad, el reciente resurgimiento del pensamiento de libre mercado ha puesto a la defensiva a los propulsores de la redistribución. A pesar de ello, los reclamos por una redistribución igualitaria han constituido el caso paradigmático para la mayor parte de la teoría en torno de la justicia social en los últimos 150 años.[2]

Hoy sin embargo encontramos cada vez más frecuentemente un segundo tipo de reclamo de justicia social constituido por las “políticas del reconocimiento”. En este caso, el objetivo, en su forma más plausible, es un mundo que acepte las diferencias, en el que la asimilación a las normas culturales dominantes o de la mayoría ya no sea el precio a pagar por un respeto equitativo. Los ejemplos incluyen reclamos por el reconocimiento de las distintas perspectivas de las minorías étnicas, raciales o sexuales, así como las diferencias de género. Más aún, este tipo de reclamo atrajo recientemente el interés de los filósofos políticos, algunos de quienes están tratando de desarrollar un nuevo paradigma de justicia que se centre en el reconocimiento.

Nos vemos enfrentados entonces a una nueva constelación. El discurso de la justicia social, otrora centrado en torno de la distribución, está ahora dividido cada vez más entre los reclamos por redistribución, por un lado, y los reclamos por reconocimiento, por el otro. Asimismo, los reclamos por reconocimiento tienden a predominar cada vez más. La caída del comunismo, el surgimiento de la ideología del libre mercado, el ascenso de las “políticas de identidad” tanto en sus formas fundamentalistas como progresistas, todos estos desarrollos han contribuido a desplazar – sino a extinguir – las políticas de redistribución.

En esta nueva constelación, los dos tipos de reclamos de justicias se hallan disociados unos de otros tanto intelectual como prácticamente. En el interior de algunos movimientos sociales, por ejemplo el feminismo, las tendencias que consideran que la redistribución es el remedio para eliminar la dominación masculina se han distanciado progresivamente de las tendencias que, por el contrario, consideran que la solución pasa por el reconocimiento. Lo mismo se aplica a la academia estadounidense, en la que los teorizadores del feminismo social y los del feminismo cultural mantienen una coexistencia incómoda y distanciada. El caso feminista ejemplifica una tendencia más general en los Estados Unidos (y en otras partes también) a separar las políticas de la diferencia (en el ámbito de lo cultural) de las políticas de la igualdad (en el ámbito de lo social).

Más aún, en algunos casos la disociación ha devenido polarización. Algunos defensores de la redistribución rechazan en forma categórica las políticas de reconocimiento; conciben los reclamos por el reconocimiento de la diferencia como “falsa conciencia”, como un obstáculo en la persecución de la justicia social.[3] Por el contrario, algunos defensores del reconocimiento celebran el eclipse relativo de las políticas de redistribución; entienden las políticas distributivas como parte de un materialismo fuera de moda que no puede articular ni cambiar las experiencias de injusticia más importantes.[4] En estos casos, en efecto, se nos presenta una cuestión que se construye como una alternativa excluyente: ¿redistribución o reconocimiento? ¿Políticas de clase o políticas de identidad? ¿Multiculturalismo o igualdad social?

Estas son, a mi juicio, antítesis falsas. Mi tesis general es que la justicia en la actualidad requiere tanto de la redistribución como del reconocimiento, y ninguno de ellos es suficiente por sí solo. Tan pronto como uno acepta esta tesis, sin embargo, la pregunta sobre cómo combinarlos se vuelve primordial. Mi argumento es el siguiente: los aspectos emancipatorios de estas dos problemáticas deberían ser integrados en un único marco comprensivo. En teoría, la tarea consiste en desarrrollar una concepción “bivalente” de la justicia que pueda contener tanto reclamos de igualdad social como de reconocimiento de la diferencia que resulten defendibles. En la práctica, la tarea consiste en diseñar una orientación política programática que integre lo mejor de las políticas de redistribución con lo mejor de las políticas de reconocimiento.

Desarrollaré mi argumento en tres etapas. Primero, me propongo bosquejar los puntos centrales de contraste entre los dos paradigmas políticos, tal como son comprendidos actualmente. En segundo lugar, problematizaré la actual disociación del uno respecto del otro, introduciendo un caso de injusticia que no puede ser solucionado por ninguno de ellos por separado, sino que requiere de su integración. Finalmente, consideraré algunas cuestiones filosófico-normativas que aparecen cuando consideramos la integración de la redistribución y el reconocimiento en un mismo marco comprensivo.


¿Redistribución o reconocimiento?

Anatomía de una antítesis falsa


Comienzo por una cuestión terminológica: el paradigma de la redistribución, a mi entender, contiene no sólo orientaciones centradas en la clase tales como el liberalismo del New Deal, la social democracia y el socialismo, sino también aquellas formas del feminismo y del antirracismo que consideran que la transformación o a la reforma socioeconómica constituyen el remedio para la injusticia de género y racial-étnica. Por lo tanto, adopta un alcance más amplio que las políticas de clase en su sentido convencional. El paradigma del reconocimiento, por el contrario, comprende no sólo movimientos orientados a revalorizar las identidades injustamente devaluadas – por ejemplo, el feminismo cultural, en nacionalismo cultural negro y las políticas gay de identidad – sino también las tendencias deconstructivas como las queer politics[5], las políticas de “raza” de contenido crítico y el feminismo deconstructivo, que rechazan el “esencialismo” de las políticas de identidad tradicionales. sí, esta visión es más amplia que las políticas de identidad en su sentido convencional.

En general, entonces, rechazo la presunción familiar acerca de que el paradigma de la redistribución centra su atención en injusticias que caracteriza como socioeconómicas y que presume están enraizadas en la estructura económica de la sociedad. Los ejemplos incluyen la explotación, las privaciones y la marginación económica. El paradigma del reconocimiento, por el contrario, entiende las injusticias en términos culturales, lo que presupone su enraizamiento en patrones culturales de valor institucionalizados en el orden estamental. Los ejemplos incluyen la dominación cultural, el no-reconocimiento y la falta de respeto.

Segundo, los dos enfoques proponen diferentes tipos de remedios para la injusticia. En el paradigma de la redistribución, el remedio para la injusticia es algún tipo de reestructuración económica. Esta podría comprender la redistribución del ingreso, la reorganización de la división del trabajo o la transformación de otras estructuras económicas básicas. A pesar de que estos remedios difieren sustancialmente unos de otros, me referiré a ellos por el término genérico de “redistribución”. En el paradigma del reconocimiento, por el contrario, el remedio para la injusticia lo constituye alguna forma de cambio cultural o simbólico. Este podría involucrar una revalorización ascendente de las identidades menospreciadas, una valorización positiva de la diversidad cultural o una deconstrucción de las jerarquías de valor de modo tal de modificar las identidades de todos. A pesar de que esto remedios también difieren sustancialmente unos de otros, me referiré al conjunto de ellos con el término genérico de “reconocimiento”.

Tercero, los dos paradigmas presuponen diferentes concepciones de las colectividades que sufren injusticias. En el paradigma de la redistribución, los sujetos colectivos de la injusticia son clases o colectividades cuasi clasísticas, definidas económicamente por una relación distintiva con la estructura económica de la sociedad. El ejemplo clásico en el paradigma marxista es la clase trabajadora explotada.[6] No obstante, esta concepción también puede abarcar otros casos, por ejemplo, grupos radicalizados que pueden definirse económicamente, digamos, como una “infraclase”[7], excluidos en gran medida del trabajo asalariado continuo y considerados superfluos e indignos de ser explotados. Cuando la noción de economía se amplía de tal manera que comprende el trabajo no asalariado, entonces incluso los grupos categorizados como de género quedan comprendidos dentro de él. Finalmente, también están incluidos los agrupamientos de definición compleja que aparecen cuando teorizamos la economía política en términos de la intersección de clase, “raza” y género.

En el paradigma del reconocimiento, por el contrario, las víctimas de las injusticias son más del tipo de los grupos de estatus weberianos que de las clases en el sentido marxista. Estas víctimas no se definen en términos de las relaciones de producción, sino, sobre todo, de las relaciones de reconocimiento; se distinguen por el prestigio, el honor y la estima menor de los que gozan en relación con otros grupos que conforman la sociedad. El clásico ejemplo en el paradigma weberiano es el grupo étnico de baja condición,  cuyos miembros son señalados como diferentes y menos dignos por los patrones culturales de interpreatción y valoración dominantes. No obstante, esta concepción también abarca otros casos. Hoy en día las políticas de reconocimiento se han extendido a gays y lesbianas, cuya sexualidad se interpreta como desviada y desvalorizada en la cultura dominante; a los grupos racializados, señalados como diferentes y de menor jerarquía; y a la smujeres, quienes son trivializadas, objetivizadas sexualmente y menospreciadas en miles de formas. Finalmente, este concepto ha sido extendido hasta abarcar la complejidad de asociaciones que resultan de teorizar las relaciones de reconocimiento en términos de “raza”, genero y sexualidad simultáneamente, como codigos culturales que se intersecan.

Se sigue de este razonamiento – y este es el cuarto punto – que los dos enfoques presuponen distintas formas de entender las diferencias grupales. El paradigma de la redistribución trata tales diferneicas como diferenciales injustos que deben ser abolidos. El paradigma de reconocimiento, en cambio, trata a las difernecias ya sea como variaciones culturales que deberían celbrarse o como oposiciones jerárquics construidas discursivamente que deberían deconstruirse.

Crecientemente, y tal como señalé desde el comienzo, los paradigmas de la redistribución y del reconocimiento se consideran como alternativas mutuamente excluyentes. lgunos defensores del primero rechazan las “políticas de identidad” por consdierarlas una distracción contraproducente respecto de los problemas económicos reales, argumentando, en efecto, que “es la economía, estúpido”.[8] Alternativamente, algunos defensores de las políticas de reconocimiento rechazan las políticas de redistribución ciegas a la diferencia por asimilacionistas, argumentando en efecto que “es la cultura, estúpido”.[9]

Sin embargo, esta es una antítesis falsa.

Clases explotadas, sexualidades menoscabadas y colectividades bivalentes:
 una crítica de la justicia trunca

Imaginemos un espectro conceptual de diferentes tipos de colectividades sociales. En un extremo se encuentran las formas de colectividad que se ajustan al paradigma de la redistribución. En el otro extremo están los tipos de colectividad que se ajustan al paradigma del reconocimiento. En el medio están los casos que revisten cierta dificultad porque se ajustan a los dos paradigmas simultáneamente.[10]

Consideremos primero el extremo redistribucionista del espectro. En éste encontramos una forma típico-ideal de colectividad cuya existencia está enteramente enraizada en la economía política de la sociedad y no en su orden estamental. Así, todo tipo de injusticia estructural que sufran sus miembros podrá rastrearse, en última instancia, hasta la economía política. La raíz de la injusticia, así como su núcleo, será la mala distribución socioeconómica, mientras que toda injusticia cultural concomitante se derivará, en última instancia, de dicha raíz económica. En el fondo, por lo tanto, el remedio requerido para corregir la injusticia habrá de ser la redistribución político-económica, en lugar del reconocimiento cultural.

Un ejemplo que parece aproximarse a este modelo típico-ideal es el proletariado explotado, tal como lo entiende el marxismo ortodoxo y economicista. En esta concepción la diferenciación de clase es un artefacto de una política económica injusta, y la injusticia es en el fondo una cuestión de distribución. Los hombros del proletariado deben soportar una proción indebida de las cargas sociales mientras que se les niega una porción justa de los beneficios del sistema. En verdad, sus miembros también sufren injusticias culturales muy serias, los “invisibles (y no tan invisibles) agravios de clase”.[11] Pero lejos de estar directamente enraizadas en un orden estamental autónomamente injusto, dichas injusticias derivan de la economía política en la medida en que proliferan las ideologías de la inferioridad de clase para justificar la explotación. El remedio, en consecuencia, es la redistribución, no el reconocimeinto. Lo último que el proletariado necesita es el reconocimiento de su diferencia. Por el contrario, la única forma de remediar la injusticia es reestructurar la política económica de modo tal que ésta elimine al proletariado como grupo distintivo.[12]

Ahora consideremos el otro extremo del espectro conceptual. En éste planteemos una forma típico-ideal de colectividad que se ajuste al paradigma del reconocimiento. Una colectividad de este tipo está enraizada enteramente en el orden estamental, como opuesto a la estructura económica de la sociedad. Así, todas las injusticias estructurales que sufran sus miembros podrán ser rastreadas, en última instancia, hasta el ámbito de los patrones culturales de valor reinantes. La raíz de la injusticia, así como su núcleo, será el des-conocimiento cultural, al tiempo que todas las pretendidas injusticias económicas habrán de derivarse, en última instancia, de tal ráiz. El remedio requerido para reparar la injusticias será el reconocimiento cultural, y no la redistribución político-económica.

Un ejemplo que parece aproximarse a este tipo ideal es la sexualidad menoscabada, entendida en términos del concepto weberiano de estatus. Desde esta perspectiva, la diferenciación sexual está enraizada en patrones de valor cultural institucionalizados. Por otra parte, la injusticia del heterosxismo es en el fondo una cuestión de reconocimiento: las normas que privilegian la heterosexualidad están institucionalizadas en la ley, la medicina, las políticas sociales y los patrnes informales de la interacción social. De resultas de ello, los gays y las lesbianas sufren agravios específicos a su condición sexual, incluyendo la denigración y la agresión, la exclusión de los derechos y los privilegios del matrimonio y la paternidad/maternidad, las restricciones en sus derechos de expresión y asociación, la ausencia de autonmía sxual, la degradación estereotípica de su imagen en los medios, el acoso sexual y el desprecio en la vida cotidiana, así como la negación de todos sus derechos legales y de sus protecciones equitativas.

Estos agravios son injusticias de reconocimiento. En verdad, los gays y las lesbians también sufren graves injusticias económicas: pueden ser sumariamente separados del trabajo y se les niegan los beneficios del bienestar social fundados en la familia. No obstante, lejos de estar directamente enraizados en la estructura económica, por el contrario, estos perjuicios derivan de la institucionalización de un patrón injusto de interpretación y valoración cultural. El remedio para la injusticia, por consiguiente, es el reconocimiento, no la redistribución. Para superar la homofobia y el heterosexismo es necesario modificar los patrones culturales de valor institucionalizdos que privilegian la heterosexualidad y niegan el respeto equitativo a los gays y las lesbianas.

De este modo, los problemas han sido planteados correctamente en ls dos extremos de nuestro espectro conceptual. Cuando tratamos con colectividades que se aproximan al tipo ideal de la clase trabajadora explotada, nos enfrentamos con injusticias distributivas que requieren remedios distributivos. Lo que se requiere es distribución. Cuando tratmos con coelctividades que se aproximan al tipo idal de la sexualidad menoscabada, por el contrario, nos enfrentamos a injusticias de des-reconocimiento que requieren remedios de reconocimiento. Lo que se necesita en estos casos es reconocimiento.

Las cosas se vuelven más oscuras, sin embargo, una vez que nos apartamos de los extremos, cuando planteamos un tipo de colectividad que se localiza en el medio del espectro conceptual. Nos enfrentamos aquí con una forma híbrida, que combina rasgos de la clase explotada con rasgos de la sexualidad menoscabada. Llamaré a tal colectividad una colectividad “bivalente”. Lo que la diferencia como colectividad son tanto la estructura económica como el orden estamental de la sociedad. Cuando sea subordinada u oprimida, por ende, sufrirá injusticias que podrán rastrearse hasta la política económica y la cultura simultáneamente. Las colectividades bivalentes, en suma, pueden sufrir tanto de mala distribución socioeconómica como de des-reconocimiento sociocultural, de manera tal que ninguna de estas injusticias es un efecto indirecto de la otra, sino que ambas son primarias y co-originarias. En estos casos, ni las políticas de redistribución ni las de reconocimiento por sí solas habrán de bastar. Las colectividades bivalentes requieren de ambas a la vez.

Yo sostengo que el género es una colectividad bivalente: ni simplemente una clase, ni simplemente un grupo estamental, sino más bien un híbrido o una categoría que contiene rasgos de ambos tipos. enraizado simultáneamente en la estructura económica y en el orden estamental de la sociedad, el sexismo implica tanto una mala distribución como un des-reconocimiento. En la economía oficial, el género organiza la división estructural en “trabajos masculinos” y “trabajos femeninos”, al tiempo que también organiza la división aún más profunda entre trabajo pago e impago. Como resultado de ello, la estructura económica genera formas género-específicas de mala distribución que sólo pueden ser remediadas con una política de redistribución. Mientras tanto, en el orden estamental, el atrincheramiento de normas androcéntricas privilegia rasgos asociados con la masculinidad, en tanto que desacredita todo aquello codificado como “femenino”, paradigmáticamente – pero no sólo – mujeres. Como resultado de esto, no sólo las mujeres, sino todos los grupos de baja condición estamental, corren el riesgo de ser feminizados y, de este modo, degradados.

Al estar profundamente institucionalizados, estos patrones de valor androcéntricos generan agravios de estatus genérico-específicos, incluyendo la agresión sexual, la violencia doméstica, el estereotipo mediático, el acoso sexual y la denegación de plenos derechos legales y protecciones equitativas; daños que sólo pueden ser remediados por el reconocimiento. Más aún, ninguna de estas dos dimensiones del sexismo es enteramente un efecto indirecto de la otra. Ninguna puede ser corregida indirectamente por medio de remedios orientados exclusivamente a resolver la otra.

El carácter bivalente del género arrasa con la idea de una alternativa excluyente entre el paradigma de la redistribución y el paradigma del reconocimiento. Aquí tenemos un eje en la injusticia que es un compuesto tanto del estatus como de la clase; que abarca tanto injusticias de mala distribución como de des-reconocimiento, cuyo rasgo distintivo es un compuesto de diferenciales económicos y de distinciones construidas culturalmente. Para remeidar la injusticia de género, por lo tanto, es necesario un enfoque que contemple tanto la redistribución como el reconocimiento.

Asimismo, el género no es inusual en este aspecto. La “raza” también es una modalidad bivalente de colectividad, un compuesto de estatus y clase. Enraizadas simultáneamente en la estructura económica y en el orden estamental de la sociedad, las injusticias del racismo incluyen tanto la mala distribución como el des-reconocimiento. En lo económico, la “raza” organiza divisiones estructurales entre trabajos pagos serviles y no serviles, por un lado, y entre fuerza de trabajo explotable y “superflua”, por el otro. De resultas de lo cual la structura económica genera formas racialmente specífivas de mala distribución que sólo pueden ser remediadas con un apolítica de redistribución. Al mismo tiempo, en el orden estamental el atrincheramiento de normas racistas y eurocéntricas privilegia rasgos asociados con la “condición blanca”, mientras que estigmatiza todo aquello codificado como “negro”, “moreno” y “amarillo”, paradigmáticamente – pero no sólo – gente de color. Cuando están profundamente institucionalizadas, las normas racistas y eurocéntricas generan agravios de estatus racial-específicos, tales como la violencia policial, el estereotipo mediático y el hostigamiento en la vida cotidiana, que sólo pueden ser remediados por una política de reconocimiento. Superar las injusticias del racismo, en suma, requiere tanto de la redistribución como del reconocimiento. Ninguno de ellos resultará suficiente por sí solo.

Probablemente, , a pesar de mi anterior exposición, la clase puede comprenderse mejor si se la considera como bivalente. El tipo ideal economicista que invoqué con fines heurísticos vela la complejidad de las clases en el mundo real. A decir verdad, la causa última de la injusticia social es la estructura económica de la sociedad capitalista.[13] Sin embargo, los perjuicios resultantes incluyen tanto el des-reconocimiento como la mala distribución, y los daños culturales que se originan como resultado de la estructura económica pueden haber cobrado vida propia. Más aún, si no se le presta atención, el des-reconocimiento de clase puede obstaculizar la capacidad de movilización contra la mala distribución. Hoy en día, la consturcción de un apoyo amplio para la transformación económica puede requerir primero el cuestionamiento a las actitudes culturales que menoscaban a la gente pocbre y a los trabajadores, por ejemplo, las ideologías de la “cultura de la pobreza” que sugieren que los pobres se merecen lo que les toca. Así, una política de reconocimiento de clase podría llegar a ser necesaria, tanto en sí misma como apra poner en marcha una política de redistribución.[14]

¿Y qué, entonces, de la sexualidad? ¿Es también una categoría bivalente? Aquí también el tipo ideal que esbocé anteriormente con fines heurísticos es inadecuado para las complejidades del mundo real. En verdad, la causa última de la injusticia heterosexista es el orden estamental, no la estructura económica de la sociedad capitalista.[15] No obstante, los agravios que resultan de ella incluyen tanto la mala distribución como el des-reconocimiento, y los perjuicios económicos que se originan como resultado del orden estamental tienen un innegable peso propio. Más aún, si se los deja hacer,  pueden obstaculizar la capacidad de movilizarse en contra del des-reconocimiento, desde  que cualquiera que defienda abiertamente los derechos homosexuales puede ser tildado  de gay y discriminado impunemente. En la atmósfera actual, puede ser más fácil desafiar las inequidades distributivas con las que se enfrentan los gays y las lesbianas que confrontar las ansiedades estamentales profundamente instaladas  que alimentan la homofobia.[16] Así, una política de redistribución sexual puede ser necesaria tanto por sí misma  como para poner en marcha una política de reconocimiento sexual.

            En términos prácticos, entonces, virtualmente todos los ejes de la injusticia en el mundo real son bivalentes. Virtualmente todos ellos perpetran tanto mala distribución como des-reconocimiento, de tal forma que cada una de estas injusticias tiene algún peso propio, al margen de cuáles fueran sus raíces últimas. En verdad, no todos los ejes de la opresión son bivalentes del mismo modo, ni en el mismo grado. Algunos, como la clase, se inclinan más fuertemente hacia el extremo distributivo del espectro; otros, como la sexualidad, se inclinan más hacia el extremo del reconocimiento; mientras que otros, tales como el género y la “raza”, se agrupan en torno al centro. A pesar de ello, virtualmente en todos los casos los perjuicios de los que estamos hablando comprenden tanto mala distribución como des-reconocimiento, en forma que ninguna de estas injusticias puede ser  reparada enteramente de manera indirecta, sino que  cada una de ellas requiere algún grado de atención práctica. Desde un punto de vista pragmático, entonces, superar la injusticia requiere virtualmente en todos los casos de la redistribución y del reconocimiento. 

            La necesidad de un enfoque a dos puntas de este tipo se vuelve más imperioso aún tan pronto como dejamos de considerar los ejes de la injusticia por separado y comenzamos, por el contrario, a considerarlos juntos, como mutuamente entrecruzados. Por ejemplo, cualquier persona que sea al mismo tiempo gay y miembro de la clase trabajadora va a necesitar tanto de la redistribución como del reconocimiento, independientemente de cómo entendamos cada una de estas categorías tomadas separadamente. Vistas las cosas de este modo, virtualmente todo individuo que sufre injusticias necesita integrar estos dos tipos de reclamos. Más aún, así le ocurrirá a cualquier persona que se preocupe por la justicia social, independientemente de su propia localización social. En general, entonces, uno debería rechazar completamente la construcción del reconocimiento y la redistribución como paradigmas mutuamente excluyentes. El objetivo debería ser, más bien, desarrollar un único paradigma comprensivo que pueda contener los reclamos legítimos de ambos.

                           
                                     
                                     3- Cuestiones filosófico normativas:
                                   para una teoría bivalente de la justicia


            ¿Cómo podemos, entonces, desarrollar un único paradigma comprensivo de la justicia social? En lo que queda de este trabajo voy a considerar tres cuestiones filosóficas que surgen una vez que consideramos la integración de la redistribución y del reconocimiento en un único paradigma conceptual. Primero, ¿es el reconocimiento realmente una cuestión de justicia o es una cuestión de auto-realización? Segundo, ¿constituyen la justicia distributiva y el reconocimiento dos paradigmas normativos distintos, sui generis, o puede uno de ellos ser subsumido en el otro? Tercero, ¿exige la justicia el reconocimiento de lo que distingue a los individuos o grupos, o es suficiente el reconocimiento  de nuestra común humanidad?

             
                                            ¿Justicia o auto-realización?


            Acerca de la primera cuestión, dos grandes teóricos, Charles Taylor y Axel Honneth, entienden el reconocimiento como una cuestión de auto-realización. A diferencia de ellos, sin embargo, yo propongo tratarlo como una cuestión de justicia. Así, uno no debería responder la pregunta “qué tiene de malo el des-reconocimiento” haciendo referencia a una teoría densa del bien, como lo hace Taylor;[17] ni seguir a Honneth y apelar a una “concepción formal de la vida ética” apoyada en una consideración de las “condiciones intersubjetivas” para una “relación práctica no distorsionada consigo mismo”.[18]  Uno debería decir, más bien, que es injusto que a algunos individuos y grupos  se les niegue el estatus de plenos participantes en la interacción social, simplemente como consecuencia de patrones institucionalizados de valor cultural en cuya construcción ellos no han participado igualitariamente y que desprecian sus características distintivas o las características distintivas que les asignan.

            Esta explicación ofrece varias ventajas. Primero, permite justificar los reclamos de reconocimiento como moralmente vinculantes bajo las condiciones modernas de un pluralismo de valores.[19] Bajo estas condiciones, no hay una única concepción de la auto-realización o del bien que sea compartida universalmente, ni ninguna que pueda ser  establecida como la autorizada. De este modo, todo intento de justificar reclamos de reconocimiento que apele a una consideración de la auto-realización o del bien, tiene necesariamente que ser sectario. Ningún enfoque de este tipo puede establecer tales reclamos como normativamente  vinculantes para  aquellos que no comparten dicha concepción teórica del valor ético. Ninguno justifica los reclamos de reconocimiento en términos que puedan ser aceptados por todos aquellos a quienes esos reclamos pretenden comprometer.  

            A diferencia de tales abordajes, el desarrollo propuesto aquí es deontológico y no sectario. Abrazando el espíritu de la “libertad subjetiva”que es el sello distintivo de la modernidad, este enfoque acepta que son los individuos y grupos los que tienen que definir por sí mismos lo que ellos consideran que es una vida buena y proyectar por sí mismos el camino para alcanzarla dentro de los límites que aseguren tal libertad para los otros. Así, la interpretación propuesta apela a una concepción de la  auto-realización o del bien pero, sobre todo, a una concepción de la justicia que pueda ser aceptada por personas con concepciones divergentes del bien. Desde este punto de vista, lo que convierte al des-reconocimiento en moralmente erróneo o equivocado es que les niega a algunos individuos y grupos la posibilidad de participar a la par de los otros en la interacción social. La norma de la paridad participativa invocada aquí es no-sectaria en el sentido requerido. Puede justificar que los reclamos de reconocimiento sean normativamente vinculantes para todos aquellos que acuerden mantener términos justos de interacción bajo las condiciones del pluralismo de valores.

            Tratar el reconocimiento como una cuestión de justicia tiene, a su vez, una segunda ventaja: que concibe el des-reconocimiento como un agravio de estatus, cuyo ámbito son las relaciones sociales, no la psicología individual. Desde este punto de vista, ser des-reconocido no es simplemente que se piense mal de uno, que se le mire con desdén o que se lo desvalorice en las actitudes conscientes o en las creencias de los demás. Es más bien que se le niegue a alguien el estatus de pleno participante en la interacción social y se le impida la participación como un par en la vida social como consecuencia de patrones institucionalizados de valor cultural que lo constituyen, comparativamente, como indigno de respeto o estima. Cuando tales patrones de falta de respeto y de desestimación están institucionalizados, obstaculizan la paridad de participación, del mismo modo en que, seguramente, lo hacen las inequidades distributivas.

            Al evitar la psicologización, por ende, el enfoque de la justicia elude las dificultades de las que están plagados los abordajes rivales. Cuando el des-reconocimiento se identifica con distorsiones internas en la estructura de la auto-conciencia del oprimido, se está a sólo un paso de acusar a la víctima, desde que se añade el insulto al agravio[20]. Por el contrario, cuando el des-reconocimiento es equiparado con el prejuicio instalado en la mente de los opresores, superarlo parece requerir la vigilancia de las creencias, un enfoque autoritario. Desde el punto de vista de la justicia, en cambio, el des-reconocimiento es una cuestión que se relaciona con los  impedimentos manifiestos externamente y verificables públicamente para que algunas personas puedan ser consideradas miembros plenos de la sociedad. Tales ordenamientos son moralmente indefendibles, distorsionen o no la subjetividad de los oprimidos. De acuerdo con este razonamiento, para superar el des-reconocimiento es necesario cambiar las instituciones y las prácticas sociales. Más específicamente, requiere cambiar las interpretaciones institucionalizadas y las normas que crean clases de personas desvalorizadas, a quienes se impide alcanzar la paridad participativa.

            Finalmente, considerar el reconocimiento desde el punto de vista de la justicia evita la visión de que cada quien tiene igual derecho a la estima social. Esta visión, por supuesto,  es insostenible, puesto que le quita todo sentido a la noción de estima, aunque parece ser la visión que se deriva de por lo menos una explicación del reconocimiento en términos de auto-realización, que ha sido muy influyente. En el enfoque de Honneth, la estima social se encuentra entre “las condiciones intersubjetivas para la formación de una identidad no distorsionada”, que la moral, se supone, debe proteger. Se sigue de esto que toda persona es moralmente merecedora de estima social.  La definición del reconocimiento propuesta aquí, por el contrario, no implica tal reductio ad absurdum. Lo que conlleva es que cada quien tiene igual derecho a perseguir el logro de la estima social bajo condiciones justas de igualdad de oportunidades. Tales condiciones no rigen cuando, por ejemplo, los patrones institucionalizados de interpretación degradan de manera generalizada la femineidad, la “no blancura”, la homosexualidad, y a todos aquellos culturalmente asociados con ellos. Cuando este es el caso, las mujeres y/o las personas de color y/o los gays y lesbianas enfrentan obstáculos en su procura de estima que otros no encuentran. De la misma manera, todo el mundo, incluso los hombres blancos heterosexuales, encuentran mayores obstáculos si optan por emprender proyectos y cultivar relaciones que están codificadas culturalmente como femeninos, homosexuales o “no blancos”.

            Por todas estas razones, es mejor entender el reconocimiento como una cuestión de justicia que como una cuestión de auto-realización. Pero, ¿qué puede concluirse de esto para avanzar hacia una teoría de la justicia?

                                      
                                  La justicia como paridad participativa:
                                          una concepción bivalente


            ¿Podemos concluir, pasando a la segunda cuestión, que la distribución y el reconocimiento constituyen dos concepciones distintas, sui generis, de la justicia, o puede reducirse cada una a la otra? La cuestión de la reducción debe ser considerada desde dos aspectos diferentes. Por un lado, si las teorías estándar de la justicia distributiva pueden subsumir adecuadamente problemas de reconocimiento. Desde mi punto de vista, la respuesta es no. En verdad, muchas teorías distributivas aprecian la importancia del estatus por encima del bienestar material y buscan acomodarlo en sus explicaciones.[21] No obstante, los resultados no son enteramente satisfactorios. Muchos de estos teóricos asumen una explicación reduccionista y económico-legalista del estatus, suponiendo  que una justa distribución de recursos y derechos es suficiente para eliminar el des-reconocimiento. Sin embargo, de hecho, no todo des-reconocimiento es producto de la mala distribución, ni tampoco de la mala distribución más la discriminación legal. Como caso testigo, tenemos al banquero afroamericano de Wall Steet que no puede conseguir un taxi que lo lleve. Para tratar con tales casos, una teoría de la justicia debe ir más allá de la distribución de derechos y bienes para examinar los patrones de valor cultural. Ella debe considerar si los patrones culturales institucionalizados de interpretación y de valoración impiden la paridad de participación en la vida social.[22]

            ¿Qué ocurre, entonces, con el otro lado de la cuestión? ¿Pueden las teorías del reconocimiento existentes subsumir adecuadamente los problemas de distribución? Aquí también sostengo que la respuesta es no. Si bien es cierto que  algunos teóricos del reconocimiento valoran la importancia de la igualdad económica y buscan darle lugar en sus explicaciones, una vez más, tampoco aquí los resultados son enteramente satisfactorios. Axel Honneth, por ejemplo, reivindica una visión culturalista y reduccionista de la distribución. Suponiendo que las desigualdades económicas están enraizadas en un orden cultural que privilegia algunos tipos de trabajos por sobre otros, presupone que cambiar el orden cultural es suficiente para eliminar la mala distribución.[23] Sin embargo, de hecho, no toda mala distribución es consecuencia del des-reconocimiento. Como caso testigo de ello tenemos el del trabajador industrial de piel blanca  que se convierte en un desocupado debido a un cierre de fábrica que resulta de una fusión especulativa de dos corporaciones. En ese caso la injusticia de la mala distribución tiene poco que ver con el des-reconocimiento; es más bien una consecuencia de imperativos intrínsecos a un orden de relaciones económicas especializadas cuya razón de ser es la acumulación de ganancias. Para manejar estos casos, una teoría de la justicia debe ir más allá de los patrones culturales de valor para examinar la estructura del capitalismo. Debe considerar si los mecanismos económicos que están relativamente desacoplados de los patrones de valor cultural y que operan de un modo relativamente impersonal pueden impedir la paridad de participación en la vida social. 

            En general, entonces, ni los teóricos de la distribución ni los del reconocimiento han tenido demasiado éxito en subsumir adecuadamente los intereses del otro. Por otra parte, en ausencia de una reducción operativa, las subsunciones puramente verbales son de poco uso. Es poco lo que se gana al insistir, desde una perspectiva semántica, en que, por ejemplo, el reconocimiento también es un bien a ser distribuido; ni, a la inversa, al sostener que por definición todo patrón distributivo expresa una matriz subyacente de reconocimiento. En ambos casos, el resultado es una tautología. El primer argumento convierte, por definición, a todo reconocimiento en distribución, mientras que el segundo meramente afirma lo contrario. En ningún caso se logra un progreso tangible en la resolución de los problemas señalados anteriormente.

            ¿Qué abordaje normativo les queda a aquellos que buscan integrar distribución y reconocimiento? En lugar de apoyar cada uno de estos paradigmas de la justicia excluyendo al otro, se debería adoptar lo que yo llamo una concepción “bivalente” de la justicia. Tal concepción comprende tanto distribución como reconocimiento, sin reducir ninguno de ellos al otro. Así, ella no trata al reconocimiento como un bien a ser distribuido, ni a la distribución como una expresión de reconocimiento. Más bien, una concepción bivalente trata a la distribución y al reconocimiento como distintas perspectivas acerca de la justicia y como dimensiones de ésta, mientras que, al mismo tiempo, contiene ambos enfoques dentro de una estructura más amplia y comprensiva que lo usual.  

            Como ya lo he mencionado varias veces, el núcleo normativo de mi concepción es la idea de paridad de participación. De acuerdo con esta norma, la justicia requiere de arreglos sociales que permitan a todos los miembros (adultos)  de la sociedad interactuar entre sí como pares. Para que la paridad participativa sea posible, sostengo que es necesario, pero no suficiente, establecer formas estándar de igualdad legal formal. Además de este requerimiento, deben ser satisfechas por lo menos dos condiciones adicionales.[24] Primero, la distribución de recursos materiales debe ser tal que asegure la independencia y la “voz” de  los participantes. A esto yo lo llamo la precondición “objetiva” de la paridad participativa. Esta excluye las formas y los niveles de inequidad material y de dependencia económica que impiden la paridad de participación. Quedan afuera, por lo tanto, los arreglos sociales que institucionalizan la privación, la explotación, y las grandes disparidades de riqueza, ingreso y tiempo libre, negándoles así a algunas personas los medios y las oportunidades de interactuar con otros como pares.[25]

            A la segunda condición adicional para la paridad participativa, por el contrario, la llamo “intersubjetiva”. Ésta requiere que los patrones culturales institucionalizados de interpretación y valoración expresen igual respeto por todos los participantes y aseguren la igualdad de oportunidades para alcanzar la estima social. Esta condición excluye los patrones culturales que sistemáticamente desvalorizan a algunas categorías de personas y las cualidades asociadas con ellos. Deja afuera, por lo tanto, los patrones interpretativos institucionalizados que les niegan a ciertas personas la posibilidad de interactuar con otros como pares, ya sea  por cargarlos con una “diferencia” adscripta excesiva respecto de otros, o por no reconocer sus cualidades distintivas.

            Tanto la precondición objetiva como la intersubjetiva son necesarias para la paridad participativa, y ninguna es suficiente sin la otra. La condición objetiva trae a la luz cuestiones tradicionalmente asociadas con la teoría  de la justicia distributiva, especialmente cuestiones pertinentes a la estructura económica de la sociedad y a las diferenciaciones  de clase económicamente definidas. La precondición intersubjetiva ilumina cuestiones recientemente señaladas por la filosofía del reconocimiento, especialmente aquellas atinentes al orden estamental de la sociedad y a las jerarquías de estatus definidasculturalmente. Allí donde la condición objetiva no se cumple, el remedio es la distribución. Allí donde la condición intersubjetiva no se cumple, el remedio es el reconocimiento. Así, una concepción bivalente de la justicia orientada hacia la norma de la paridad participativa comprende tanto la redistribución como el reconocimiento, sin reducir ninguno de ellos al otro.
                                             


¿Reconociendo  la distintividad?
                                                  Un enfoque pragmático   
           

            Esto nos lleva a la tercera cuestión: ¿requiere la justicia del reconocimiento de lo que distingue a individuos o grupos, por encima del reconocimiento de nuestra común condición humana? Es importante señalar aquí que la paridad participativa es una norma universalista en dos sentidos . Primero, porque abarca a todos los participantes (adultos) en la interacción, y segundo, porque presupone el valor moral idéntico de los seres humanos. No obstante, el universalismo moral, en estos sentidos, deja abierta aún la cuestión acerca de si el reconocimiento de las cualidades distintivas (distinctiveness) individuales o grupales podría ser uno de los requisitos de la justicia para que se cumpliera la condición intersubjetiva de la paridad participativa.

            ¿Cómo podríamos responder a esta pregunta? Muchos teóricos apelan a un argumento filosófico a priori. Algunos buscan mostrar que la justicia nunca puede requerir el reconocimiento de la diferencia; otros, demostrar que siempre debe hacerlo así. Sin embargo, a diferencia de ambos grupos, yo propongo abordar la cuestión en el espíritu del pragmatismo. Así, uno no debería responder a la pregunta “¿requiere la justicia del reconocimiento de las cualidades distintivas?” por medio de un enfoque a priori acerca de qué tipo de reconocimiento es necesario siempre y en todos los casos. Más bien, uno debería decir que la(s) forma(s) de reconocimiento que la justicia requiere en un caso dado depende(n) de la(s) forma(s) del des-reconocimiento a ser enmendado. En los casos en los que el des-reconocimiento significa una negación de la común humanidad de algunos participantes, el remedio es un reconocimiento universalista. Por el contrario, en los casos en los que el des-reconocimiento conlleva una denegación de las cualidades distintivas de algunos participantes, el remedio podría ser el reconocimiento de la diferencia.[26] En cada caso, el remedio debería ser considerado a la medida del daño. Así, el foco de atención debería estar en qué tipo de reconocimiento es necesario para superar los obstáculos específicos existentes para alcanzar la paridad participativa.

            Este abordaje pragmático tiene muchas ventajas importantes. Primero, evita el punto de vista apriorístico sostenido por muchos teóricos distributivos de que el reconocimiento es universalista per se. Tales teóricos equiparan el reconocimiento con el respeto equitativo que se le debe a todas las personas en virtud de su “igual valor moral”. Lo que es reconocido desde esta visión es lo que todas las personas comparten: usualmente, las capacidades para la autonomía y la racionalidad. No hay lugar, en cambio, para el reconocimiento de lo que distingue a unas personas de otras. Por el contrario, se sostiene habitualmente que el respeto equitativo excluye el reconocimiento público de las cualidades distintivas. Como resultado de ello, se vuelve imposible considerar si el reconocimiento de los rasgos distintivos podría, en algunos casos, ser un requisito de la justicia para superar los obstáculos a la paridad participativa. Un abordaje pragmático, en cambio, permite la consideración de estos casos.  Adecuando los remedios que proporciona el reconocimiento a los perjuicios que genera la falta del mismo, uno puede manejar un amplio espectro de los diferentes obstáculos a los que se enfrenta la paridad participativa.

            El abordaje pragmático tiene, a su vez, una segunda ventaja: elude los dudosos argumentos que sostienen que el reconocimiento de las cualidades distintivas es una necesidad humana universal en las sociedades modernas. Algunos teóricos del reconocimiento, incluyendo a Taylor y a Honneth, sostienen que tal reconocimiento, conjuntamente con el respeto equitativo, son inherentemente necesarios para la auto-realización de los modernos.[27] Así, estos autores proponen (al  menos)  dos formas de reconocimiento necesarias para cada uno y que todos deben gozar: el respeto igual universal y la estima social diferencialista. A pesar de que estas posturas mejoran el universalismo unilateral de muchas teorías distributivas, van demasiado lejos en el sentido opuesto. Por tratar el reconocimiento de los rasgos distintivos como una necesidad humana universal y abstracta, estos teóricos son incapaces de considerar que las necesidades de reconocimiento de los grupos subordinados difieren de aquellas de los grupos dominantes. Debido a que eliminan eficazmente la cuestión del poder, no pueden explicar por qué los grupos dominantes, tales como los hombres y los heterosexuales, rehuyen usualmente el reconocimiento de sus rasgos distintivos (de género y sexo), no reclamando especificidad sino universalidad. Del mismo modo, tampoco pueden explicar por qué los movimientos sociales de los grupos subordinados, tales como las mujeres y los afroamericanos, plantean exigencias de reconocimiento de sus propias cualidades distintivas sólo en aquellos momentos históricos en los que parecería imposible acceder a una plena paridad de participación de otro modo, ni por qué sus reclamos, muy frecuentemente, han asumido la estrategia de hacer pública la especificidad de los grupos dominantes, que había sido falsamente exhibida como universalidad. El enfoque pragmático propuesto aquí, por el contrario, sitúa  los reclamos por el reconocimiento de la diferencia directamente en el contexto del poder social. Como resultado de ello, esta aproximación considera que muchos de tales reclamos son contextuales y auto-eliminables. Invocadas como remedios transicionales más que como fines en sí mismos, estas demandas pierden su raison d’etre[28] una vez que los obstáculos específicos a la paridad participativa han sido eliminados.

            En general, por ende, la pregunta “¿requiere la justicia del reconocimiento de la diferencia?” debería ser enfocada en el espíritu de un pragmatismo enriquecido por los aportes de la teoría social crítica. Todo depende de qué es, precisamente, lo que las personas que hoy son des-reconocidas necesitan para poder participar como pares en la vida social, ya que no hay razón para suponer que todos ellos necesitan lo mismo en cualquier contexto. En algunos casos, pueden necesitar ser liberados de rasgos distintivos excesivos que se les adjudican. En otros casos, pueden necesitar que se tomen en cualidades distintivas no suficientemente reconocidas hasta ahora, mientras que en otros, incluso, pueden necesitar desplazar la atención hacia los grupos dominantes o aventajados, revelando esos rasgos distintivos que habían sido falsamente exhibidos como universalidad. Alternativamente, pueden necesitar deconstruir los términos mismos en los cuales se formulan habitualmente las diferencias atribuidas. Finalmente, pueden necesitar todas o varias de estas cosas en combinación entre sí o combinadas con la redistribución.

            Qué personas necesitan qué tipo(s) de reconocimiento en qué contexto depende de la naturaleza de los obstáculos que ellos enfrentan en relación con la paridad participativa. Esto, repito, no puede ser determinado por medio de un argumento filosófico abstracto. Sólo puede serlo con la ayuda de una teoría social crítica que esté normativamente orientada, empíricamente informada y guiada por la intención práctica de superar la injusticia.


              




                                                   Conclusión


            Permítanme concluir con una recapitulación de mi argumento general. He sostenido que plantear una alternativa excluyente entre las políticas de redistribución y las de reconocimiento es presentar una antítesis falsa. Por el contrario, hoy la justicia requiere tanto de la redistribución como del reconocimiento. Así, he argumentado a favor de un marco político comprensivo que contenga tanto la redistribución como el reconocimiento, de modo de desafiar a la injusticia en ambos frentes.

            He examinado luego algunos problemas filosófico-normativos que surgen cuando consideramos elaborar un marco tal. Propongo una única concepción bivalente de la justicia, que contenga tanto redistribución como reconocimiento, sin reducir la una al otro, y he propuesto la noción de paridad de participación como su núcleo normativo. He sostenido que la paridad participativa es imposible en la ausencia de la “condición objetiva” de una distribución justa, y la “condición intersubjetiva” de un reconocimiento recíproco.

            Este abordaje  proporciona al menos algunos de los recursos conceptuales que se necesitan para comenzar a responder la que considero la cuestión política clave de nuestro tiempo: ¿cómo podemos desarrollar una orientación coherente que integre redistribución y reconocimiento? ¿Cómo podemos construir un marco que integre aquello de la visión socialista que continúa siendo convincente e inusurpable, con aquello que resulta sólido e irrefutable en la nueva, aparentemente “post-socialista”,  visión multicultural?

            Si no hacemos esta pregunta, si nos aferramos por el contrario a falsas antítesis o dicotomías excluyentes engañosas, perderemos la posibilidad de proyectar arreglos sociales que puedan revertir tanto las injusticias económicas como las culturales. Sólo buscando enfoques integradores que vinculen la redistribución y el reconocimiento al servicio de la paridad participativa  podremos cumplir los requisitos de una justicia para todos. 





[1] En inglés, “identity politics” (N.del T.)
* Profesora de la New School for Social Research, Nueva York. Publicó recientemente Justice Interruptus: Critical Reflections on the “Postsocialist” Condition, Routledge, 1997.
[2] El financiamiento para la elaboración de este trabajo fue suministrado por la Tanner Foundation for Human Values y por la Universidad de Stanford. Agradezco los comentarios de Elizabeth Anderson y Axel Honneth y las discusiones muy estimulantes con Richard J. Berstein, Rainer Forst, Steven Lukes, Theodore Koditshek, Jane Mansbridge, Linda Nicholson y Eli Zaretsky.
[3] Véase por ejemplo las contribuciones de Martha Nussbaum en Nussbaum, Martha y Jonathan Glover, comps. Women, Culture, and Development: A Study of Human Capabilities (Oxford: Clarendon Press, 1995).
[4] Véase por ejemplo la crítica de Iris Marion Young al paradigma distributivo en su libro Justice and the Politics of Difference (Princeton: Princeton University Press, 1990).
[5] Se trata de grupos activistas homosexuales radicales que han redefinido el sentido de la identidad sexual, apropiándose de un término -  queer (raro) - que tenía un sentido negativo en el discurso heterosexual. El término ha sido adoptado también en el ámbito académico para definir las tendencias más críticas y radicales de los estudios gay y lesbianos (queer theory). (N. del T.)
[6] Para el punto de vista marxista de clase, véase por ejemplo Marx, Karl: “Wage Labor and Capital”, en  Tucker, Robert, ed. The Marx-Engels Reader (Norton, 1978).
[7] En inglés, “underclass” (N. del T.)
[8] Rorty, Richard: Achieving Our Country: The American Left in the 20th Century (mímeo). Gitlin, Todd: The Twilight of Common Dreams: Why America is Wracked by Culture Wars (Nueva York: Metropolitan Books, Henry Holt and Co., 1995).
[9] Taylor, Charles: “The Politics of Recognition”, en Gutmann, Amy, ed. Multiculturalim: Examining the Politics of Recognition (Princeton: Princeton University Press, 1994). Young, I. , op.cit.
[10] La siguiente dsicusión se retoma en una sección de mi ensayo “From Redistribuion to Recognition? Dilemmas of Justice in a “Postsocialist” Age”, en New Left Review, 212 (Julio/Agosto 1995), pp. 68-93, reimpreso en Fraser, Nancy, op.cit.
[11] Sennett, Richard y Jonathan Cobb: The Hidden Injuries of Class (Knopf, 1973).
[12] Uno podría objetar que el resultado no implicaría la abolición del proletariado sino su universalización. Aún en este caso, sin embargo, el carácter distintivo del proletariado en tanto grupo desaparecería.
[13] Es verdad que las distinciones de estatus pre existentes, por ejemplo, entre señores y plebeyos, contribuyern a la emergencia del sistema capitalista. Sin embargo, fue sólo la creación de un orden económico diferenciado con una relativa autonomía en su funcionamiento lo que permitió la distinción entre capitalistas y trabajadores.
[14] Le agradezco a Erik Olin Wright algunas de las formulaciones desarrolladas en este párrafo (comunicación personal, 1997).
[15] En la sociedad capitalista, la regulación de la secualidad deriva, relativamente, de la estructura económica, que comprende un orden re relacones económicas diferenciadas y orientadas a la expanción de la plusvalía. Más aún, en la fase actual del capitalismo “posfordista”, la sexualidad encuentra crecientemente su espacio en la relativamente nueva, moderna-tardía esfera “de la vida personal”, en la que las relaciones íntimas que no pueden ser ya identificadas con la familia se viven de forma distanciada de los imperativos de la producción y la reproducción. Por lo tanto, hoy en día, y de manera creciente, la regulación heteronormativa de la sexualidad está alejada del orden económico capitalista y no le es necesariamente funcional. De resultas de esto, los agravios económicos del heterosexismo no derivan simplemente de la estructura económica, sino que están enraizados más bien en el orden estamental heterosexista, el cual se aleja cada vez más de la economía. Para un argumento más completo en relación con este tema, véase Fraser, Nancy: “Heterosexism, Misrecognition, and Capitalism: A Response to Judith Butler”, en Social Text 53/4 (Invierno/Primavera 1998). La respuesta de Judith Butler se encuentra en “Merely Cultural”, Social Text 53/4 (Invierno/Primavera 1998).
[16] Le debo el “punto débil”a Erik Olin Wright (comunicación personal, 1997).
[17] Ver Charles Taylor, “The Politics of Recognition”,  op. cit.; y Sources of the Self.
[18] Ver Axel Honneth, The Struggle for Recognition: The Moral Grammar of Social Conflicts,  tr. Loel Anderson (Poity Press, 1995); e “Integrity and Disrespect Principles of a Conception of Morality Based on the Theory of Recognition”, en Political Theory, 20:2 (May 1992).

[19] Le agradezo a Rainer Forst por ayudarme en la formulación de este punto.
[20] Juego de palabras con la expresión en inglés “to add insult to injury”: echar sal en la herida. (N. del T.)
[21] John Rawls, por ejemplo, concibe los “bienes primarios”, tales como ingreso y trabajo, como “bases sociales de auto-respeto”, mientras que también se refiere al auto-respeto en sí mismo, específicamente, como un bien primario cuya distribución es una cuestión de justicia. De la misma manera, Ronald Dworkin defiende la idea de  “igualdad de recursos” en cuanto expresión distributiva de la “igualdad moral de las personas”. Amartya Sen, finalmente, considera relevantes tanto el “sentido del ser”como la capacidad de “aparición en público sin verguenza”, de ahí su imposibilidad de alcanzar un enfoque de justicia que contemple una igual distribución de capacidades básicas. Ver John Rawls, A Theory of Justice (Harvard University Press, 1971), pág. 67 y 82; y Political Liberalism (Columbia University Press, 1993), pág. 82, 181, y 318 ff; Ronald Dworkin, “What is Equality? Part 2: Equality of Resources”, en Philosophy and Public Affairs, 10: 4 (Fall 1981): 283-345; y Amartya Sen, Commodities and Capabilities  (North- Holland , 1985).
[22] La excepción extraordinaria de un teórico que ha intentado incorporar temas de la cultura dentro de un marco distributivo es Will Kymlicka. Kymlicka propone tratar el acceso a una “estructura cultural intacta” como un bien primario a ser justamente distribuido. Este enfoque es el adoptado por políticas multinacionales como las de Canadá, a diferencia de políticas poliétnicas, como las de los Estados Unidos. De este modo, no es aplicable a casos en los que los que reclaman reconocimiento no se dividen perfectamente (o al menos no tan perfectamente) en grupos con culturas diferentes y relativamente  separadas. Tampoco se aplica en aquellos casos en los que los reclamos por reconocimiento no adoptan la forma de demandas de (algún nivel de) soberanía, sino sobre todo apuntan a una paridad de participación en un sistema atravesado por líneas de diferencias e inequidad múltiples y entrecruzadas. Para el argumento que sostiene que una estructura cultural intacta es un bien primario, véase Will Kymlicka, Liberalism, Community and Culture (Oxford University Press, 1989). Para la distinción entre políticas multinacionales y poliétnicas, ver Will Kymlicka, “Three Forms of Group-Differentiated Citizenship in Canada”, en Democracy and Difference, ed. Seyla Benhabib (Princeton University Press, 1996).
[23] Honneth, The Struggle for Recognition, op. cit.
[24] Digo “que deben ser satisfechas por lo menos  dos condiciones adicionales”,  para permitir la posibilidad de más de dos condiciones. Específicamente, tengo en mente una posible tercera clase de obstáculos a la paridad participativa que podríamos llamar “política”, en oposición a la económica y a la  cultural. Este obstáculo incluiría aquellos procedimientos de toma de decisiones que sistemáticamente marginan a algunas personas, aún en la ausencia de mala  distribución o des-reconocimiento, por ejemplo, las reglas electorales de mayoría simple que le niegan la voz, casi permanentemente, a las minorías. [Para un agudo enfoque que contempla este ejemplo, ver, Lani Guinier, The Tyranny of the Majority (The Free Press, 1994). La posibilidad de una tercera clase de obstáculos - “políticos” - a la paridad participativa le agrega una nueva vuelta de tuerca a mi utilización de la distinción entre clase y estatus. La propia distinción weberiana entre “clases, status y partidos” es tripartita, no bipartita. El tercer obstáculo de tipo “político” a la paridad participativa podría ser llamado “marginalización” o “exclusión”. De todas maneras, no voy a desarrollar este punto aquí. Tan sólo me detengo en el análisis de la mala distribución y del des-reconocimiento, dejando el análisis del carácter de  los obstáculos “políticos” a la paridad participativa  para otra ocasión.
[25] Queda como pregunta qué cantidad de inequidad económica es consistente con la paridad de participación. Algún grado de inequidad es inevitable e inobjetable, pero hay un punto en el que la disparidad de recursos llega a tal nivel que impide la paridad participativa. Cuál es exactamente ese punto es materia de otra investigación.

[26] Digo que el remedio podría ser el reconocimiento de la diferencia, no que debe ser. Como voy a explicar en la próxima sección, hay otros posibles remedios de reconocimiento para aquellos casos de des-reconocimiento que implique negar la distintividad.
[27] Taylor, “The Politics of Recognition”, op. cit. Honneth, The Struggles for Recognition, op. cit.
[28] En francés en el original (N. del T.)



jueves, 24 de noviembre de 2016

Los fusilados de José León Suárez, de Gustavo Moscona, en el aula 115


Noche política en en la facultad de sociales. El grupo de Gustavo Moscona realizó la obra ( performance colectiva, instalación teatral) en la que se aborda la cuestión de los fusilamientos de José León Suárez. Un hecho histórico que en el mundo reciente inauguraría el accionar represivo clandestino del estado. Un hecho que se transformaría en bandera de resistencia y rebelión, que de la mano de Rodolfo Walsh haría de la literatura un hecho vital recolocando la literatura policial y convirtiendo al autor en proptagonista implicado. Un hecho histórico también fetichizado, transformado en la literatura cosa, con lectores que matan su vitalidad. Esto que es un problema político del presente ( la transformación en pines para poner en la solapa de lo que fueron banderas revolucionarias, el cumpleaños bobo de hechos rebeldes) está abordado en esta obra. No hay homenaje productivo que sea nostalgia desprendida del presente. Esta obra es productiva sin vueltas. Recuerda que hoy hay fusilados e interpela al público con una retórica, (si se quiere extemporánea) sobre la relación con el presente que si se sostiene en una mirada política crítica tiene que ser irremediable, aunque se dirija a un mundo fragmentado. El artista Diego Bugallo y su equipo del taller La panadería imprimían serigrafías con la imágen que Ricardo Carpani dibujó para el afiche que conmemoraba a los asesinados de 1956 y que firmaba como "Bloque peronista de la CGT de los argentinos". Los presentes se agrupaban frente a los afiches y las remeras. Y se hablaba al fin de la obra sobre Luciano Arruga, sobre la experiencia de Carpani, sobre el papel de Rodolfo Walsh en una organización revolucionaria, se preguntaba sobre la CGT de los argentinos. Los artistas que conforman el grupo de Moscona provienen de distintos lugares sociales y políticos y conforman un colectivo apasionado. Algunos de ellos volvían ya a la noche tarde a Pablo Nogués, a Garín, habían venido con sus hijos, con sus compañeros del barrio. No había militantes peronistas de la facultad en el evento, pero había estudiantes y muchachas y muchachos del conurbano que se encontraban con un hecho histórico que los interpelaba a pensar el presente. Las obras que interpelan de esta manera en un presente de archipiélagos con puentes rotos o deteriorados no son corrientes, quizás porque se imagina que al no haber efervescencia no resultan vitales y no poseen eficacia política. En esta noche en el aula 115 lo que estábamos allí no nos quedó ninguna duda, de que esa apuesta, es una apuesta vital y políticamente válida.

Patricio Dean

miércoles, 24 de agosto de 2016

Juanito Laguna, Ángel del espanto (Sobre la película “Pibe chorro”, de Andrea Testa)


Imágen Babel Nº3 Pomarola Talk 2016

Juanito Laguna, Ángel del espanto (Sobre la película “Pibe chorro”, de Andrea Testa)

Lucas Rubinich

¿Cómo se dice algo sobre el otro social y cultural? Y, específicamente ,  ¿cómo se dice algo cuando esa condición de otro genera sentidos comunes fuertes que lo convierten no solo en un desacreditado por  extraño, sino en portador de un  estigma para un sentido común generalizado? ¿cómo se dice  algo sin que la voluntad develadora de los productores culturales sensibles convierta lo que son situaciones sociales trágicas, en una tranquilizadora confrontación con ese sentido común, mostrando limpiamente su falsedad? Sobre estas preguntas, que son un problema, se construye la Película documental “Pibe Chorro”. Y aunque  en el abordaje concreto del documental surjan elementos disonantes, expresivos de distintas posiciones en el problema, hay al fin, una mirada con fuerza dramática que se impondrá impregnando al conjunto. El núcleo de esa mirada, que es la fuerza política del documental, está en la convivencia de definiciones trágicas sobre el mundo en el que se vive, con apuestas resistentes que adquieren  una dimensión trascendente al estar montadas sobre esas definiciones, naturalmente imantadoras de  gestos nihilistas
El escenario  sobre el  que la película se construye, es familiar a la periferia de las grandes ciudades. Allí, en el presente argentino, en los barrios atravesados por situaciones de alta tasa de desempleo,  de escasas opciones en cuanto  a las formas de obtención de recursos para los jóvenes, ligadas principalmente  al empleo informal temporario mal pago o la venta de droga barata en relación con la agencia policial, el centro de la escena lo ocupa la fragmentación  del lazo social. Y esto  se produce en un marco de agujereamiento en distinta intensidad de las instituciones estatales con trato directo con esas poblaciones. Es sobre ese humus que se surgen formas concretas de vida juvenil diversas, que incluyen también un tipo de práctica delincuencial cuyas características remiten a hechos llevados a cabo por consumidores de droga barata. Estos hechos tienen la particularidad de la no obtención de grandes resultados en términos económicos para el que delinque, pero se implementan con altos niveles potenciales o reales de violencias en relación a los objetivos y, además, pueden realizarse contra agentes del propio espacio social y territorial de pertenencia. Estas experiencias son el material con que se alimenta  la imagen de sentido común predominante de distintos sectores de la población y de los medios de comunicación para referir potencialmente al conjunto de los jóvenes de los barrios de los cinturones urbanos que están en los niveles más bajos  de la estructura social
En un lugar concreto del Partido de La Matanza, en un barrio popular, el equipo de filmación comienza a interactuar con muchachos y chicas del barrio contenidos por Mecha, una líder territorial que forma parte de un grupo de izquierda con persistente presencia en el lugar. Organizan el eje del guion en relación con un muchacho de 17 años que fue muerto mientras estaban en proceso de filmación. Lo que se va develando en el transcurso de la película,  a través del testimonio de Mecha, es que el muchacho muerto, Gaby, era uno de los que no robaba y que participa intensamente en las actividades del grupo y del proceso del documental. A Gaby lo mata David, otro muchacho de 17 años, vecino del barrio. El sentido de esta historia básica hecha objeto cultural dependerá, por supuesto, de los elementos estéticos, culturales, ideológicos que coloreando de una u otro manera, con una u otra intensidad la historia, conformarán el relato documental
II
En principio, en Pibe Chorro hay elementos de las visiones del mundo progresistas circulantes  en el campo cultural que se despliegan cuando se construyen objetos culturales sobre otros sociales y culturales, estigmatizados por las miradas convencionales predominantes. Esas visiones del mundo fundadas en saberes legitimados  académicamente, atienden al papel perverso de las instituciones disciplinarias y represivas, y  a la ignorancia de este papel por el sentido común generalizado alentado por los discursos de medios de comunicación de masas. En muchos objetos analíticos y estéticos construidos con estos materiales, el adversario principal es ese sentido común corporizado en sectores medios acomodados social y económicamente. Y todo el poder de fuego está puesto en demostrar el funcionamiento perverso de esas instituciones, tanto como la ignorancia o complicidad de esos sectores. Los resultados de esas miradas suelen ser correctos, indudablemente dicen una verdad que además es amable con la sensibilidad progresista, pero suelen ser artefactos con piezas tan bien encastradas que no producen desacomodamientos
Hay algo de eso en Pibe Chorro: Y si ese algo hubiese sido predominante, la película no tendría la capacidad de conmover intelectualmente como efectivamente ocurre. Porque hay una dimensión trágica que le otorga a esta película una fuerza singular, y que se impone sobre los elementos antes mencionados.
Pero vale la mención de esos elementos que conforman esa forma de sensibilidad progresista porque tienen presencia fuerte en zonas de la cultura como las que generan este documental. En Pibe Chorro a los pocos minutos de iniciada la película y luego de un extenso poema  de decidida impronta dramática dicho por Vicente Zito Lema, hay una escena con fondo de bosques de Palermo: verdes salpicados de colores, jacarandáes  violáceos florecidos, lapachos rosados cayendo sobre el lago, y las elegantes columnas blancas de una pérgola.  En ese contexto se entrevista a dos mujeres que podemos suponer habitando barrios de clases medias con pretensiones, o medios altos, y con hijos o hermanos en colegios compatibles con esas expectativas. Se le pregunta a una de ellas su opinión sobre la baja de edad de imputabilidad y la respuesta, con un decir amable y correcto en el uso de la lengua legítima, sostiene la necesidad de encierro para su reeducación. La entrevistadora pregunta si conoce las cárceles y la entrevistada contesta que no. Con la misma escenografía de fondo una estudiante universitaria habla de intranquilidad cotidiana frente a los robos.  Y en una escenografía más específicamente urbana, con un fondo de mármol de edificio público un hombre afirma que no se puede vivir, que matan por centavos y que el estado debe arbitrar los medios para impedir esa situación. Como en el caso de las otras dos entrevistadas este rostro  también aparece borroso quizás queriendo significar que eso que se dice va más allá de una opinión individual  Cuando el hombre termina su parlamento  la  entrevistadora repregunta:¿ A usted le han robado? Y el entrevistado responde: No. Nunca. Las  sonrisas de superioridad moral  del público  en el cine Gaumont confirma que esa sensibilidad progresista fundada en un preciso conocimiento académico, construye a esa persona blanca de clase media en un objetivo particular de su confrontación dado  que por su condición de privilegiado social  y educativo puede ser calificado, o bien de ignorante, o una clara expresión de la maldad del sistema. La misma reacción se presenta cuando un estandapero de barrio conurbano hace distintos chistes con el miedo que produce su figura aunque no haga nada  Y la verdad, está ironía sobre un sector estigmatizador, es, para decirlo de algún modo que deje las cuentas claras, simplificadora. Resulta cómodo dejar la mirada estigmatizadora solo en los sectores sociales que la sensibilidad política asociada a este sentido común culto progresista identifica como el que debe ser denunciado. Lo que no se ve en la película, porque tampoco esa sensibilidad política lo habilita, es que esa mirada  estigmatizadora es compartida por grandes sectores de trabajadores habitantes en barrios populares  más o menos integrados. Y se podría sostener que quizás la descalificación al pibe chorro es más violenta allí, porque es más cercana y cotidiana la agresión concreta contra alguien que trabaja y vive austeramente. El conjunto de esas miradas que omiten lo  anterior encastran de manera perfecta con los correctos y fundados discursos de profesionales que explican conceptos de la criminología crítica. Las instituciones en el castigo actúan selectivamente sobre una clase social y son administradoras del dolor.
III
A estos aspectos denuncialistas,  tan verdaderos como simples, se enfrentan, en tanto  mirada que expresa  de algún modo una estética distinta, a la mayoría de las escenas de la película que sin lugar a dudas tiene aspectos claramente problematizadores de algunas fuertes convenciones circulantes sobre la cuestión. Refieren a una zona oscura del mundo popular pero que es relevante cualitativamente. Hay en ese mundo como en cualquier espacio de la sociedad con mucha población juvenil, multiplicidad de colores, alegría, vitalidad; pero la elección acá es dar cuenta de esa zona oscura que efectivamente existe e impregna de distintas maneras a todo el espacio, Y es en el trabajo sobre esos aspectos en donde se encuentra su verdadera fuerza política y su potencial artístico.  La participación de Vicente Zito Lema en tanto decidor de su poesía es fundamental en este sentido. Al respecto es imprescindible no descuidar que la letra y la  entonación clásica de la que se vale Zito Lema tematizando la preocupación por el otro, provocan en muchas sensibilidades culturales del presente, una fuerte desconfianza. Fundamentalmente porque esas entonaciones asociadas a morales humanistas quedaron como manifestaciones retóricas, despegadas del mundo concreto, como gestos de un paternalismo abstracto cercano al patetismo. No es este el caso. Ese prejuicio fundado, acá, se derrumba estrepitosamente
 Las  cuatro escenas con las poesías de Vicente Zito Lema con su voz y entonación clásica- centrales para la identidad estética más poderosa de la película, junto a una de los testimonios de Mecha la dirigente barrial-son, coherentemente, escenas oscuras. En la primera la cámara recorre los pasillos de una fábrica vieja mientras la voz recita. Tambores de chapa vacíos, alguna maquinaria en desuso, piso de cemento, una oficina con paredes de madera de los años cuarenta Un espacio que recuerda quizás momentos vitales, pero que  así se ve fantasmal. Y al fin, se encuentra con el narrador de la voz que parece voz en off y es el poeta que recita con el papel en la mano en una sala con austeros sillones de madera y un alambre tejido que a mitad de la pared separa de otros espacios. Allí el rostro del poeta con la voz que había nombrado al niño de la pobreza como “Angel del espanto”, le dice los últimos versos a cámara: “¡Oh, alma de niño!/Cuerpo de la pobreza/Sombra mía,/¿La muerte que besó tus labios/También te arrancó del paraíso?.”
En la segunda escena  la voz se escucha con la misma solemnidad y entonación clásica y la cámara recorre distintas imágenes dibujadas de Gaby , el muchacho muerto. ”Condenados por el delito de nacer/ donde y cuando no se debía”.  No hay aquí culpas tranquilamente localizables en otros en lo que va diciendo esa voz.  Al contrario, en la tercera escena la voz poética se vale de la primera persona del plural. Y quizás no sea para hablar en nombre de la sociedad en abstracto, sino de una porción de la sociedad que en un tiempo no tan lejano pudo construir definiciones concretas sobre los males del mundo terrestre y que por ello tomó el toro por las astas. Porque las heridas en una parte del colectivo eran para esas definiciones las propias heridas. La cámara, en una toma de aficionado o registro de cámaras de seguridad, muestra desde lo alto de un edificio en la noche, el linchamiento de un muchacho de parte de otros jóvenes quizás cerca de un boliche. El viejo poeta de una generación rebelde se  vale de palabras creíbles, en las que se percibe un dolor sin sobreactuaciones,  el peso en el alma del que mira el campo de batalla del lado de los derrotados con una mezcla de  tristeza apagada  y silencioso desconcierto y se pregunta : ¿La primera piedra la tiró el miedo?/¿Y detrás del miedo,/Quién abrió las puertas?/¿Nuestras almas que todo lo podían, cuando sucumbieron?/¿Cuando nuestra gloria se desvaneció entre los ronquidos de la agonía/Bajo la ciénaga de la naturalización?” No hay lugar para ambiguedades cuando se ha decidido no tranquilizar la moral derrotada disfrazándola con tibios fuegos artificiales que cantan a los derechos  en abstracto y portan íconos fetichizados. Las palabras del poeta portadoras de una belleza oscura dicen de manera contundente  lo que por razones distintas es difícil de decir para todos: El niño de la pobreza ya está muerto/Solo espera una palada de tierra.
En la cuarta escena el poeta camina por el escenario fantasmal de la fábrica vieja hasta llegar a un espacio en el que hay colgados, cual ropa de un cordel,  decenas de papeles con el dibujo en blanco y negro de Gaby. Se ve la espalda  del poeta que mira los retratos y la voz  dice lo que no es fácil de pensar cuando se entiende a ese otro como víctima de formas injustas y crueles de organización de la sociedad. Dice lo directamente innombrable para esas morales derrotadas que disimulan sus agujeros con ejercicios retóricos que remiten patéticamente a antiguas efervescencias: El peor de los suplicios en los confines de la pobreza/Es el niño que nació para la vida/Y mata./Mata porque ya está muerto en su primer grito/Y en la muerte del otro igual no renace/Ni escapa del destino oscuro/De los dioses vengativos.
 Decir que la víctima mata es comprender hasta límites trágicos la densidad escabrosa de su condición de víctima .La fuerza política de estas afirmaciones poéticas está en que en su oscuridad  se convierten en  crítica radical. El espectador percibe a través de estas historia una forma de organización del mundo productora de espacios que se convierten perversamente en un sin salida, que además no espera pasivamente su destino, sino que lo acelera con potencia autodestructiva, quebrando las tramas que posibilitan a los oprimidos pararse frente a los poderosos e imaginar un futuro. Porque no hay otra posibilidad para los oprimidos que el fortalecimiento del lazo social, lo que el sabio árabe del 1300  Ibn Jaldún llamaba asabiya y que se traduce como fuerte solidaridad, espíritu del clán. No hay clán, no hay espíritu de grupo con la víctima convertida en victimario también de los propios. Y ese es el elemento más trágico que contribuye a la reproducción der una forma de organización social, política y económica: la destrucción de la potencialidad política de los más oprimidos. Y hay que reafirmarlo: no la atenuación y restricción de la capacidad de las formas de expresión política de los oprimidos, sino, claramente , la destrucción de los elementos básicos que posibilitan la construcción de lazos que pueden ser transformados en herramientas de organización y lucha política.
Las sombras, la oscuridad de estas escenas expresan el clima de tierra arrasada. Y  es puesta de manifiesto también, y en un primerísimo plano,  en un diálogo entre pibes privados de la libertad. La pantalla  directamente en negro durante todo el tiempo en el que se escucha la entrevista entre chicos de un instituto de menores en un taller de derechos humanos reafirma las crueles formas de la fragmentación. Es solo la voz de dos chicos con las entonaciones  de un castellano del mundo juvenil excluido  del conurbano. Se escucha  lo que es seguramente un ejercicio del taller: entrevistas. El ejercicio consiste en que uno pregunta: “¿qué es lo más feo de estar privado de la libertad . A partir de allí se desata un diálogo en el que el  entrevistador ante los dichos del entrevistado afirma que “él haría lo necesario para no volver a ese lugar”. Entonces el entrevistado repregunta provocadoramente:” -¿Harías algo para no pasar de nuevo por esto? ¿Y si afuera necesitás plata y la gente no te da trabajo, qué hacés?” Y el otro contesta:“-Y bueno… antes de pasar de nuevo por esto agarraría un carro y me pondría a juntar cartones, algo. A pedir monedas. Algo haría. Esto es muy feo. Viste…”. El interrogado cuestiona,  y pregunta si sabe que lo van a discriminar. El otro contesta con la que sabe que es la respuesta convencional, la que remite a una virtud universal improductiva en el presente globalizado e individualizado,  aunque no necesariamente crea que pueda transformar eso en una práctica real.  Dirá que no le importa. Que lo importante es dejar al hijo un buen ejemplo para el día de mañana. Y la intervención final del que había comenzado siendo el entrevistado, quizás un tanto molesto por que entiende que hay algo de actuación “para el afuera” del entrevistador, es cruda, sin vueltas:-
- ¿Y vos pensás que tu hijo cuando crezca y diga que vos sós un fracasado y que juntás cartones y todo eso….? ¿Vos te pensás que tu hijo al  ver otra gente y otros nenes que tienen mejores cosas... Vos te pensás que tu hijo te va a querer por eso…?
El clima sombrío está presente también, aunque de otra forma en la entrevista al defensor de menores. La figura voluntariosa y con algún signo de agotamiento del defensor se presenta en el pasillo exterior de un piso alto que da al patio interno a de un viejo edificio de la justicia rodeado de estructuras metálicas que sostendrán andamios, quizás para un trabajo de reparación.  Es esa figura de luchador, tan cansado como convencido y persistente, que parece llevar en su gestualidad una voluntad acostumbrada cada vez más a confirmar la incompatibilidad de la letra jurídica con la experiencia concreta, la que expresa desazón y llena de nubes oscuras la posibilidad de alguna alborada. Es el soldado de  una Cruz roja sin recursos que trata  dignamente de realizar su tarea en el terreno de los derrotados  mientras continua el bombardeo, y  esgrime recursos contra la flagrante injusticia de esas acciones, aunque el bombardeo luego de alguna interrupción vuelve a comenzar. La apuesta allí no es cambiar nada, ya que es imposible dadas así las cosas, sino atenuar algún dolor, quizás solo por un momento; evitar el castigo indiscriminado contra, por lo menos, algunos de los miles y miles de afectados. Es por su persistencia y su carencia de fuerzas objetiva una tarea con algo de heroicidad romántica. Cuando el defensor escucha que el chico no se quiere ir del lugar de detención porque come todos los días y tiene pileta, y  le intenta explicar que para garantizar sus derechos a la alimentación y a la recreación no debe estar privado de su libertad, le cae encima el peso abrumador de un proceso que cuenta con fortaleza no solo coercitiva sino cultural, y que entonces desacomoda  distintas morales hasta una situación de crisis anómica.
IV
Pero la escena en la que se llega  al grado de reflexión dramática más  atropelladora de sentidos comunes, en la que hay densidad analítica, potencia dramatúrgica  y, si se toma en cuenta quien habla, el mayor grado de radicalidad, de subversión filosófico política, es la intervención de Mecha, la dirigente barrial, cuando cuenta los detalles de cómo vive el anoticiamiento de la muerte de Gaby. Mecha es dirigente barrial de un movimiento de izquierda, criada en ese barrio. Su mirada sobre el mundo es compleja y sin demasiado esfuerzo perceptivo imaginamos solidez en sus acciones. En la capacidad argumentativa se observa tanto su cultura de izquierda como su experiencia sensible como militante territorial. Y es en ese cruce , donde la tradición iluminista se funde con la sensibilidad romántica,  que se habilita un relato que tiene teatralidad de tragedia  griega y  capacidad  filosófico política.
 La pantalla muestra el rastro en primer plano de una mujer. Es un primer plano como el de los canales de TV dedicados a noticias policiales que se detienen en las imágenes sufrientes de la madre o compañera que han perdido hijos o maridos, y que dicen, como es habitual escuchar con cierta indiferencia con la que se escucha lo habitual: queremos justicia. Esta es una mujer de barrio y también su rostro es por momentos un rostro sufriente, pero en este caso su narración camina por una zona que conmueve, generando  sentimientos  que van más allá de la simple identificación con el  dolor del otro, aunque también este eso. Es verdad que el género  de primer plano sufriente  incita a la emoción sin mediaciones. Pero no es así en este caso. Conmueve sí, pero de otra manera; conmueve,  emocional e intelectualmente.
Se trata de una narradora protagonista de un hecho trágico al que su monólogo final le agrega un singular componente a la tragedia-. En la primera parte del relato Mecha presenta a Gaby con una anécdota que lo muestra con voluntad de zafar del destino social marcado, no escapando del lugar, sino incorporándose a las peleas capilares por evitar en los iguales cercanos ese destino. Poco tiempo antes de su muerte se ocupaba de dos chicos que querían “rescatarse”. Mecha cuenta que efectivamente los chicos comenzaron a venir y que uno de ellos estaba con Gaby el día que lo mataron .
Y ese es el pie para el centro del relato en donde cuenta la escena en que recibe un llamado confuso de una compañera alterada diciendo que lo mataron a Gaby. Dice que salió corriendo y que todos salieron corriendo porque ella seguramente  gritó:¡ lo mataron a Gaby!. El relato  y la gestualidad de la narradora que, claramente no puede evitar la conmoción por el recuerdo, permiten imaginar la intensidad de esa carrera de Mecha, de otras mujeres y muchachos del barrio , hasta llegar al lugar  de nombre impersonal de película distópica (Rama 4 y La Central),  seguramente familiar para los del lugar. Allí todos, y ella también, lo ven tirado a Gaby. Tiene la marca de un tiro en la cabeza . Mecha hace un mínimo alto en el relato,  y dice que se desesperó. Un compañero  seguramente con autoridad militante, pero en el lugar del coro en la escena, le propone a Mecha que abandone el coro. Seguramente porque en esa confrontación pública con la autoridad la mujer es más efectiva. Le dirá que tiene dos opciones: una es seguir llorando como las otras mujeres del coro, o  limpiar simbólicamente a Gaby. Le propone que vaya al centro del escenario ocupado por el cuerpo del joven con un tiro en la cabeza y de una pelea que es una pelea simbólica, una pelea por la definición de lo ocurrido, que en este caso de acuerdo sea una u otra, afectará o no, lo que la sensibilidad del grupo entiende que es fundamental: la honorabilidad del pibe muerto . Las consecuencias jurídicas prácticas de esa definición realmente no importan.
No interesa que esa definición por la que se lucha tenga como probable resultado la caracterización penal de otro como victimario y quizás una condena correspondiente. No. Se trata de dejar claro que el muchacho muerto, aunque potencialmente podría valerse de ellas porque no es algo extraño en el barrio, no usaba armas. Y entonces es que efectivamente  Mecha ocupará un lugar en el centro de la escena y modificará el libreto burocrático policial. Porque es seguramente por comodidad burocrática que se arregla la escena para que este tipo de muertes sean caracterizadas como “enfrentamiento entre bandas”. Para ello es imprescindible que se demuestre que la víctima fue el perdedor de una confrontación armada. La manera de hacerlo es dejar al lado del cuerpo un arma que sea el tipo de arma usada más corrientemente en los barrios. El papel protagónico de Mecha en la escena es  cuando, habiendo salido del coro, y advertida por la señal de un compañero, observa que uno de los policías lleva un revolver calibre 22 y está por dejarlo al lado del cuerpo. Mecha interpela allí a la secretaria del fiscal y le advierte cual es la intencionalidad del policía. Logra que saquen a todos los policías de la escena y que solo quede la policía científica. No permitió los cambios de un elemento significativo en la escena y logró, al fin, ganar esa mínima batalla simbólica.
Y claro es una batalla mínima y en realidad quizás a otros vecinos cercanos que no conocían personalmente al muchacho muerto no les conmueva demasiado el cambio porque, en verdad, también es cierto que el que ocupa el lugar de Gaby  podía haber portado un arma. No se trata de una denuncia que da cuenta que eso es siempre así. Es así unas tantas veces y otras tantas veces no. Pero tampoco  para Mecha y para sus compañeros es solo una lucha afectiva por “limpiar” a un individuo, aunque también y fuertemente lo es. Se trata, sobre todo, en un contexto extraordinariamente adverso, de dar cuenta, desde esa moral universalista heredera del iluminismo, de cómo  las lógicas absurdas de la crisis anómica, castigaron a un muchacho igual que los otros. Igual que los otros, pero que, sin embargo, había incorporado una sensibilidad,- no una ideología, ni una conciencia política-, una sensibilidad, que le permitía avizorar algo relativo a la posibilidad de pensar que esa forma de vida quizás no formaba parte de un destino inexorable. Una mínima experiencia de  vida que de algún modo puede  expresar algo que  a primera vista no posee fuerza política, pero que brota como algo fresco en medio de la tierra arrasada, de los escombros. Y esta dirigente y sus compañeros creen, o quieren creer, que  en estas mínimas luchas hay algo así como una capacidad constitutiva de los seres humanos de experimentar sensibilidades alternativas a todas las formas de dominación y también a esta que infernalmente parece clausurar hasta  la capacidad  humana de imaginar futuros.
Lo más significativo, no obstante, es lo que podríamos llamar el monólogo final de este relato que es cuando Mecha, la  dirigente barrial se hace preguntas que desacomodan no solo las seguridades ideológicas, sino también los sostenes que dan sentido a la convencionalidad de la vida cotidiana. Produce una objetivación radical y lo hace desde un lugar en el que el afecto, la sensibilidad, vitaliza con una fuerza arrolladora una mochila cultural conformada por experiencias de luchas territoriales y tradiciones de izquierdas. Mecha dice:” David es un pibe de la 20. Como cualquiera de los otros pibes. La misma edad que Gaby: 17 años.” La cámara toma en primer plano todo el tiempo el rostro de Mecha. Y un recurso que habitualmente se destina a despertar la emoción fácil, aquí se convierte en el indicador tajante de credibilidad. Porque ¿cómo se cree en lo que dice alguien, cuando nadie cree en nada?  No es fácil, pero cuando  dice lo que dice esta voz y este rostro observado en sus mínimos gestos, no hay vueltas: cualquiera le cree. Está hablando del pibe que mató a Gaby por el que ella, como expresa su mirada , tenía un cariño especial. Y dice lo que dice de ese otro muchacho con la calma y la tristeza comprensiva de quien percibió  sin mediaciones, con crudeza intelectual, las formas perversas que adquiere la organización social y política del mundo en las banquinas de la estructura social. Y entonces dialoga, como personaje de una tragedia, con la voz y la entonación clásica de Vicente Zito Lema (El niño de la pobreza ya está muerto/ solo espera una palada de tierra).Es en ese momento cuando dirá que su organización le pedía y le exigía que exigieran justicia.Y entonces, utilizando el recurso de la interrogación retórica, es que el personaje Mecha se yergue con grandeza trágica para hablarle ya no al interlocutor inmediato, sino a todos. ¿Me estaban pidiendo que fuera a la fiscalía a pedir que metan preso a otro pibe como Gaby? ¿Qué lo mande a un penal? ¿Para qué? ¿Justificaba que a una fiscalía y a un juez que le importan tres carajos todos los pibes nuestros, les pidiera justicia? No”
Y allí se hace más explícito el diálogo con la voz de Zito Lema. Y su singularidad, la que convierte a ese diálogo en un diálogo mano a mano, está en la ternura desolada, que se vale del diminutivo cuando vuelve a mencionar al muchacho matador:”-David, ya estaba condenado…  él solito…” E inmediatamente cuando en su condición de política ideológica debe encontrar algún elemento explicativo lo hace  con sensibilidad iluminadora describiendo un leviatán decadente y marginal “tan perverso y tan cruel” que “ajusticiaba a los pibes, y los sigue ajusticiando, al pedo” Que mata y los convierte también en matadores de los otros y también de los propios. Por eso hay un victimario que también es víctima. “Costó muchos que me entendieran”, dice Mecha. Y  sentencia con firmeza que sabe que no tiene que rendirle cuentas a nadie, pero-y la expresión se subraya con un gesto deseado de bajar la guardia- que sintió alivio cuando la mamá de Gaby la comprendió.
V
Inmediatamente después de este monólogo intenso hay imágenes sin sonido en la pantalla. Se ve a Gaby, el pibe que mataron. Un primer plano. Tiene ojos a los que rápidamente se los llama despiertos, y una sonrisa. Quizás como cualquiera de los otros pibes. Lleva un gorro celeste con viscera, una remara azul y una campera deportiva roja. Limpias, cuidadas. Es el rostro delicado, fresco y vital del inocente. De uno de los que no usaba un arma. Y es desacomodador que él sea el rostro de la película, porque es el que no mató. El que no quería matar. La imagen, entonces, tiene algo de brutal, porque nos recuerda que la tirada de dados marcados,  producto de las determinaciones de un proceso generado por un leviatán decadente, subalterno y oscuro, hacen que cualquiera sea el niño de la pobreza- también el mismo Gaby- “que nació para la vida”, potencialmente pueda matar y hacerlo con sus iguales. En ese escenario de ciudad bombardeada y humeante, también está la infinita capacidad de reconstitución de la naturaleza humana. La voluntad que no surge “naturalmente” de un estado de efervescencia social, sino la que existe en la peor de las derrotas.
El final del documental  da cuenta de eso y  nuevamente a través de Mecha la dirigente barrial.Y podría haberlo expresado  en sus acciones diarias. En la práctica cotidiana que acumula frustraciones, pero que no amilana el espíritu guerrero, aunque  los resultados opresivos de la experiencia triunfante se expanda por los vericuetos  más sutiles de la población. Pero se elige hacerlo con una apuesta personal de la  mujer. La escena final, que puede ser recurrente  si se quiere convencional, no lo es porque corona la experiencia anterior. Es en la sala de espera de un hospital y luego en la camilla en donde a Mecha se le practica una ecografía. Es una nena y pesa tanto. Se mueve mucho. Risas de la embarazada y palabras amables de la médica. Es una apuesta personal y es también una apuesta política. Como la poesía de Zito Lema, Mecha sabe que en ese escenario cualquiera de los pibes ( que ella llama los pibes nuestros) puede morir y matar absurdamente. Al final del monólogo Mecha se pregunta a sí misma y se lo pregunta a la memoria de Gaby, y responde:” No tiene sentido la muerte de Gaby. Y mucho menos la de David. No tiene ningún sentido…”.  Sin embargo, no es el abismo. No es Macbeth. Porque hay una apuesta guerrera. Y por eso la escena pierde su convencionalidad. Porque se va a criar el hijo en ese escenario y entonces  no es retórica la idea de lo personal es político. Aquí es extraordinariamente vital: se hace imprescindible la apuesta por transformar el mundo para continuar transitando ese trozo del mundo en el que va a vivir su hija

VI
Allí, sobre los arrabales  de una  gran urbe sudamericana,  sobre escenas que se desarrollan en un pedazo de ese territorio que se llama La Matanza se construye, a través de un diálogo  poético reflexivo y un poco desordenado, algo potente. Ese diálogo encausa productivamente la emoción y termina dando cuenta de un nuevo personaje  del mundo popular, nacido  tanto de los desconciertos de las estéticas con sensibilidad social, como de las derrotas de múltiples experiencias que se propusieron cambiar el mundo. Y esto, es un hecho singular. Porque distintas formas artísticas que son, entre otras cosas, también condensadores de experiencias, no parecen encontrar en las últimas décadas  la manera de abordar productivamente esta complejidad.  Se intentan estilizaciones  sostenidas en los residuos de un viejo humanismo, a la vez que, y confrontando con ella, se esbozan formas atravesadas por la ironía que ya no pueden creer en esa conmiseración retórica hacia los otros, y apuestan a destruirla
Sin lugar a dudas la literatura y las artes visuales habían construido durante todo el siglo xx, personajes del mundo popular que con distintas intensidades y por ello con sesgos diferentes, tenían algo en común.  Y ese algo en común no  se manifestaba en todos los casos en banderas explícitas, sino más bien, con algún elemento, con gestos, con maneras de definir una pequeña situación,  que referían desde distintas identidades estéticas e ideológicas a un humanismo que atendía, en el sentido más fuerte de estos significantes, a los humillados y ofendidos, a los condenados de la tierra. Los habrá sufrientes soportando el peso de la injusticia en el principio del siglo XX en la literatura de Boedo, en el mundo en blanco y negro de los Artistas del pueblo. Más tarde, desde los albores de los años sesenta y durante esa larga década, las calles de las ciudades industriales de la Argentina, se encontrarán con los trabajadores dignos, orgullosos, inquebrantables  de Ricardon Carpani, a través de murales, afiches y los periódicos de organizaciones sindicales.  La Familia obrera de Oscar Bony surgirá desde un espacio celebrador de la modernidad desarrollista y delineará  un tipo social, autodisciplinado y correcto, portador de una voluntad de integración y una identidad colectiva, que serán los pertrechos con los que el referente concreto, frustrada la modernidad política, participará de huelgas y rebeliones callejeras de los años sesenta. La rebeldía prepolítica, en el cabecita negra de Germán Rozenmacher, en el Isidro Velásquez de  Roberto Carri y en el Moreira de  Leonardo Favio, acompañará, proporcionándole  vitalidad romántica, a la radicalización política. En cada uno de estas construcciones artísticas no estará ausente, aunque más no sea a través de algún elemento, esa sensibilidad común que implícitamente refiere a  los últimos, que algún día, serán los primeros. Tampoco está ausente, aunque de una manera peculiar que ofendería a los humanistas ingenuos, en el sufrimiento del mundo popular que volverá con el Niño proletario de Osvaldo Lamborghini, ya no para  la conmiseración con el dolor de los explotados, sino para redefinir el lugar de la barbarie encontrándola en la perversidad con ribetes de grandiosidad wagneriana de los poderosos.
Pero quizás el personaje arquetípico que puede permitir cruces entre elementos de distintas tradiciones  y  que resulta condensador  de las sensibilidades que arman la zona  común impregnada de tonos humanísticos con los que los distintos espacios artísticos de la argentina han delineado sus miradas sobre el mundo de las clases subordinadas, sea el Juanito Laguna de Antonio Berni. Juanito habitante de las villas miserias. Pero de unas Villas Miserias que son el espacio más pobre, pero no de cualquier sociedad, sino de  una sociedad integrada. El primer Juanito en un grabado blanco y negro camina descalzo llevando dos baldes de agua, otro se bañará en un riacho o laguna conurbana, otros jugarán con un trompo o remontarán un barrilete .Se lo verá sentado junto a otros niños aprendiendo a leer. La familia sufrirá con la inundación, o festejará en la austeridad de una mesa común la navidad. Podrá ser ciruja y se lo verá descansando entre los residuos. Ya un Juanito joven caminará seguro y tranquilo  hacia el trabajo (Going to the fábrica). Y no importa cuando estén fechadas. Todas esas imágenes de Juanito y el resto dan cuenta de un mundo de la pobreza en una sociedad integrada y con expectativas, en la que aun en los confines del suburbio hay espacios tranquilos para el ocio  infantil y juvenil. Hay lazo social fuerte entre los iguales, el territorio propio está pacificado. Puede caminar tranquilo en el amanecer rumbo al trabajo. Se vive entre ( y con ) los restos y la basura de la sociedad industrial; las condiciones del hábitat son indignas. Pero en ese contexto, la mirada de Juanito es tranquila. Hay dificultades de la pobreza, pero se afrontan con la calma, con las expectativas de percibir que se camina hacia un futuro. Hay movilidad social ascendente y altas tasas de empleo. Juanito Laguna es portador de una cultura del trabajo de los años cincuenta, primeros  sesenta. Es un trabajador o hijo de un trabajador Es parte de algo en común. Es un pobre que está preparado para mejorar en la vida y eso es un sentimiento colectivo que valoriza la vida de todos.
En el presente cualquier muchacho de los barrios pobres del conurbano puede ser dibujado con la imagen  que un sentido común generalizado asocia al pibe Chorro. Cada uno de esos muchachos más allá de cual sea cual sea el papel que le ha tocado en el reparto de mínimas opciones de integración, llega a un mundo en el que el desempleo creció a niveles altos y una gran parte de la obtención de recursos se logra a través de lo que se llama el trabajo informal.Y en el medio de todo esto surge una nueva opción real de obtención de recursos: otra economía informal, que afectará a poblaciones juveniles y que se organizará en función de la venta de droga barata en un complejo entramado que incluye a sectores de las agencias policiales y que sin vueltas, de manera arrolladora,  desarma lazos sociales. Además, consecuentemente, produce individuos sin futuro; actores posibles de una absurda guerra de todos contra todo marcada por el sinsentido, por la inexistencia de horizonte.
 Sobre este mundo se mueven los nuevos Juanitos Laguna. Y no es fácil dar cuenta de ellos para una mirada artística con sensibilidad política, a menos que se omitan algunas de esas potenciales características que ocupan un lugar no menor y que se relacionan con que adelante de sus ojos no hay caminos, ni habilitación a soñar con llegar a algún lugar. Y entonces emerge la violencia sin brújula, y no solamente por la arbitrariedad estatal a través de sus fuerzas represivas, sino porque formas diversas de un proceso económico, político y  cultural, quiebran permanentemente los entramados que puedan dar sentido autónomo al mundo de los oprimidos. Esta película da cuenta de esta situación compleja. Puede describir las sombras de un abismo e imaginar con resistente persistencia que quizás no hay una caída irremediable en él. Y allí está su fuerza política, en no disimular  esos aspectos, en incorporarlos productivamente construyendo un nuevo Juanito Laguna, disonante para las sensibilidades artísticas del siglo XX argentino. Este, que puede caminar por los senderos de un asentamiento urbano en el partid de La Matanza, es un Juanito Laguna que” nació para la vida y mata”. Y “mata porque ya está muerto en su primer grito “.  Pero es también el muerto. Es el niño que lleva la muerte sobre su alma. El que “.. en la muerte del otro igual no renace/Ni escapa del destino oscuro/De los dioses vengativos”. Es  el Juanito Laguna, "Angel del espanto".